Joaquín Otal Cruz

joaquinotalcruz@gmail.com

Relatos de Primera Mano
NACER CADA DÍA

A veces llovía, ¿recuerdas?, no solo hacía frío, un frío acojonante, no solo eran las

 

seis de la mañana, además hacía frío y llovía, y fuera estaban las luces encendidas,

 

podía ver su reflejo a través del resquicio de entre la puerta y el suelo. Pero

 

también llovía, y había veces, pocas pero las había, en que no comenzaba el suplicio

 

si llovía mucho, en que no debíamos salir de nuestras camas, ¿recuerdas?, del calor

 

mullido del colchón de lana vareada que nos protegía del tormento de aquellos

 

tiempos de incertidumbres y sufrimientos diarios. No sé si a tí te ocurría lo mismo

 

porque  la rutina que abarcaba todo ese cubículo en el que pasamos tantos años nos

 

sumió en aquel monótono pacto de silencio al que nos entregamos para defendernos

 

de la rutina, pero yo ponía la oreja para escuchar si las gotas golpeaban la galería o

 

el chorrito que caía por el desagüe era suficiente. O en mitad de la noche me

 

despertaban los truenos, los relámpagos y el fragor del aguacero golpeando contra

 

las tejas y yo me apretujaba bajo las tres o cuatro mantas que nos ponían para

 

atenuar el frío. No sé tú, aunque quizá sí lo sepa y lo he olvidado, ¿recuerdas?,

 

pero yo me acurrucaba y a pesar de que no existía un dios que me interesara,

 

rezaba para que no parara la lluvia cómplice, comprensiva, para que siguiera, que

 

diluviara para no tener que salir del nido acogedor y hermoso, por miserable que

 

fuera,  para enfrentarme a la tortura que era nuestra vida tras aquella puerta que

 

cada día cumplía con su amenaza de abrirse. 

 

Nunca he sufrido tanta angustia como aquellas noches de lluvia cuando me

 

ilusionaba para sufrir después el revés atroz del desengaño, ni siquiera cuando,

 

años después, ya en la libertad, permanecía ingresado en un hospital bajo los

 

efectos de virus y drogas que cerca me tuvieron de la muerte. Antes, a veces, solo

 

si llovía mucho, pensaba que me había salvado, que me había zafado, entredormido,

 

temblando, calculaba que ya eran más de las seis, y que no vendrían a buscarme,

 

que ya había pasado la hora de levantarse y que nadie pondría el mundo a

 

funcionar, y me dejarían pasar el día, o hasta que dejase de llover, arrebolado por

 

mis sueños. Entonces, aterrado, escuchaba el sonido de unos pasos arrastrándose

 

como reptiles, ¡Y me moría de odio, coño! contra el mundo, contra la humanidad

 

entera. Y se abría la puerta y sonaba esa voz falsa, meliflua, anunciando casi en un

 

canto:

 

“Niños...es la hora...vamos...arriba. La escuela no espera”.

 

...¿Recuerdas?

 
LA OTRA MIRADA

 

 

Desde que le cogí el tranquillo y perdí el miedo, algo que ocurrió en menos de un cuarto de hora, todo discurrió dentro de los cauces normales. Mi padre me sonreía y, cuando todo se parecía a la perfección, se levantó ante mí el fantasma del futuro ¿qué ocurrirá mañana?, ese fantasma que ha enturbiado los momentos más felices de mi vida. Cuando más cerca estuvo de mí se lo hice saber en uno de nuestros  diálogos periódicos:

 

- ¿Qué hago, cuando tú no estés, para bajarme de aquí?

 

- Ahora no te preocupes por eso. A dónde voy a ir yo, si tú estás aquí. Tranquilito y sin mirar hacia abajo.

 

Sentía que la situación estaba controlada porque mi padre estaba allí, pero en mi corazón ya había anidado el desasosiego; oía cada sonido ambiental, el siseo de las golondrinas al entrar en los numerosos nidos y el murmullo de personas moviéndose cerca de mí pero que, a la vez, con el miedo ya metido en el cuerpo, me parecían espíritus traslúcidos que en nada intervienen; como nubes sombrías que la ausencia de viento mantenía en un horizonte lejano.  Aunque con cada sonrisa de mi padre yo reverdecía y saltaba en mi interior el resorte de la felicidad duró poco, apenas unos segundos, hasta que mi debilidad se impuso nuevamente y le pregunté

 

- Y cuando me tenga que bajar, ¿qué hago?

 

- Muy sencillo; frenas, dejas que caiga la bicicleta de un lado y pones el pie en el suelo.

 

 

 

 

 
LA VIDA ENCADENADA

 

 

 

Un día ocurrió,  mi madre ingresó en el hospital, la encarcelaron a una cama, cubrieron su cuerpo con una manta pálida que hacía juego con la tétrica blancura de la habitación y con el artilugio mecánico que daba fe de sus signos vitales. Y, una tras otra, cada mañana pasó a convertirse en una fiel reproducción de la anterior... Y cada tarde... Y cada noche…



 

Durante la época en que estuvo ingresada, terminada la jornada laboral debía desplazarme hasta la clínica para verla canalizada por mil tubos que anudaban su cuerpo como serpientes que esperan por ser inútiles. Y luego a casa, agotada y sin ganas de nada, picar cualquier cosa del frigorífico y a dormir porque a las cuatro sonaba el despertador.  Cada día, durante meses interminables, esa vida que teníamos se nos fue yendo poco a poco. Mi figura materna se fue deshaciendo para dar paso a un cuerpo extenuado que se agotaba paulatinamente con la resignación de una vela que languidece porque ha perdido el pulimento que la sostenía.



 

Las asambleas de la fábrica fue lo primero a lo que me vi obligada a renunciar, había participado activamente de las reuniones del sindicato; por ser la única mujer del comité de empresa multiplicaba mi dedicación en pos de un reconocimiento de género que, aunque pocas veces llegaba, cuando lo hacía, compensaba el esfuerzo con las satisfacciones que proporcionan los buenos resultados. Después fueron los bailes de salón; el cine de los miércoles; los amigos; los espectáculos a los que era asidua en los fines de semana; los bares;...Una vez estuve en la Alhambra, donde antaño se bañaban los sultanes. Lo cierto es que terminé por no recordar qué era una muchedumbre.



 

Me vi obligada a dejar el trabajo. Primero fue temporal, pues se hizo necesario ocuparme de ella a tiempo completo. Más tarde tuve que abandonarlo definitivamente tras superar todos los plazos que la ley permite en estos casos, cuando ocurrió no me importó. Nada nos importaba ya.

 

A mí, que quería conocerlo todo.



 

-No podemos hacer nada por su madre - dijo el médico una mañana cualquiera - puede quedarse en el hospital o llevarla a su domicilio si lo prefiere. Es cuestión de días.  



 

Error. Ese “cuestión de días”, pasó a ser un “cuestión de semanas...de meses...de años”, pronto serán dos, los años que llevo viviendo en la casa materna. Dos años en los que esta pobre criatura, que en otros tiempos fue mi madre, ocupa la habitación de la que sí lo fue. El desorden en que se encuentra el cuarto es fiel reflejo del monótono caos en que nos hemos sumido; toallas, pañales, cucharitas de plástico blanco, gasas; un aparato electrónico que emite, incansable, el sonido de su corazón fatigado, bolsas de alimento intravenoso regadas por el suelo y un ingenio mecánico que me ayuda a modificar su postura y que me facilita aplicar las curas. Y nosotras, que somos dos sombras.


 

Algunas veces la observo durante un largo rato e intento hallar en ella indicios de la que solía ser; la busco en el gesto, siempre fruncido y desnortado, en aquel pliegue de su axila que parecía la sonrisa de su hombro cuando su cuerpo tenía consistencia, en las uñas que han oscurecido... pero no la encuentro. Verla es quedarse mirando al vacío; permanecer sentada, una noche sin luna,  junto a un estanque de aguas mansas y tediosas.


 

¡Qué largos son los días!



 

Durante unos meses, su mirada permanecía fija en la televisión, eso me tranquilizaba y me generaba la impresión de tenerla un poco aquí, me convencía de que ella tenía un motivo para estar, aunque fuese encaramada en las imágenes y sonidos que proyectaba. Fueron los días menos malvados; creo, no lo sé bien, que llegué a sonreír.  Sin embargo, en algún momento, su cara se ladeó y sus ojos se clavaron en un punto indeterminado de la pared y de ahí ya no se movieron, fue, también, cuando el sonido de su voz enflaqueció hasta ausentarse.. Nunca más la conecté. Dejé de cepillar su pelo, tan escaso y endeble, de bañarla a diario, y tampoco volví a humedecer su piel con cremas y aceites. Algunas veces sangra por heridas que aparecen sin motivo, y se acumulan, entre los surcos de su piel, pústulas oscuras y desagradables que nunca terminan de curarse.



 

Me resulta difícil porque he dejado de esforzarme por conseguirlo, sentir la presencia de otro ser humano en esta casa que no sea yo, o lo que queda de mí ¿cuantas lágrimas habré derramado testificando el marchitar de su sonrisa o el  agotamiento de sus palabras? Han sido tantas que se han terminado; por extenuación, quizá por venganza.



 

Hoy el despertar ha sido distinto. Escucho un sonido continuo que, no dudo, proviene del monitor cardiaco. Desde la puerta de la habitación corroboro mis sospechas; todo ha terminado. La muerte, esto era la muerte ¿Qué haré ahora? ¿Qué pasará con el tiempo a partir de hoy? He pensado durante tantas horas en este momento que, enfrentada a él, no sé qué hacer. Siento la necesidad de moverme, como si de repente tuviera el anhelo imperioso de recuperar espacio. ¿Qué cambia? Es el ruido de una máquina quien me ha notificado el fin de su vida, de manera tan impersonal como lo fue todo entre nosotras en los últimos años. Pero ¿por qué tengo la impresión de que ésta no es una muerte reciente? ¿Por qué esta sensación vaga de que este físico de faquir y ojos desorbitados de nigromante  dejó de ser mi madre hace mucho tiempo? ¿Por qué no me arrebata un deseo imperante de postrarme sobre su mortaja y llenarla de besos, abordarla en un abrazo prolongado? No distingo mis ideas de mis sentimientos pues ambas forman un algo indivisible que lo ocupa todo. Aunque me descubro horrorizada de mi aversión, no me parece mala.


 

No debo hacerme preguntas inútiles; Tendré que sacarla de aquí, me digo, sacarla de mí, ahora que es íntima de la muerte. Vuelvo la mirada hacia ella y me sorprendo del poco espacio que ocupa en la cama, apenas la rama de un árbol pequeño. Ordeno, abro y cierro cajones, los vacío y los vuelvo a llenar, todo es demasiado denso pero ¡tú, por fin, estás en la otra orilla!


 

Oculta en el fondo de una de las gavetas más apartadas, entre los pliegues de un camisón de seda antigua que nunca le vi puesto, impoluto, recargado de puntillas rosadas y bordados finos, una cuartilla sin sobre, que más parece un pergamino ancestral, resbala de mi mano -reconozco su letra-, aún puedo leer la primera frase :

 

¡ Vida… como te extraño!