Joaquín Otal Cruz

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Relatos de Primera Mano
MANUELITA.

“Le regalé mis ojos a un joven que en el centro me los pidió por bellos”, le parece hermosa la frase al hombre que camina ligero por la pista que rodea la cancha de basket. Por reveladora, porque sintoniza con su propia certeza de que los signos de puntuación son el cáncer de la escritura. Y por contradictoria porque le repica en la cabeza que tanta belleza se encuentre sobre un muro destartalado, mezclada con otras representaciones sucias y desordenadas, la mayoría ininteligibles o descoloridas, y todas feas. Un muro jalonado por jóvenes tumbados que fuman y beben  compartiendo espacio con un muladar de envases, colillas y papeles. En uno de esos parques multiusos de recreo al aire libre que tanto abundan en las ciudades donde nunca hace frío, siempre necesitado de una reforma integral urgente, pegado a una carretera colapsada de vehículos y polución. Frente a unas  rampas de patinaje deterioradas, otrora multicolores, donde se mezclan imberbes maqueados de rebeldía que ejecutan brincos, piruetas y giros preciosistas sobre una tabla con ruedas. Muchachos dispuestos a revolucionar el mundo siempre que una o varias jovencitas, igual de imberbes, esclavicen su deseo, jamás recompensado, ante la desgarbada preciosura de su arte, y mientras que no se desbarate, por los vaivenes de la tabla, ese mechón de pelo retrepado sobre la mejilla, ese flequillo ladeado, incansablemente retocado o artificialmente atropellado - según sea la tipología del espécimen-, que se balancea por los soplidos del gamín, periódicos, como de fuelle, en una insufrible muestra de glamour adolescente. Al hombre, que ya ha cumplido los cincuenta, la adolescencia actual le parece patulea primitiva, malformaciones étnicas, extrañas conjunciones químicas que no comprende. Pero ya sin la ferocidad ideológica de otro tiempo se impone el afán conciliador impreso en su carácter desde que adoptara a esa niña preciosa que tan bonita le hace la vida de un tiempo a esta parte. Cambia rápidamente la mirada y el pensamiento, y pone entonces su atención en la pequeña cancha que comparten jóvenes y adolescentes, unos a un lado lanzan pelotas a la cesta de basket, y otros al frente, disparan balonazos a una pequeña portería rojiblanca. Comparten el espacio con unas pocas niñas y niños que se han cansado de columpiarse y han abandonado la zona del parque destinada a ello para buscar emociones más fuertes en la cancha. Empiezan a descubrir, por ejemplo, que a las muñecas se las puede arrastrar sin piedad por el suelo despedrado sin que emitan queja alguna, o que a los cochecitos con ruedas basta empujarlos desde atrás para que avancen endiabladamente rápidos, tan veloces como los pies sean capaces de ser. Y en eso está Manuelita, la niña de sus adentros, en una esquina de la cancha, junto a otra niña que la mira entre la curiosidad y la envidia, propulsando, desde el maletero trasero, el cochecito rojo sin capota que el hombre le ha comprado en una tienda de saldos; de plástico ligero pero de buen tamaño, a sabiendas de que será él quien siempre lo transportará de la casa al parque y viceversa. “Educación desde el principio” ha sido la serena convicción que le ha empujado a hacerse con un juguete quizás demasiado voluminoso para una niña de su edad, para que Manuelita pueda entender que grandes esfuerzos producen resultados magníficos, generalmente. Y que no fuese una muñeca el regalo de esta ocasión, para que, puestas a su alcance todas las posibilidades, y no solo las propias del machismo estructural dominante, pudiera elegir libremente si prefiere ser estilista o camionera. Al menos que no haya pecado en las intenciones.  Es la mamá de su amiguita, atenta, la primera persona que llega hasta la niña, cuando, en uno de los muchos agujeros del pavimento, una de las ruedas del cochecito queda bruscamente frenada provocando una inercia insuperable en Manuelita; va dar con su frente, nariz y mejilla derrapadas por el empedrado. Su nueva amiguita la mira con las manos entrelazadas y el semblante inane, carente de crispación, como si la sangre que brota de la cara de su amiguita no fuese una enemiga per sé, por desconocida. Mientras, su mamá levanta a Manuelita del suelo y la trata de consolar. El rozamiento ha mostrado su científica crueldad y cuando el hombre llega hasta ella, su cara es un mapa cuarteado por masas sanguinolentas y surcos de lágrimas. ¡Qué tragedia! ¡Qué tragedia! siente como una daga le atraviesa el corazón. Pronto varias personas se agrupan en el lugar para ofrecer su ayuda entre exclamaciones y lamentos sinceros. Unos novios sacan unos pañitos húmedos y tratan de limpiar las heridas de la niña, sin duda unos padres preparados, no como él que solo ha traído emociones, y las emociones no curan. Incluso un doctor que dice llamarse Roberto Tallón, un español educado y con el aspecto de un hombre que ha vivido eternamente, ofreció sus conocimientos al hombre pero no quiso esperar más. Urgencia. Ansiedad. Bajo el brazo el cochecito rojo y de la mano Manuelita. Más lloros, su ojo izquierdo inundado por la sangre y la mejilla una cascada de crúor que no se detiene en la comisura de los labios y la ensucia toda. De esta manera hacen el trayecto desde el parque hasta la casa, ante las miradas desorbitadas de nigromante, las muecas de perplejidad y los prolijos comentarios de cuantos transeúntes se cruzan, o asisten espeluznados a la procesión de la niña en la concurrida parada de autobús y en las terrazas de los locales comerciales que dan entrada a la urbanización. Por la cabeza del hombre un malestar creciente, el cerebro embotado, una vertiginosa culpabilidad que enmudece su lengua, sorpresa y confusión. La mirada de Manuelita es oscilante y eso inquieta más todavía al hombre que teme mayor afectación del golpe en la niña. La mujer, ya en casa, limpia las heridas. Manuelita hace tiempo que ya no llora, se deja hacer, y el hombre, al observar su actitud, entiende ese silencio como una negación. Algo ha cambiado.  Las decisiones que marcan el futuro, casarse o divorciarse, vivir o suicidarse, se toman en instantes muy breves, y Manuelita pudiera ser que hubiera tomado la de odiar al hombre para el resto de su vida, por no evitarle un sufrimiento tan definitivo.  ¿Qué ha pasado? pregunta la mujer. Las caras de ambos son agrias y desalentadas, y sus voces están como crispadas por una exasperación disimulada. Un accidente ¿En que estáis pensando todos para que pasen estas cosas? Nada, no ha pasado nada importante, no le ha llegado al ojo, está sano, es un accidente; los niños tienen que caerse para aprender que existe dolor en el mundo y que es necesario levantarse, miente el hombre sin convicción y sin atraer el interés de la mujer por la justificación. Afortunadamente, aunque las heridas cubren una buena parte de la cara, son superficiales, rasguños más cinematográficos que peligrosos, un asunto que el ungüento rojizo del botiquín pronto agotará, para convertirse, poco a poco, en uno de esos acontecimientos que  recordar en las reuniones familiares. Necesitamos cambiar la inercia, se dice el hombre mientras observa a la mujer abrochar los últimos botones de la camisa limpia que ha sustituido al pringoso blusón de juegos. Después le da una cucharada de un antiinflamatorio infantil. Demos un paseo por los alrededores de la casa para respirar aire fresco antes de la cena, invita el hombre a Manuelita con gesto vivo. Te llevaré “a caballito” y te prometo que dejaré que me soples las orejas, o jugar con los perritos de los vecinos que bajen hoy al jardincito; lo hacemos casi todos los días, por qué no hoy ¿qué te parece, preciosidad? así nos olvidamos de la caída, de la sangre, del dolor y de todo. Su mirada es átona y su mueca vacía, pero cuando le ofrece la mano ella la toma en silencio, altiva, rígida como una muñeca articulada a la que un mecánico le ha levantado un brazo para engrasarlo. El hombre reconoce la actitud y las formas; son las del enfado, de la contrariedad. Es su reproche lo que Manuelita pretende transmitirle.  El hombre recibe el peso de la responsabilidad  como una losa de granito, y siente el amargo deseo de entregarse a una coprolalia ilimitada contra el mundo, de rasgarse la piel, no como castigo, sino como penitencia, por no haber estado atento a la niña en lugar de andar entretenido entre elucubraciones sobre jovencitos de hormonas revolucionadas, sin nada plausible entre sus orejas, estúpidos ególatras, como él mismo, entregados a su propia satisfacción, como él mismo, y olvidando, sí, olvidando lo importante. Como él mismo. Ni siquiera ha jugado con los perros, como otros días, aunque el hombre le haya acercado hasta donde se revuelcan sobre la hierba, junto a sus dueños, a los que relata los hechos, en una justificación que le incomoda, de la forma más escueta que puede. Hace muchos años que no hablo con tanta gente en un solo día, piensa contrariado. Ella ha permanecido hierática, altiva, sin emitir un solo sonido ni modificar la dirección de su mirada, al viento, como buscando, elevada por la crispación hasta un pedestal imaginario desde el que le recrimina su proterva actitud. “Culpable, culpable” parece señalar Manuelita con su enrocamiento. Te subo “a caballito”, le dice en tono desesperado mientras pasean de la mano junto a la valla de setos y arbolillos que rodea la urbanización. Dejaré que me soples las orejas. Ella de nuevo niega con el gesto, severa, erguida. Pero Manuelita, si te gusta tanto, por qué no quieres que te suba “a caballito”.

Le contesta sin afectación, sin gracia, con la vocecita remolona, mecánica, convencida; Manuelita parece haber entendido su lugar en el mundo: “Porque tu cabeza me tapará la cara y lo que yo quiero es que me sigan mirando”.

Y el hombre pudo, por fin, recuperar el aliento.

 
UN PAVO GIGANTE

El doctor Roberto Tallón resopla en el sillón orejero que vive con él desde que recuerda -sueña piensa sueña- que la  cuarentena dura ya muchos meses -suspira sueña piensa-  que repentinamente tiene la sensación de que se empieza a acostumbrar - disfruta sueña piensa- en que los bancos hayan mejorado su operativa y que todo lo podemos pagar por teléfono; que los repartidores transitan por sus rutas conduciendo en calzoncillos desde la cocina de su casa, con una cerveza light en una mano y un rascador de espaldas en la otra -disfruta recuerda recuerda- que los paquetes los descargan los clientes y que los médicos trabajan por telemedicina; el paciente en su casa con el tafanario bien abierto pegadito a la cámara -recuerda recuerda-  y él en la suya, indicando al paciente la postura más favorable -recuerda sufre recuerda- “muévase ligeramente a la derecha; no; a su derecha, que es mi izquierda...ábra un poco…ahí, ¡quieto! -sufre recuerda sufre arcadas- diagnosticando en la distancia si las hemorroides están estranguladas o son fisuras lo que refleja la imagen -recuerda piensa- que la educación a distancia funciona mejor que la tradicional porque los niños no tienen que levantarse de madrugada y estudiar medio dormidos -piensa disfruta recuerda - que los funcionarios desde su casa por fin han entendido cómo funciona el google drive, que todos los comercios funcionan con servicio domiciliario -disfruta disfruta piensa- que podemos votar desde casa pero no solamente las elecciones generales sino que se podemos votar una vez por semana -goza goza goza- Croacia tres puntos, aborto no, marihuana libre sí, marihuana libre no; todos dicen lo que les parece sin necesidad de diputados regañones ni ministros envalentonados -se regocija se deleita- en que las misas también son online, por youtube y por suscripción, y solo para mayores de dieciocho años pues se ha diagnosticado que ese tipo de espectáculos, como los toros, u otros con animales, como los religiosos o los políticos, no se pueden emitir en Youtube kids ni en ninguna otra plataforma infantil -se deleita se regocija se recrea- en que un algoritmo ha suplantado a los abogados y a los jueces y que se ha dictaminado que cualquiera que haya estudiado leyes en algún momento de su vida, o pretenda hacerlo, deba aprender a tocar un instrumento o cantar solfeo, a hornear pan, cultivar unas flores; hacer algo noble -goza goza goza- visitando el mundo por Google earth y con que, por fin, nos hemos acostumbrado a comprar en los negocios del barrio, y que hacemos fila en la puerta, de manera automática, por gusto, guardando siempre un metro y medio de distancia, y que cuando nos encontramos a un vecino en la calle lo saludamos con el codo -infinita dicha infinita- porque por fin nos hemos convertido en monógamos, de verdad, y las personas solteras buscan pronto alguien para emparejarse porque, como antes, a los seres humanos nos continúa asustando la soledad, y a los que eligen vivir solos se les respeta porque se cree que, en su retiro, piensan siempre cosas importantes y eso nos gusta, nos parece bien, pues alguien debe hacerlo -sueña piensa sueña- que los adictos se han recuperado y que el estado envía una impresora 3d a cada domicilio para poder fabricar los utensilios y herramientas importados -suspira sueña recuerda- que muchos días después, el Gobierno anuncia, de manera breve y concisa, que se ha terminado el confinamiento, que ya se puede hacer vida normal -entusiasma no piensa sueña arrebata- un pavo gigante corre por la calle huyendo de cientos de personas para hacerse un selfie con él -sueña arrebata se lanza-  y se une a la multitud, lo persiguen hasta rodearlo y sin querer lo asfixian hasta morir -observa no reflexiona observa- que un camión sin conductor frena para intentar no aplastar al pavo gigante y vuelca, de su caja saltan cientos de conejos congelados sin piel ni pezuña -observa no reflexiona observa- que todavía se hace mayor la multitud, cada uno en busca de su conejo - observa observa escucha- los gritos de angustia de alguien, también sus propios gritos, que es apuñalado por alguien -zozobra sangra sangra- y los periodistas se arremolinan para transmitir la masacre en vivo y un cuerpo que a Roberto le parece inmenso cae sobre él impidiéndole respirar y moverse -sangra se ahoga sangra-  -siente sufre muere- en aquél que es su último suspiro. 

Despierta en el orejero de siempre, con su estetoscopio al cuello, en cuarentena, y se siente mejor.

 
LA INTEGRIDAD DEL ARQUEO CORPORAL

 

Cuando Roberto Tallón empezaba a perder la esperanza, en octubre de 1978, se modificó la ley del Código Penal que prohibía la prescripción, venta y publicidad de cualquier método anticonceptivo, y aunque todavía no estaba subvencionada por la Seguridad Social, la píldora ya podía comprarse  en cualquier farmacia. Roberto pensó, con acierto, que  la modificación de la norma permitiría a extensas capas de la población tener acceso a la liberación sexual y a sus derivados, hasta entonces reservados a las clases dominantes, los profesionales liberales y, por supuesto, a los artistas. Al final, las cosas se habían cansado de ser iguales a sí mismas y habían estallado en una nueva revolución, la revolución sexual. Esa que ponía fin al ciclo que inició la revolución industrial, que continuó la comunicativa y que culminó la tecnológica que todavía continúa. Nadie podría dejarse convencer de que tras ese agotamiento pudiera existir un retorno al pasado en lo concerniente a la liberación sexual. Todo lo contrario, iba a provocar la solución final para esas comunidades intermedias que suponían el matrimonio o la amistad sincera entre dos -el divorcio por consentimiento mutuo apareció y desapareció el adulterio del Código Penal- para revertirse en un nuevo escalón de la progresiva escalada histórica hacia el individualismo, pero eso, a Roberto Tallón, aunque lo reflexionaba, no le robaba ni un solo minuto de sus preocupaciones. Esperaba participar del desprendimiento sensual que se avecinaba porque se sabía solo y a nadie debía explicaciones. También sabía que seguiría solo por alguna razón tan irrefutable como desconocida.  Y se sentía joven;  la clara pertinencia comercial de la nueva cultura “joven”, en esencia  basada en sexo aderezado con violencia y/o extravagancia, encajaba a la perfección con sus fervientes deseos de cohabitar en la nueva civilización del ocio. Cuando leyó la noticia saltó de alegría y destrozó, con el ímpetu, el reposabrazos de su butacón.

 

 No es que durante las primeras décadas de su existencia no hubiese tenido una vida sexual satisfactoria, ni sí. El sexo había sido para él, básicamente, un tema de conversación y disputa consigo mismo; una carrera desenfrenada por mantener su privacidad,  masturbación tras masturbación, en un mundo que prohibía de facto cualquier referencia pública a la sexualidad. 

 

Como no podía ser de otra forma, su infancia fue desgraciada; un padre ausente que pasaba más tiempo tratando de evitarle que a cultivar una paternidad que nunca pareció desear, un padre que con el tiempo consiguió tener su propio despacho de arquitectura en una ciudad lejana, pero que apenas dejó en Roberto el neblino recuerdo de una despedida, con una carantoña más esquiva que afectuosa, junto a un taxi en la puerta de su casa: “viniste demasiado pronto…” le dijo. Y algunas fotografías, algunas llamadas de cumpleaños y poco más. Una madre promiscua que se alimentaba de experiencias y de la que Roberto colgaba como un adhesivo molesto, embutida en la nueva frivolidad que había llegado para quedarse; una madre que se encontró, al llegar a los cuarenta, en  la enojosa situación a la que cada mujer llega cuando su cuerpo deja de ser joven, alejada de todos y de todo.  Roberto intentó sostener su afecto como pudo, con altibajos, hasta que, en una llamada que recibió  mientras estudiaba en la universidad, le avisó de que iniciaba una segunda pubertad con un viaje iniciático a Oriente; no volvió a saber de ella. Una pubertad desasistida consecuencia del belicoso divorcio de sus progenitores, por la distancia que pusieron entre ellos y que Roberto padecía en viajes eternos de un domicilio a otro, hasta que su internamiento en un colegio de monjes capuchinos, en un pueblo bajo una montaña fría y oscura, vino a solucionar el problema de logística que era, básicamente, lo que Roberto significaba para ellos. Las relaciones familiares duran algunos años, a veces algunos decenios, de hecho duran mucho más tiempo que las demás, y aunque al final también mueran, en el caso de Roberto ni siquiera tuvieron tiempo de malograrse pues apenas nacieron fueron víctimas del afán individualista de sus progenitores, tan en boga desde el fin de la guerra europea, que aún hoy persiste, con un futuro excelente.

 

 Obtenía la inspiración en cualquier lugar o circunstancia: una revista de lencería fina; el pupitre de una alumna que vistiera una falda o una blusa entreabierta, a la que merodeaba en clase, con el disimulo de un lobo, mientras enunciaba algún principio hipocrático; un folleto explicativo sobre el manejo de un respirador en el que apareciera la fotografía de una mujer exhibiendo el aparatejo y sonriendo en una actitud que, por muy aséptica y profesional que fuese, él siempre consideraba cómplice. La cuestión era eyacular. Y lo hacía varias veces al día sin perjuicio de hora ni lugar. 

 

En algún momento de su monocorde proceso vital había adquirido la costumbre de cumplir un recorrido alimenticio desde muy temprano; Introdujo la glotonería como un nuevo factor, con el fin último de paliar el sempiterno interés de sus sentidos por los placeres erógenos, imitando esa pasión sacerdotal, que privada de los placeres carnales, relincha ante manjares delicados y vinos añejos. Comenzaba en una cafetería cercana tomando un buen tazón de chocolate con churros en una zona de mercadillos donde se desayunaba temprano, después se endosaba dos o tres pinchos de tortilla de patatas con cebolla regados con vino y cerveza. Continuando con el decrecimiento, en el Macdonals Los Enlaces engullía varias hamburguesas con cerveza y batidos de vainilla, y bajaba dando tumbos la Avenida de Madrid hasta la confitería Ascaso donde arrasaba con petisús y cafeteros de crema pastelera.  Casi nunca funcionaba; al regresar a casa se paraba en el Coso Alto, en el cine porno que daba dos películas en la misma sesión. A veces se quedaba media hora delante del cine, haciendo como que estudiaba los recorridos del autobús, con la esperanza, una y otra vez frustrada, de ver entrar a una mujer. De todas formas, casi siempre terminaba por entrar; se sentía mejor en cuanto estaba en la sala. La acomodadora era de una discreción perfecta.  Los hombres siempre se sentaban alejados entre sí, dejando varios asientos de distancia. Y se masturbaba con tranquilidad mirando “Las vírgenes de Lousiana” “La vecina y su prima la monja” “La policía montada”... La salida era el único momento delicado: el cine daba directamente a una avenida muy transitada, y podía darse de narices con una chica que lo conociera, pues era una zona de alterne estudiantil. Por lo general esperaba a que un tipo saliera antes y él lo hacía pisándole los talones; le parecía menos humillante ir al cine porno con algún amigo. Solía regresar a medianoche y leía algo sobre medicina antes de dormir.

 

En verano eran las piscinas, en un trato menos explícito pero más tangible que la pornografía, las proveedoras de alimento para su libido -- siendo “tangible” un vocablo metafórico, pues nada estuvo más lejos de las manos, boca o cualquier otra parte de la anatomía de Roberto que aquellos cuerpos femeninos-. Las veía tumbadas boca arriba e imaginaba sus montes bonitos y abombados bajo la braga, entre esos muslos más o menos delgados, con el vello maravilloso, rizado y negro. Y agachaba la cabeza, la apoyaba en la hierba y se concentraba en los detalles de esos momentos que él  consideraba llenos de dulzura. Morían cuando, cansado de acariciarse los cojones con el disimulo propio de la situación, entraba al baño y se masturbaba suavemente.

 

Con cuarenta años Alice, una norteamericana con los pezones como chupetes de biberón y negra como un tizón, le desvirgó en una fiesta bien regada durante un simposio sobre genética. “A veces me da por ahí, tengo ese antojo; follo con todo el mundo…” le había pronosticado. Estaba tan borracha que había sido incapaz de ayudarle a quitarle el sujetador. Había sido también un momento laborioso, incluso algo penoso; mientras él luchaba con los corchetes, ella le presionaba la polla por encima del pantalón como si estuviese desenroscando un refresco.  Cuando Roberto lo consiguió descubrió que sus pechos eran pequeños aunque duros y su monte de venus tenía una bonita curva; prometedor. Para su desgracia  los labios mayores colgaban un poco aunque esto se disimuló ligeramente a partir de que los menores comenzaron a hincharse y el vórtice a expandirse. Con todo, fue un fracaso; terminó con el prepucio enrojecido y eyaculando sin sentir el más mínimo placer.

 

 

Durante toda su vida las putas habían sido la sazón cotidiana en su heterodoxo proceder, pero tras un principio avasallador que a punto estuvo de arruinarle.  Las prostitutas eran un acto más que introdujo en lo corriente como cuando el gigoló suma a sus costumbres la práctica de ejercicio físico.  Las hubo de todas las clases, colores, cantidad y en multitud de ámbitos, pero, a menudo, extrañamente,  practicaba con ellas esa curiosa fidelidad que tienen los canes por sus amos. Y cuando encontraba una buena pieza, de una estética  irreprochable, la llevaba a un buen restaurante donde Roberto lucía y duplicaba su tarifa con alegría. En una vida tan dedicada a una determinada actividad suele haber altibajos; en algún momento la llegada de las chicas de los países del Este había provocado una caída de precios, y ya no había problemas para encontrar una relajación personal a 50 o 60 euros en lugar de los 150 o 200 de unos meses antes. Desgraciadamente, había tenido que hacerle importantes reparaciones al coche, y además tenía deudas. El banco empezó a apretarle y él tuvo que ponerse límites.  Con la inmigración pudo  permitirse el lujo de alguna cubana, habían pasado años desde la última. Porque a las putas no les gustaban las cubanas, Roberto creía que les irritaba recibir el esperma en la cara y preferían el francés porque, quizás, necesitaba menos tiempo y dedicación.  Alcanzaba con ellas puntos de felicidad carnal que sabía incomparables a ningún otro momento de la vida; eran coños bonitos, y aunque tan bonitos como todos los demás, a él le parecían mucosidades sublimes.

 

A pesar de todo, siempre abierto, sintió el recurrente hormigueo en la entrepierna cuando imaginó cómo sería la morbosa promesa que rielaba el afiche de uno de los paneles de anuncios en la Universidad; “MASAJE SUBLIMADO”, decía. “Respetar siempre la integridad del arqueo corporal”, era el slogan que acompañaba el titular sobre el fondo fotográfico de una mujer sentada en posición de loto, desnuda, con un fulguroso cabello  dorado que le tapaba las tetas, y esa sonrisa complacida que deja en el semblante de quienes tienen  contacto habitual con alucinógenos. “Me va a estallar... me va a estallar la bragueta” se dijo Roberto mientras se alejaba del tablón de anuncios y entraba en clase. 

 

Y era mucho más barato que la puta de rigor. Quizá no le masturbaran ni le practicasen una felación, tal vez ni siquiera pudiese agarrar unos buenos y jóvenes pechos, pero mantenía la entusiasta esperanza de que, sin ser un acto de lenocinio, la experiencia le resolviera una eyaculación satisfactoria en algún momento del “durante” o del “a posteriori”

 

Tomaron un autobús entre veinte y veinticinco personas, flotado para aquel encuentro que debido al buen tiempo se celebraba en una discreta colina a las afueras de la ciudad. Enseguida comenzaron los preámbulos y tras colocar cada uno de los y las participantes su correspondiente toalla sobre una hierba mullida y olorosa, todos desnudos, el monitor del taller, un hombre moreno y bajito que bizqueaba un poco, hizo una breve introducción histórica al masaje conductista sensitivo: surgido de los trabajos de un tal Frank Faulkner Féritis, un bávaro desconocido para Roberto, sobre el masaje sublimado, había integrado poco a poco algunos hallazgos del masaje sensitivo hasta llegar a ser –al menos ésa era su opinión– el método de masaje más completo. Después acometió la demostración haciendo que una de las participantes se tumbara. “Sentir las tensiones del compañero…”, dijo mientras le acariciaba los brazos, los hombros… “Unificar, siempre unificar, testificar, siempre testificar”, continuó, echándole aceite en los pechos. “Respetar la integridad del arqueo corporal…”: sus manos bajaban vientre abajo; la chica había cerrado los ojos y abría las piernas con evidente placer. “Bien”, terminó, “ahora van a trabajar de dos en dos. Muévanse, encuéntrense; tómense el tiempo necesario para encontrarse”. Hipnotizado por la escena anterior se le aflojaron los huesos y cayó en la apatía. Reaccionó tarde.  Y era el momento preciso, se trataba de acercarse con tranquilidad y decirle a una compañera de sesión, sonriendo;  “¿Quieres trabajar conmigo?” Los demás parecían saberse la lección, y en treinta segundos ya se habían emparejado. Roberto echó una mirada de pánico a su alrededor y se encontró frente a  la espalda de un hombre no muy alto que movía la cabeza buscando, entrado en años, moreno, recio, peludo, con el pene grueso y largo que podía ver entre los muslos. Se angustió. No se había dado cuenta, pero sólo había trece chicas para quince chicos. Por fortuna  el otro no parecía marica y evitando mirarse las caras ahuyentaron cualquier foco de complicidad. Obviamente furioso el hombre se tumbó boca abajo sin decir una palabra, apoyó la cabeza en los brazos cruzados, "integridad del arqueo corporal” decía el monitor mientras observaba y aconsejaba a una pareja en la que al hombre le estaba masajeando el diafragma mientras los pechos de la chica se balanceaban  suavemente, él tenía la nariz a la altura de su coño.  Roberto echaba aceite sin lograr pasar de las rodillas; el tipo estaba quieto como un tronco. Tenía vello desde el culo a los tobillos, y en la espalda hasta los hombros. El aceite empezaba a gotear en la toalla, Roberto levantó la cabeza y su interior bramó  al observar cómo las pollas que le rodeaban, relucientes de aceite, se erguían despacio como fluorescentes encendidos, en un pálpito, hacia la luz del día. Todo aquello era horriblemente real. Fijó su mirada sobre el perfil de la cara que le presentaba su compañero que le pareció anodino, parecía soportar, estoico, el masaje de Roberto, y tuvo una revelación; el tipo cuyas piernas había embadurnado de aceite, el tipo que tenía su culo a menos de un metro de distancia de su polla, era su padre. Roberto sintió un repentino e intenso calor en los ojos, no podía seguir con esa horrible certeza, cogió deprisa su mochila, se vistió todavía más rápido y bajó hacia el aparcamiento. Cuando, una hora después, toda la troupe regresó al autobús, sin que fuese necesario pacto alguno, padre e hijo se sentaron juntos. Hablaron mucho; pocos rencores, pocas alegrías; esa noche Roberto durmió profundamente tras permanecer un buen rato frente al espejo tratando de escudriñar qué había detrás de la imagen que reflejaba, como si al agudizar la mirada y por gesticular muecas absurdas pudiera desaparecer el personaje y aparecer la persona. A la mañana siguiente, muy temprano, se levantó, se puso un batín y bajó a la cocina. Buscó en los armarios y encontró un tazón que llevaba su nombre y que fue un regalo que le envió su padre al seminario cuando cumplió quince años. Echó con cuidado en el tazón un poco de agua y azúcar - lo único que sentía era una tristeza muy general, casi metafísica, una tristeza similar a la que había observado en su padre; los hombres más tristes que podrían conocerse - y añadió a la taza el contenido de un frasco de somníferos.

 

 Dos días después un médico apagó esa máquina que mantiene activas las constantes vitales de los pacientes sin remedio, y su corazón se paró.