Joaquín Otal Cruz

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Relatos de Primera Mano
EL REGRESO

Adelita reposa la mejilla sobre la almohada templada de su cama y observa las estrellas, con detenido interés, a través del destartalado balcón abierto; trata de numerarlas durante unos segundos pero, como en cada alborada, renuncia al juego cuando lo imposible se convierte en certeza. Poco a poco empieza a despabilarse, ha terminado con su  íntima rutina matutina: tres “Ave María”, al acostarse, el rigor es de otros tantos “Padre nuestro” con sus correspondientes “santiguadas”, ya que le resulta imposible conciliar el sueño si no acata el ritual. Adelita no puede contar las estrellas, pero lo que sí puede es adivinar sus intenciones con sólo observar sus devaneos con las nubes; cuando ante sus ojos solo aparece oscuridad, sabe que las nubes cubren el cielo, son densas y precipitarán antes o después: en ese caso se calzará los zuecos antes de salir a la calle para no embarrarse las alpargatas;  si hay luceritos en el cielo y son  intermitentes, significa que el día será ventoso, que las nubes, rabiones y frenéticas, provocan  el parpadeo con sus desplazamientos; ese día llevará el pañuelo en la cabeza y el cuello bien abrigado debido a que, como todo el mundo sabe, más de uno ha dejado este mundo porque un día  “le dio un aire”. Hoy, la mansedumbre  de las estrellas y la sorna del estiaje que entra por la balconada le dicen que  lucirá un buen sol y que el día será caluroso, perfecto para una fecha tan especial: es el Día de la Virgen, el advenimiento de la  Virgen de agosto. Hoy  no importa que el cielo no traiga lluvia,  a pesar de que los campos de cereal están abrasados por la escasez de agua, nadie recuerda en el pueblo cuando fue la última vez que llovió ni un año tan seco como este del 43, y las cosechas, en todas las “Casas”, están siendo ridículas. Se lo había contado Ignacio: “El Amo me lo dijo bien claro, Adelita: este invierno va a ser duro otra vez, ni la mitad que el año pasado, que ya fue malismo, sacaremos de esta cosecha;  “Tol pueblo  a comer altramuces o almortas pos no habrá otra cosa que echarse a la boca, y si no, zaborros”. Adelita e Ignacio son jornaleros de “Casa Cholo”. Como Ignacio es hombre y tiene cumplidos los dieciocho gana ocho pesetas por la jornada completa en las labores del campo, desde que sale el sol hasta que prácticamente se pone,  sobre todo lo hace en el escarde de las sementeras; tarea de gran trascendencia ante la contumaz carencia de abonos e insecticidas. Con el tiempo, Ignacio querría ser aparcero de algunas tierras que le arrendara el Amo, y para conseguirlo no hay quien, entre la cuadrilla, se entregue, en el trabajo, con mayor denuedo. La consideración y la confianza que le tiene el Amo le hace concebir esperanzas de que así pudiera ser. Adelita ejerce  como mandadera o ayudando a su madre en la cocina, según las necesidades que una hacienda con treinta jornaleros pudiera tener. También está, entre sus obligaciones, satisfacer  los caprichos del ama que no son ni pocos ni relajados, pues anda deprimida desde que el pasado noviembre cumpliera cincuenta años. Adelita recibe cinco pesetas por una jornada ligeramente inferior a la de Ignacio. Tienen echadas sus cuentas y con los dos sueldos les salen los números; se casarán en cinco años, cuando Adelita sea mayor de edad y las veinte pesetas que  consigue reunir cada mes de las dos soldadas  sirvan para hacer un montonico con el que defenderse. Pero eso es algo que nadie más sabe; para el resto, sus planes de futuro no existen puesto que Adelita, con terquedad aragonesa, se empeñó siempre en guardar en secreto  sus afectos. La razón esencial del disimulo es la precaución: precaución ante las habladurías por la juventud de Adelita, que pasaría por una “fresca” si tan joven tuviera novio, por muy formal que fuese el idilio y, precaución, porque los padres de Ignacio habían huido a Francia pocas semanas después del alzamiento, cuando en el pueblo los partidarios de los nacionales tomaron el poder por la fuerza, pasando por las armas tanto al alcalde como a los concejales y se corrió la voz de que los siguientes serían aquellos que habían colaborado con la República. El padre de Ignacio estaba entre ellos. A él, con trece años, le dejaron a cargo de su tía Umbelina, antigua maestra del pueblo, hecho que se aceptó con normalidad debido a que la mujer era respetada por su intensidad religiosa y pública beligerancia ante los pecados comunistas, y siendo ya mayor la mujer, con el zagal en casa, no le faltaría una ayuda, como así fue. Desde que Doña Umbelina muriera, Ignacio habita su casa. La vivienda en la que nació y pasó su infancia permanece cerrada desde la misma noche que sus padres la abandonaron. Nadie ha vuelto a entrar desde entonces ni a saber de ellos. Pareciera que la imagen del edificio se hubiera borrado de los ojos de los habitantes del pueblo por generación espontánea. En los planes de Adelita pasa, una vez casados,  por que un día puedan vivir en ella; la vivienda es espaciosa y tiene una gran terraza con mucho sol. Y porque la gente olvida rápido. Además de tener fama de buen trabajador, organizado y serio con sus compromisos, es un gran jugador de fútbol, admirado por los aficionados del pueblo, también por Adelita que espera con ansia disimulada los esporádicos enfrentamientos que se organizan con otros pueblos de la comarca, para poder deleitarse en secreto con la estampa de Ignacio ejercitándose en calzoncillos. Y cuando es él el protagonista del juego y la afición le aplaude, a ella se le inflaman las mejillas de satisfacción y orgullo. Sin que nadie lo advierta, siempre en silencio. Tienen muy cuidada la estrategia: en la finca, en la casa del Amo, se ven todos los días, de madrugada, en las caballerizas, mientras los hombres preparan los pencos,  organizan los aperos en los carros y llenan las alforjas con el companaje para salir a los campos, Adelita colabora en los preparativos y con la excusa, comparten cercanía y alguna complicidad durante algunos minutos. Por la noche, cuando Ignacio regresa a su casa, pasa, sin necesidad, bajo la balcón de la casa de Adelita que lo espera como si no le esperara y le saluda como si de un vecino corriente se tratara. Cuando Ignacio llega hasta la era cercana y se sienta en el eje de un trillo, Adelita sopla la vela de su habitación y baja atravesando la oscuridad hasta donde la espera Ignacio. Y, durante el tiempo imprescindible para que ni el yayo ni su madre noten la ausencia,  arrullan sus manos en el regazo de Adelita y se abrazan entre piropos, zalamerías y acendradas caricias, y  planifican un futuro en común, y se dicen que siempre estarán juntos a pesar de que saben que serán extraños al día siguiente.  

 

Si fuese un día como todos, Adelita ya se hubiera levantado y con los primeros rayos de sol, con el suministro eléctrico suspendido por la autoridad, como cada día, habría adelantado las tareas más imperativas, entre ellas la de llegarse hasta la Plaza Mayor con un ánfora en la cadera y devolverla al hogar rebosada de agua de la fuente, a la que desde que hay memoria se la denomina coloquialmente “La generosa”. Después, habría desayunado con su madre y su abuelo Joaquín  las mismas farinetas de agua que, como cada día, el yayo  habría cocinado en la lumbre de la chimenea antes de que nadie en la casa hubiera abierto un solo ojo.

 

 

Adelita era la segunda en aparecer por la cocina, saludaba con un beso en la frente al abuelo Joaquín, sentado en el atávico banco de madera carcomida junto a la chimenea. Este la recibía con un “buen día nos dé el sol, zagalica guapa”,  mientras repartía en tres cuencos de latón gastado  el escuálido guiso, aunque en días especiales como el de hoy  no faltasen, en las farinetas, unos tacos de tocino, que su madre habría sisado, poco a poco, de la muy fiscalizada despensa del ama y un cuartillo de leche, que el yayo compraba al estraperlista, para sustituir el agua del condumio.

 

 

Don Joaquín, aunque nacido en el pueblo, vivió en el extranjero durante más de tres décadas; se alistó en el ejército  a pesar de superar con holgura la treintena y fue destinado a  ultramar, de donde volvió, muchos años después, ilusionado por los nuevos tiempos de apertura que llegaban desde la patria, tras finalizar la última de las guerras que España sostuvo en aquellos lares. Al partir, lo había dejado todo, inesperadamente, de la noche a la mañana, abrumado por las circunstancias que se desataron y una sensación de cobardía que nunca terminó de superar; la que era su novia de toda la vida, y después esposa y madre de su hijo, vivió un desliz amoroso con uno de los amigos del entonces joven don Joaquín. Cuando se descubrió la afrenta y se corrió la voz, decidió poner tierra de por medio huyendo así del escándalo y las trifulcas que se desataron entre parientes, amigos y hasta vecinos de unos y otros, junto a las fuerzas vivas, encabezadas por  el párroco que, con gran estruendo, condujo en procesión penitente a la adúltera arrastrándola por los pelos hasta la Plaza Mayor. Y allí mismo, a la vista de todos, frente a la puerta de la iglesia, la increpó, la rapó de malas maneras  y la golpeó con tal saña que el suelo se tiñó de sangre.  Le salvó la vida que era madre y que los  lloros del niño,  presente en el lugar, ablandaron la mano del cura.  Don Joaquín se instaló en la vieja casa que fue suya, habitada ahora por su nuera y por su nieta. A su hijo no volvió a verlo pues perdió la vida  en la segunda oleada de jóvenes que el gobierno movilizó para defender sus posesiones en África. Por Adelita, don Joaquín siente un amor profundo pues ve en ella el alma del hijo que no pudo ver crecer. Ocupó, junto a su maleta, un pequeño cuarto con una cama y armario roído por la carcoma y a la que nunca permitió a nadie la entrada. De la que fue su esposa, nunca supo nada, ni quiso saber. La vida era otra. Se licenció de la vida militar con buena salud física y una pequeña pensión vitalicia, que dejó de percibir en el momento que estalló la guerra y que recuperó en el 41,  y con algunas particularidades en el carácter y las costumbres que lo convirtieron en poco tiempo en una figura muy popular en el pueblo; regresó vistiendo un uniforme  de oficial del Ejército, perfectamente planchado y almidonado; ni Adelita ni nadie en el pueblo le vieron vestir públicamente, durante los siguientes treinta años, a pesar de estar licenciado, con otra indumentaria que no fuera su uniforme siempre inmaculado y del que trajo dos réplicas en su maleta.

Aunque algunos hicieran mofa,  la mayoría aceptó la estrafalaria presencia de don Joaquín con simpatía y respeto, algo paradójico para aquellas gentes de arraigada mentalidad decimonónica,  que identificaban cualquier uniforme con una mezcla intrínseca de rechazo y temor. Su paso, siempre impreso de ágil y jovial  marcialidad, la sonrisa fácil y amable, el tono melódico de sus palabras, adquirido en su larga estancia en Sudamérica y  su entusiasmo en dedicar el tiempo libre, que era mucho, a socializar con sus conciudadanos haciendo gala de una gran capacidad conversadora, como si necesitara recuperar el tiempo perdido, le terminaron por convertir en una institución. Su mayor afición son los paseos por las calles o las riberas del riachuelo que bordea el pueblo, por el que espera que un día arribe un transatlántico cargado de cacahuetes, que apalabró con un comerciante cubano durante su estancia en la isla, de “capazo en capazo”, con cualquiera que se cruzara en su camino, fuera niño o adulto; a los pequeños les narraba peligrosas  aventuras  en remotas selvas tropicales y a los más mayores, sugerentes relatos sobre incuantificables riquezas y  hermosas mujeres al alcance de cualquiera.  Cierto es que su afición por contar historias de dudosa veracidad sobre sus vivencias en las Américas  o sobre cualquier otro asunto que se le ocurriera,  le confirieron  fama de fantasioso, pero con el tiempo, los que lo trataban, aprendieron a comprender la doblez de su personalidad y terminó por convertirse en amigo de todos y enemigo de nadie. Además, al fin y al cabo, su figura era lo único que dotaba al pueblo de cierto aire cosmopolita, el único militar con galones que tenía la villa y ese uniforme, con sus brillantes botones, sus cuatro medallitas de colores y esas lustradas estrellas en las hombreras, era infinitamente más espectacular que el insulso traje de los “civiles”.

En el resto de sus costumbres, don Joaquín se instaló en la sana medianía, sin deseos ardientes que le permitían no sufrir y llevar una vida relajada, y en cierto modo, paralela.

 

 

Los tres vivían bien porque no pasaban hambre, aunque la carne fuese un fruto prohibido. La cartilla de racionamiento les permitía adquirir algo de pan negro, achicoria, patatas, una especie de chocolate terroso de sabor espantoso y algunas hortalizas de temporada en la tienda de Morlans “el estraperlero”, además, esporádicamente le llegaban sardinas de cubo y abadejo que don Joaquín llevaba a casa gracias a la estrecha amistad que mantenía con el comerciante.

 

De igual forma pasaba una tarde estival paliqueando amigablemente con un jornalero, que con el cura, que alternando en el casino con los  terratenientes más influyentes del pueblo. Excepto con  Cholo, el amo de su nuera y Adelita, frente al que se comportaba con mesura y con el que mantenía una prudencial y educada distancia que había justificado, ante la interpelación de Adelita, como una actitud estratégica con que evitar interferencias y cualquier tipo de consecuencia en el trabajo de su nieta o en el de su madre. “Hay casos en los que lo mejor es aplicar eso de que cada uno en su casa y Dios en la de todos”  le había dicho tajante por finiquitar el asunto indefinidamente.

 

Pero hoy es un día distinto, hoy Adelita podrá ponerse su vestido de “fiesta” y los zapatos de medio tacón que le regaló el Ama porque tenían las hebillas rotas, y que el yayo recompuso en diez minutos; se los dejó tan relucientes como los de su uniforme, mil veces recauchutados. Ignacio podrá mirarla, discretamente, en todo su esplendor. “También él estará guapo, muy guapo, seguro”, se dice mientras sonríe y pellizca sus mejillas para darles color. Emocionada, se dirige, del brazo de su madre, a la primera procesión del día. Habrá dos; en la primera se ha programado la “salida” del Santo por las calles para rogar por el fin de la sequía; es extraordinaria, madrugadora y obligatoria para todos los habitantes, ya que se pretende que sea multitudinaria, y así, inducir favorablemente en la generosidad del Santo, “quien no acuda deberá enfrentarse a graves consecuencias”, había gritado el alguacil en cada esquina del pueblo. La segunda, posterior a la misa de once, es menos concurrida que la primera, debido a que la mayor parte de los hombres celebran la festividad en el casino, entre vasos de vino, conversaciones aplazadas  y partidas de mus. En la procesión Adelita comparte guiños y sonrisas escondidas con Ignacio y cuando el tumulto en torno a la peana de la Virgen es mucho, se funden con él,  mezclan sus ojos brillantes como caballos de porcelana y las yemas de sus dedos se cosquillean con caricias de trinchera. Y así, mientras pueden.

 

A las doce de la mañana don Joaquín hace su aparición por el casino. No lo hace con relajo porque sabe que la mayoría, allí, estará, ya,  bajo la influencia del vino. Conoce bien la iniquidad de los que se entregan al morapio; los contados disgustos que ha tenido con la vecindad desde su regreso y antes en Sudamérica, han sido con las consecuencias etílicas, que convierten a numerosas personas, que en situación normal son amigables y sensatas, en desechos intelectuales que necesitan imponer el conflicto para disfrutar de la fiesta. Don Joaquín nunca sale de casa cuando la juventud del pueblo anda borracha; por no tentar a la suerte. Pero ha quedado con Morlans en verse un rato para charrar: le había dicho que le iba a conseguir un saco de trigo a un precio simbólico y también que podría ser que tuviera noticias sobre un aparato de radio por el que don Joaquín se había interesado. “Si te la consigo, serás, después de mí, el único que tenga radio en el pueblo” le había dicho su amigo.

Del centenar de personas allí reunidas, le llamó la atención la presencia de tres muchachos, desconocidos para él, que charlaban entretenidos con el Cholo en una mesa apartada. “y esos zagales quiénes son”, le preguntó a Morlans en medio de la charla. “Unos zagales de algún pueblo vecino que tendrán tratos con él, o los estará buscando  para alguna faena, no sé…lo que sí que paice es que les está gustando la fiesta, ya van contenticos…Volviendo al trigo, te conseguiré ese saco y tendrás pan blanco hasta Navidad… ya ves lo que es tener amigos, Joaquín”. “Gracias, José, nos vendrá bien, siempre me tratas cojonudamente, “conchudo”, te lo agradezco, ya sabes que tienes en mí un amigo. Oye… y más contento que me pongo, porque con la cosecha que habrá este año “berraco”, bueno será para los del pueblo que hayas recibido una buena cantidad de trigo; no lo pongas muy caro ladrón” le increpó en tono afable. “No, no habrá ni miaja para nadie, lo he vendido a una mano, dicho así, entre nosotros…” Le contestó sorbiendo el último trago del chato. “Pero hombre de Dios” le recriminó don Joaquín, “si tienes ochenta o noventa sacos, bien repartidos, sacas del hambre a medio pueblo en este invierno…” “Quiá noventa, ciento cincuenta tengo, recién llegados de la meseta, que allí sí que ha llovido, pero no, no me ha quedao más remedio que vendérselos al Cholo… es sí u sí, no es perro a quien llevarle la contraria, eso sí, tenemos que hacerlo sin que nadie se entere, no vaya a ser que llegue a oídos de la Guardia Civil y nos endiñen un pleito… no tengo otra salida. Te lo cuento porque no quería dejarte sin nada y porque te tengo confianza y sé que no andarás contando chismorreadas… u qué…”, inquirió Morlans de reojo. Don Joaquín asintió con la cabeza y sorbió un trago suave.

 

 

Algunos empezaban a cantar jotas, otros seguían con sus partidas y sus charradas, pero todos tenían los ojos vidriosos, de ese color agrio que solo ven los abstemios y que pronostican la comisión fácil de cualquier iniquidad. Mientras, desde la calle, podían oírse los salmos que cantaban las mujeres en la procesión de la Virgen.

 

 

     

       “Dicen que al buen pastor que a su ganao cuidando va

        Observa con dolor que alguna res enferma está,

        Hacia Luna se va porque en Monlora encontrará

        El agua que al beber, al animal lo curará”

 

 

- Oye, José, que viene la procesión, me junto con ellos que voy a cantar una miaja con esta voz prodigiosa que Dios ma dao, y a falta de cumbia...

 

 

- Mira que ta gustao siempre cantar, Joaquín… con Dios zagal, tira millas. Le contestó Morlans tras una carcajada.

 

 

Y así se va echando la tarde encima; las mujeres “de bien” y algunos hombres, como el farmacéutico y otros menos mostrencos que los que han pasado el día en el casino, han comido algunos refollaos y un moscatel que se han servido en la casa consistorial, han bailado algunos pasodobles al ritmo del gramófono parroquial, y después de rezar un rosario, cada uno se va retirando a su casa.

 

 

Adelita camina feliz, de un brazo lleva a su madre y del otro al yayo. Cada poco vuelve la cara y observa, a unos metros, a Ignacio que se encamina hacia la suya en compañía de un amigo; hablan de fútbol, ansiosos porque llegue el próximo enfrentamiento ante uno de los pueblos vecinos. Parece que será de aquí a un mes, el día de las fiestas patronales. Los curas de ambas parroquias, que ejercen de árbitros,  ya se han puesto de acuerdo en el día, el lugar y en el resultado final del encuentro, que siempre termina por ser empate aunque haya que inventarse dos penaltis en el último minuto de la contienda, los dos, a favor del equipo que lo necesite para empatar. Ellos no lo quieren saber y continúan soñando con la victoria. Adelita girará a la izquierda para tomar la calle que les llevará hasta su casa que se encuentra en las afueras e Ignacio continuará en línea recta. Necesitan una última mirada para dormir acunados por la felicidad. No se dará, porque en ese instante la voz de Cholo suena como un trueno inesperado desde la puerta del casino. “Inacio, ven un momentico…” Adelita vuelve a ufanarse con distinta efervescencia a cuando se deleita con su estampa de deportista, pero con igual intensidad “¿cuando el Amo necesita a alguien, a quién llama…? a mi Ignacio…”

 

Ignacio terminará el día de manera inesperada; el Amo le ha conminado a realizar una faena de cierta urgencia, sin otra explicación que la necesidad que tiene de hacerse: tendrá que acompañar a sus tres amigos, los forasteros, y a él mismo, hasta el almacén que el estraperlero tiene en una era de la entrada del pueblo, cargar unos sacos con cereal y llevarlos hasta el granero alto de la hacienda de Cholo. Serían dos viajes con el carro, pero como los visitantes han venido en un camión pequeño, uno será suficiente. “Si los dejamos en el granero de la calle, se hace en un ratico, pero si hay que subirlos al de arriba, costará más rato, Amo…” “no pue ser zagal, tiene que ser en el de arriba, es pa guardar”, “pa eso estamos, eso no es ná, lo único la ropa de domingo que llevo…” Nadie contestó.

 

 

Terminaron a las cinco de la madrugada, pues si cargarlos fue fácil y rápido, subir las tres alturas de escaleras, saco a saco, costó a Ignacio un esfuerzo tal que le obligaba a parar y sentarse, en varias ocasiones, por la falta de aliento. En las últimas cargas, Cholo, que sentado en un sillete iba contando los sacos que subía el jornalero, al notar que se acercaba el día, despertó a uno de los tres visitantes que dormía la borrachera debajo del camión -los otros dos lo hacían en la cabina- para que echara una mano a Ignacio.

 

 

“Ya ve usted, Amo, la faena está hecha, gracias por la ayuda”,  dijo ya en la calle dirigiéndose al mozo que le había ayudado con los últimos sacos, con la respiración todavía alterada pero con una complacida sonrisa en la boca. Junto al camión ya vacío, Cholo y dos de sus acompañantes le esperaban, ambos con sendos fusiles anclados al hombro, el tercero ya en la cabina frente al volante. “Ahora te vas a ir con estos, que ya saben ellos donde dejarte”, le dijo secamente “Yo,  Amo, me voy a casa, a lavarme una miaja, que en un rato enganchamos, no me tienen que invitar ni a almorzar ni a nada, lo que he hecho, se ha hecho encantao, que pa eso estamos”. Tras unos segundos de silencio los dos jovenzuelos que habían vuelto a tomar de los restos de la botella de vino para desperezarse de la dormilona, le agarraron por los brazos y lo alzaron entre insultos y golpes de culata hasta el tablado del camión, ellos subieron después. Mientras se alejaban y el vehículo se dirigía hacia el  camino que conducía, únicamente, o al campo de fútbol o al cementerio, Cholo observaba, abúlico, la estupefacción en la cara de Ignacio,  que trataba  de saltar del camión sin éxito pues los hombres se lo impedían con violencia. Cada vez más alejada, oía la imploración desesperada de su jornalero con aspiraciones de aparcero: “¡¡que se me llevan Amo, que se me llevan!!, dígales que no, Amo, dígales que soy bueno Amo, dígales que soy bueno… Amo…”

 

Cuando desaparecieron de su vista, Cholo, susurró mientras abandonaba el lugar: “Tranquilo, zagal, que al menos la vas a espichar con la ropa de domingo”.

 

 

La noticia corrió como un reguero de pólvora y  don Joaquín fue de los primeros en recibirla, ya que llegó temprano al “mentidero”, lugar en el que se reunían habitualmente los ociosos, casi todos ancianos, para contar y escuchar los cotilleos del vecindario, a sabiendas de que el día posterior al de la Virgen es de los más propicios para el comadreo. “Inacio, ese zagal que parecía una balsa de aceite, ha resultado ser  otro maldito traidor como su padre; ha huido esta noche pa las montañas y después a Francia casi seguro, o al monte con los maquis. Lo han visto machar unos que han trasnochado más de la cuenta. Ha resultado ser un rojo asqueroso, a saber lo que estaría tramando el muy cabrón. Con lo buen zagal que parecía…”

 

Don Joaquín, en medio de una inquietud que creía olvidada, abandona discretamente el grupo y se dirige hacia su casa, mientras por su cabeza fluyen apocalípticas ideas desordenadas y su corazón parece un barreno a punto de estallar. Porque él sí sabe, él lo sabe todo.

Cuando llega, la encuentra vacía. Madre e hija han ido a trabajar, como cada día. Se sienta en el banco junto a la chimenea en la que solo queda el rescoldo que ha cocinado las farinetas. A esperar.

La oye subir las escaleras y poco después puede ver lo que jamás pensó que pudiera llegar a ver: el rictus agrio de su querida nieta ajado por un desaliento definitivo. Es el rostro del que sufre una calamidad extrema que durará siempre. Y siente, en silencio, inmóvil, que todo se le rompe por dentro y que le falta el aire. Ella, sin cruzar la mirada, le dice, con palabras distantes, que ha dejado la hacienda porque no se encuentra bien y que se va a su cuarto. Poco después oye los primeros sollozos, después los gritos que no quiere oír. Las piernas le tiemblan y las mira con cara de derrota: “Sos un viejito que no sirve, solo sos un viejito que ya no vale…”

 

En su mano solo lleva la maleta que le trajo. Se dirige por el camino que sale del pueblo hacia la capital. Se detiene en el puente que cruza el río; el rio es como una momia, una broma insípida. Ahora ya sabe que nunca llegará por ese secarral de piedras y hierbas moribundas, mercante alguno con el cargamento de maní que compró en Cuba. Ahora ya sabe que jamás lo compró. También sabe ahora que su presencia en ese pueblo habitado por esclavos que adoran la existencia de quien, perversamente, les fustiga, ha sido una pantomima. Que inventar, hasta creerse, una realidad  artificial para luchar contra el desaliento, termina por conducir al fracaso. Ahora sabe que la vida es una mentira y que ha llegado el momento de deshacer un camino que no debió recorrer.

 

 

Ya en la lejanía observa la silueta del pueblo. Lo hace con rapidez, sin experimentar sensación alguna, hasta tomar un camino que le llevará hasta una cuadrilla de jornaleros que siegan, a base de hoz y sudor, uno de los últimos campos que quedan por cosechar. A unos metros de distancia saluda y toma asiento en una gran piedra que hace de lindero. Allí pasa varias horas hasta que se acerca un coche, el único que hay en el pueblo. Cuando Cholo se apea, don Joaquín ya está frente a él y sin previo aviso le dispara con un pistolón que ha sacado de la cartuchera que llevaba alojada en la maleta más de treinta años. Cholo cae sentado sobre el peldaño del vehículo, sin dejar de mirar la mancha roja que gotea de su camisa blanca.

 

- Nunca me has perdonado Joaquinito, ni aunque hubieran pasado mil años, me hubieras perdonado… por una mujer -balbucea entre tosidos, risas rajadas y gorgojos de sangre que salen de su boca.

 

Cuando la cabeza de Cholo cae y se funde, inerte, sobre el pecho, el yayo carga el arma de nuevo y mientras la dirige a su propia sien, a sabiendas de que habla a un muerto, dice:

 

- Te perdoné el mismo día que me fui, Cholo. Ahora querría no haberte perdonado, te habría matado entonces y hoy no...

 

Y aprieta el gatillo.

 
EL ACONTECIMIENTO

 

 

Cumpliendo con el compromiso que adquirí contigo en nuestro último encuentro, te escribo estas líneas con el deseo de que sirvan para sumar argumentos a ese afán que tienes por conocerme mejor:

 

 

 

“Son cuestiones que no aparecen reflejadas en las estadísticas ni forman parte de prolijos estudios sociológicos -lo contrario sería estúpido- pero es por todos sabido que en los pueblos,  aunque no falte quien te meta una puñalada trapera si la ocasión se presenta, sabemos alegrarnos la vida los unos a los otros; nadie, en un pueblo, puede decir que le han faltado un par de huevos en el plato porque en los pueblos hay más gallinas que personas, y, por consiguiente, sobran huevos para repartir. Así somos en los pueblos; tenemos un par de huevos bien puestos”.

 

 

 

En ese orden de cosas andaban mis pensamientos -en la cárcel hay tiempo para idiocias  de todo tipo y tú juzgarás si esta última tiene algún valor- cuando uno de ellos se convirtió en recuerdo, un recuerdo sobre cómo nos alegramos  el día grande de unas fiestas patronales. Todos  los vecinos  ocupamos enardecidos puertas, ventanas y balcones de aquellas calles, esperando para disfrutar del momento histórico y de  la algarabía que a buen seguro provocaría la explosión modernista que por fin nos visitaba.

 

 

 

 

Fue en el 71, o en el 72, y yo, a mis doce años, en pijama y poniéndome ciego de churros con chocolate,  desde el privilegiado  balcón de la casa familiar, en la calle más recta y con el mejor ángulo de visión de todas las del pueblo, iba a deleitarme con un espectáculo sin parangón; se había programado el desfile  de una comparsa de majorettes que venía revolviendo  las fiestas veraniegas de los pueblos de aquella comarca de boinas, arados y "cuarterones"en la que crecí; estábamos entusiasmados, sin excepción.

 

 

 

!Ya vienen las majorettes! !Ya vienen las majorettes!

 

 

 

Lo que yo no sabía  era que, debido a la escasez presupuestaria de la comisión de festejos o vaya usted a saber por qué motivo, sólo se pudo contratar  a tres joviales majorettes, eso sí,  envueltas en escuetos corsés de dudosa utilidad pero de un  efecto visual demoledor para los desacostumbrados espectadores. Las tres voluntariosas majorettes bamboleaban al viento sendos bastones encintados como banderillas de albero y columpiaban las mollas al compás de la música de la  Banda Municipal, mientras completaban el recorrido por las principales calles del pueblo.

 

 

 

!Ya pasan las majorettes! !Ya pasan las majorettes! - recuerdo haber gritado cuando transitaban por la mía-.

 

 

 

 Hubo  revuelo y algunas protestas entre los presentes por la racanería de la administración a la hora de contratar, pero sobre todo hubo enfado porque una de las tres majorettes a juzgar por lo abultado de su refajo  se encontraba en los descuentos para dar a luz. Esta circunstancia le impedía ejercer su papel en el desfile con la eficacia que a ella le hubiera gustado, aunque los espectadores se mostraron solícitos con ella, con  el empeño que la muchacha ponía -la animaban con vítores energizantes como si fuera una ciclista exhausta subiendo un puerto alpino- en seguir el compás de sus compañeras y la expresión de dolor insufrible que reflejaba su rostro en cada ocasión que flexionaba una rodilla y la llevaba hasta la espectacular balconada que suponían sus pechos henchidos de alimento infantil luchando por liberarse del corsé. No recuerdo en qué condiciones  terminó la exhibición si es que en algún momento lo supe, pero lo cierto es que tanto la  comparsa festiva como las glándulas mamarias de la preñada  se convirtieron en un hito inolvidable que quedó impreso en la memoria histórica de los habitantes de aquella comarca, en mis convecinos de entonces y en mi propio baúl interno de veniales perversiones  que, aún hoy, pasados cuarenta años, aparece en mis sueños con tal pertinacia que he concluido que aquel debió de ser el día que me masturbé por primera vez. Otra explicación no encuentro a tan contumaz regresión.

 

 

A la espera de tus impresiones te envío un abrazo.


 

Pd: nos vemos en el  vis a vis.

 
La Muerte del Doctor Roberto Tallón.

 

 

Estimado señor Director General del Departamento de Salud y/o  a quién corresponda:

 

Me dirijo a usted en respuesta a la solicitud que he recibido desde su oficina. En ella,  se me solicita detallada información sobre las circunstancias que acontecieron en el fallecimiento del Dr. Roberto Tallón.

 

Antes de entrar en detalles,  quisiera poner de manifiesto que  conocí a Roberto Tallón el día que pasó a formar parte del equipo de cardiología en este hospital que tengo el honor de dirigir. Llevaba con nosotros  diez años aproximadamente.  Solo puedo decir que en todo ese tiempo ejerció su labor con tanta profesionalidad y pericia como abnegación; ni una sola baja laboral; de trato afable con compañeros y enfermos; animoso siempre a la hora de cooperar en cualquier asunto para el que fuera solicitado. De sus virtudes puedo dar fe,  pues lo conocía bien. Como subordinado mío fue modélico y como camarada,  el mejor;  al punto de que tenía en sus compañeros  a sus mejores amigos;  entre los que me cuento. Una persona y un profesional excelente. La razón por la que le hago partícipe de esta reflexión sobre su persona, que en nada está relacionada con los hechos concretos sobre los que se me consulta, es transmitirle el profundo respeto, cariño y admiración que Roberto Tallón despertaba entre nosotros y lo mucho que todos lamentamos su pérdida. Y que, a la par, sirva para justificar una parte de los pormenores que referiré a continuación, de este lamentable quebranto que nos toca vivir y que a todos nos ha sumergido en un mar de  tristeza y abatimiento.

 

Como bien sabe, el Doctor Tallón fue el cardiólogo responsable de lo que aquí denominamos coloquialmente “el último intento”.  Ejercía su cometido en una sala perfectamente equipada y adyacente al tanatorio.  Su trabajo consistía en tratar de revitalizar a los enfermos que llegaban hasta su mesa,  siempre desde la UCI,  con las constantes vitales perdidas. Él, con su inseparable desfibrilador  y junto a  una enfermera que le asistía, intentaba devolver a la vida - no nos engañemos-  a pacientes que hacía tiempo que no respiraban. Después de media hora de infructuosas descargas, certificaba su muerte legal con una firma en el impreso correspondiente y, mientras el difunto pasaba a ocupar su nicho en el tanatorio, él esperaba al siguiente premortem  para repetir el intento. Un trabajo muy duro que ejercía, extrañamente, con generosidad, casi filantropía. Pero  ante ese marco laboral tan poco gratificante, no me extrañó que un día, en uno de los almuerzos que compartíamos,  me transmitiera su descontento con la situación que estaba viviendo. Me dijo  que había perdido la ilusión después de tantos años sin obtener ni siquiera un triunfo; “¿Cuántos habrán sido? ¡Cientos!... qué digo cientos… ¡miles! Miles de intentos para nada, ni uno solo, ni uno. Si al menos hubiera sacado a uno…lo dejo, lo dejo…” me confesó con cara de llevar varias noches sin dormir.  Estaba decido a renunciar, había perdido la esperanza de que su trabajo tuviera algún valor y me pidió que le buscara un sustituto lo antes posible,  y que a él lo destinara donde a mí me pareciera mejor. Le era indiferente.  Yo lo entendí porque de alguna forma, me lo esperaba.  De hecho, en más de una ocasión  me había preguntado el porqué de su docilidad ante lo fastidioso de su destino… Y tantos años.

 

Enseguida inicié la búsqueda del suplente de Roberto Tallón; sabía que no iba a ser fácil. Establecí contacto con los distintos cardiólogos del departamento – como también sabe y según la normativa, solo un especialista titulado puede ejercer esta labor- para conocer las posibilidades que tenía de proceder al relevo lo antes posible. Tallón se lo merecía. Pero no hubo forma humana de conseguirlo: nadie quiso. Ofrecí un plus económico más que suculento a los posibles candidatos,  les prometí flexibilidad en los horarios y hasta llegué a amenazarles con imponer mi criterio y obligarles a acatar mi decisión con el argumento de que esa potestad formaba parte de mis atribuciones como director del hospital; pero fue imposible. El jefe de cardiología llegó a bravear con la idea de acogerse a bajas laborales aleatorias e indefinidas que condicionarían fatalmente el normal desarrollo del departamento,  si presionaba a cualquiera de los integrantes de su equipo.

 

Ruego que, a la hora de valorar este informe y dictaminar las consecuencias o responsabilidades que de él se pudieran detraer,  tomen en consideración las especialísimas circunstancias en las que se sucedieron los hechos: tanto el Dr. Tallón como yo mismo, estábamos desesperados. Al saber de mis dificultades para encontrarle sustituto él comenzó a no respetar los protocolos por los que debía guiarse en su trabajo,  consecuencia directa del desinterés que se había adueñado de su voluntad. Andaba cabizbajo y ensimismado, ojeroso y, a veces, desorientado en lugares de tránsito habitual como la cafetería o el tanatorio;  completamente asténico, derrotado. Estaba a punto de perderlo.  Me enfrentaba a un problema  que terminaría, de no atajarlo, por afectar seriamente al buen funcionamiento del centro hospitalario. Ante tales circunstancias,  debía tomar una determinación y así lo hice: recopilé los datos necesarios y me dirigí a la UCI. Allí elegí a uno de los enfermos, un hombre de unos ochenta años, corpulento y que parecía no  superar una intervención de urgencia; una apendicetomía complicada a una peritonitis con derrame; ni riñones, ni hígado ni páncreas le funcionaban sin monitorización. La infección se lo estaba comiendo; lo había visto demasiadas veces.  Este paciente  no saldría adelante y lo perderíamos en el momento que lo “desenchufáramos”. Era el candidato ideal para llevar a cabo mi plan. El paso siguiente fue el más complicado y doloroso,  pues me obligaba a mentir; mantuve una pequeña reunión con todo el personal de la UCI y les comuniqué que durante treinta minutos debían abandonar la planta,  ya que se iba a proceder a una desinfección de la zona: un análisis de ambiente había  detectado rastros de bacterias que, si bien no suponían una situación de riesgo, obligaba  a realizar una limpieza que yo mismo supervisaría. Las cuatro enfermeras y el médico responsable, felices por el regalo, se fueron al bar. Tenía media hora por delante. Desentubé al anciano – había repasado el procedimiento en mi oficina,  pues lo tenía completamente olvidado-, extraje las vías de sus brazos y desprendí los electrodos de su pecho. Rápidamente empujé la camilla y me dirigí al ascensor específico que comunicaba directamente la UCI con el tanatorio. Allí estaba Tallón, en su lugar, al pie del cañón, junto a su mesa de trabajo, sentado en un sillete y con la mirada perdida en los gélidos fluorescentes del techo. Esperando. La enfermera no se encontraba en la sala,  pero acudió al oír el consabido bordoneo  del ascensor.

Me permito la licencia de transcribir a continuación  la conversación que tuvimos, al pie de letra, para que usted o quién corresponda, pueda disponer de una mayor y pormenorizada información.  Lo haré con  la misma sinceridad que he utilizado hasta ahora.

 

- ¿Qué haces tú aquí? -me preguntó Tallón sorprendido de mi presencia allí transportando un paciente.

 

- Pues mira, –le contesté con fingida normalidad-  he visto que te bajaban trabajo y me he dicho que aprovecharía la ocasión para pasar a saludar a un amigo en horas bajas. A  la maritornes que te lo traía,  le he hecho un favor - así llamamos, entre nosotros los médicos, a las enfermeras, en broma, por supuesto-. De paso aprovecho para saludarte. Te lo bajo yo  ¡no te quejarás!  El director te hace de asistente; todo un lujo –almibaré la situación con aspavientos no exentos de sorna -.  Eso sí, procura agilizar la cuestión, que tengo que devolver la camilla a la UCI y ponerme a trabajar. Todo son problemas.

 

- En un momento terminamos, le doy tres aplicaciones y le mandamos al nicho. Pero agradezco tu visita, al menos rompe la monotonía del sinvivir en que se ha convertido este trabajo.

 

Si funcionaba mi plan, todo se solucionaría y volvería ser como antes. Tallón recuperaría la autoestima y yo solucionaría el problema de la suplencia, al menos temporalmente. Y por el momento, parecía que así era. Lo había comprobado, mientras el resto de los órganos degeneraban, el corazón del paciente latía, el motor todavía estaba activo. Había calculado que disponía de unos veinte minutos hasta que comenzaran  las convulsiones y la insuficiencia respiratoria que precederían al fallecimiento. Pero eso, Tallón, no lo sabía.

 

- ¡ Bah !- relativicé- terminemos con esto y “cada mochuelo a su olivo” – contesté urgido,  finiquitando así la conversación-.

 

- Sí, cuanto más rápido mejor –dijo con el rostro ajado mientras tomaba con sus manos, perezosamente,  las placas del desfibrilador y yo anclaba en mis orejas el estetoscopio para hacer las comprobaciones pertinentes tras las tarascadas eléctricas. La maritornes, liberada de su responsabilidad por mí, salió de la sala.

 

- Dale –dije.

 

Con la primera descarga el anciano levantó su tronco noventa grados, abrió los ojos que parecían platos, movió la boca como si degustara un caramelo y dijo: “me tomaría un Campari”, seguidamente miró interesado a izquierda y derecha, y, como no vio lo que buscaba,  cayó traumáticamente sobre la camilla quedando en su posición original. Puse el estetoscopio en su pecho y dije gritando:

 

- ¡Lo has conseguido, Roberto, uno por fin, hay pulso, hay pulso!

 

Volví la vista hacia Tallón y observé la cara del hombre más feliz de la tierra. Su sonrisa me recordó a la de aquellos payasos de juguete que me regalaban cuando era niño; con la misma amplitud y una extraña rigidez que achaqué a la dicha superlativa que parecía disfrutar así. “bien, bien, todo va a pedir de boca” me dije satisfecho.

 

“Roberto…” interpelé. Su rostro estaba petrificado y sus ojos, como bombillas encendidas, miraban a ningún sitio.  De repente se puso en movimiento sin abandonar su estado robótico y se marchó torpemente del lugar.  La mirada buscando en el vacío y los movimientos de androide articulado recordaban al “Frankenstein” de las películas en blanco y negro; si hubiera levantado los brazos al andar, lo hubiera clavado. Vi cómo se dirigía  a través del pasillo hasta la sala adyacente. Entró. Tras un par de minutos de soledad -tenía que asimilar la victoria antes de disfrutarla, pensé-,  regresó a la sala, miró como respiraba el anciano, sonrió, congeló el semblante  y cayó redondo como un árbol cercenado por  el último tajo de un hacha. Nada pude hacer por salvar su vida, a pesar de abrasarle el pecho a sacudidas eléctricas y hacerle el boca a boca hasta quedarme sin aire, ante la rotunda negativa de la enfermera a poner en práctica dicha maniobra de reanimación alegando que no le pagaban tanto como para andarse con marranadas. Roberto pasó al nicho del tanatorio, yo completé la documentación como pude y el anciano, al que conseguí devolver a la UCI antes de que su corazón dejara de latir,  murió días después por causas naturales-fue desenchufado- sin satisfacer su última voluntad etílica a pesar de que me ocupé personalmente de dejar junto a la bandeja de sutura una botella de “Campari” y de transmitir las órdenes pertinentes para que, si por casualidad, el anciano despertara, antes que nada, se le suministrara un buen lingotazo del exclusivo elixir, y ya, después, se tratara de curarle. El intento de agradecer así, al buen hombre su colaboración, no tuvo éxito. Tengo la botella en casa.

 

Los resultados de la autopsia de Tallón, que figuran anexos a este informe y que yo mismo autoricé y firmé,  dictaminaron “muerte súbita”  como causa del fallecimiento. De sobredosis de felicidad, añadiría yo.

 

Nota aclaratoria: Ruego disculpe el retraso en enviar este informe y el  posible exceso de  familiaridad que  pueda desprenderse de la lectura en algunos párrafos,  pero, a modo de justificación, diré que desde el trágico suceso que estamos tratando, mi tiempo lo divido apuradamente entre las labores habituales de un director de hospital y el de cardiólogo adjunto al tanatorio, por lo que me ha sido imposible corregir, ni formal ni gramaticalmente,  este informe sobre la muerte del Dr. Roberto Tallón que espero sea de utilidad.

Quedo a la espera de noticias.

 

Atentamente.

 

 

Señor Director del hospital:

 

Le responde la enfermera  jefe  adjunta a esta Dirección Provincial de Salud. De momento soy la responsable de gestionar los últimos detalles administrativos de este expediente.  Quisiera no dejar pasar, antes que nada,   la oportunidad de transmitirle mi pesar por la utilización del término “maritornes”,  cuando se refieren al  imprescindible  cuerpo de enfermeras que asisten su trabajo.  Acerca de esto quería decirle que,  si vuelvo a recibir alguna advertencia de que esta costumbre, que me deja perpleja, continúa llevándose a la práctica, no me dejarán otra alternativa que la de recortar,  hasta límites cercanos  a cero,  la subvención que su hospital recibe trimestralmente en concepto de “gastos de libre albedrío”  y que son enviados en metálico, en un sobre cerrado a su nombre, y que es bien sabido por todos aquí  que sufragan sus conferencias interdisciplinarias – vaya usted a saber qué significa “interdisciplinarias”- ; conferencias  que, casualmente, suelen organizarse en países tropicales y/o hoteles de lujo, donde, estamos convencidos,  se hace cualquier cosa  excepto conferenciar con un mínimo de seriedad-. Como verá, me permito utilizar la misma franqueza de la que usted hace gala en su dosier.

 

Por otra parte, no puedo asegurarle que no existan consecuencias  a  la nefasta gestión que se ha llevado a cabo.  Si llega a los oídos de la familia del anciano fallecido  los desaguisados entre los que pasó sus últimos días de vida, podría usted terminar en la cárcel. Tiene  suerte de que tampoco a esta dirección le interese dar publicidad al asunto, pero si hay una reclamación,  

 

deberá atenerse a las consecuencias que se deriven. Es lo que tiene practicar la sinceridad cuando el concepto se entiende mal y se ejerce sin necesidad.

 

 

Hemos recibido su informe con excesivo retraso, el tiempo juega en nuestra contra,  pero entendiendo las dificultosas circunstancias  laborales en las que se encuentra, pasaremos por alto el detalle;  aunque sí le digo que urge solucionar este expediente con la máxima celeridad,  pues los plazos legales están llegando a su fin. De las consecuencias que de esto pudieran devenirse, solo usted será responsable final. Insisto.  

 

Agradecemos la minuciosidad expresada en el  relato de los hechos y, efectivamente, como usted dice, aparece anexa  el  acta de defunción del doctor Roberto Tallón, firmada y sellada. Lo que no figura es el certificado del lugar y las circunstancias en las que se encuentra su cadáver. Ese anexo no figura en el informe, no hay constancia, por lo tanto no sabemos si se le ha dado sepultura en el cementerio municipal o se ha optado por la incineración. No hay certeza documental de qué empresa funeraria ha sido la responsable de las últimas diligencias.  ¿No tenía familia? ¿Nadie reclamó su cadáver? ¿Quién? ¿Continúa en el tanatorio?... Resumiendo: ¿dónde está el muerto?

 

Antes de tramitar el informe definitivo que ponga fin al proceso, necesitamos dar contestación a los interrogantes que le he referido, especialmente al último;  únicamente usted puede responder,  adjuntando  la documentación pertinente y las explicaciones que juzgue necesarias.  Esperamos recibir  sus conclusiones en el menor espacio de tiempo posible.

 

Así mismo me aventuro  a recordarle –sirva también como señal de apremio- que hemos perdido un cadáver. Hace quince días ya. Es grave. Muy grave.

 

Atentamente

 

 

 

Respetada enfermera adjunta a la Dirección General.

 

En cuanto al malentendido por el afectuoso apodo  con que hasta hoy nos referíamos a las maravillosas compañeras de enfermería que hacen posible nuestro trabajo, solo le diré que eso ha terminado. Ni a mí ni al resto del cuerpo médico nos supondrá esfuerzo alguno, pues la intencionalidad carecía de malicia.

Entiendo, igualmente, que el desarrollo de los hechos inmediatamente anteriores al fallecimiento del Doctor Roberto Tallón y más concretamente  los referidos al anciano, no se ajustan a protocolo alguno; es cierto.  Pero en mi defensa, aduciré  que solo me guía un concienzudo deseo de franqueza y rectitud, siendo escrupuloso  con la verdad sobre los hechos que se me preguntan.  De  otra parte,  el paciente,  por un instante, respondió a las andanadas del desfibrilador y revivió; durante un momento se le vio feliz y encantado de la vida, al punto que pidió una “copa” para celebrar su resurrección.  El anciano volvió a la U.C.I  con las constantes vitales reactivadas,  su corazón funcionaba, si no perfectamente, sí con la potencia suficiente como para dar cinco vueltas a un campo de fútbol reglamentario sin despeinarse. Una pena que,  días después – subrayo lo de “días después”- el enfermo falleciera naturalmente –me atrevo a sugerir a los equipos de investigación que estudien, como terapia alternativa o coadyuvante,  la posibilidad de electrocutar, un poco,  a los pacientes que permanecen atados a los equipos de la UCI para mantenerse con vida: veo posibilidades de éxito y no se pierde nada por probar- Debería de declarar esto, pues es la verdad, ante cualquier órgano institucional desde el que se me pregunte, pero, de momento, seguiré el consejo que vislumbro detrás de sus  sabias palabras,  y si soy interpelado, contestaré en sueco-idioma que domino como nadie- o guardaré silencio sepulcral.

 

Soy consciente de la dificultad en la que nos encontramos,  debemos afrontarla con tanta firmeza como sentido común. No dude de que por mi parte así lo haga. Lo más importante es que el cuerpo del Doctor Tallón ha desaparecido y que esto no puede quedar así.  Pero, para indagar y  tratar de averiguar qué es lo que realmente ha pasado, necesito tiempo;  es imprescindible que se destine  a este hospital un cardiólogo competente que se ocupe del “último intento” o un ejecutivo que me sustituya en la dirección, en cualquiera de las dos funciones que ejerzo con todo el entusiasmo que consigo reunir,  pero que me impiden disponer de la libertad horaria necesaria para destinarla al caso que nos ocupa. Sería bueno que se hiciera con la mayor celeridad de la que sean capaces  los órganos competentes pues, a estas alturas, como bien apunta usted, “el tiempo es oro”.

 

A fecha de hoy, la única certeza que tenemos y que figura en el informe,  es que yo, con la ayuda de la enfermera  certificamos su fallecimiento y le dimos alojamiento en uno de los nichos del tanatorio. Según el protocolo habitual, el siguiente paso debiera haber  sido que la empresa funeraria subsidiaria se ocupara, como siempre, del duelo,  la inhumación  y de esos  detalles últimos  que generalmente acuerda  con los allegados al difunto. Por el momento,  he solicitado vía telemática a la empresa  POMPAS FÚNEBRES “TE ESPERAMOS” información al respecto, acompañada de los certificados correspondientes. Estoy esperando respuesta.

 

Atentamente

 

 

Señor  Director del hospital:

 

Desde esta Dirección Provincial le conminamos a dar los pasos que haya que dar. Para facilitarle las cosas, y ante la urgencia del caso, hoy mismo pondremos en marcha la designación de un sustituto para el tanatorio, pero la acuciante situación y la falta de personal disponible en este momento nos obliga a enviar tan solo a un enfermero que nos sobra. Sabemos que este nombramiento exprés no se ajusta al reglamento,  pues el postulado carece de la titulación necesaria, pero hemos solucionado el problema modificando,  excepcionalmente y con carácter transitorio, algunos artículos de las ordenanzas, de manera que, si bien no podrá utilizar el desfibrilador por normativa inquebrantable, la dirección ha decidido que, el ya mencionado enfermero, acerque un mechero encendido al dedo gordo de uno de los pies del enfermo de turno-cualquiera de los dos servirá- y si el  premortem reacciona,  se le devuelve a la UCI. Si no lo hace, directamente al nicho.  No ha sido fácil tomar esta decisión; no la cuestione.

¡Por Dios, terminemos con esto ya! 

 

Esperamos una respuesta acorde y definitiva.

 

Atentamente.

 

 

 

Abnegada enfermera adjunta a la Dirección General:

 

Soy el primer interesado, me juego mucho, en dar solución a este problema.  Les pido paciencia.

 

Ayer se incorporó el nuevo integrante a nuestro equipo y tras provisionarle de su herramienta de trabajo: un mechero Zippo que tenía por casa, y de consensuar con él un método odontológico razonable,   que no provocara  la calcinación completa  del dedo elegido ( tuvimos un problema con los primeros premortem que le llegaron; unos familiares que recogían   a uno de los fallecidos  se quejaron amargamente de que en el tanatorio y alrededores, un desagradable tufillo, “como a pata de pollo socarrada” dijeron, impregnaba el ambiente),  hoy ya podemos decir que su integración se ha completado con éxito,  pues  hemos reducido el tiempo de aplicación de la técnica del mechero a cuatro segundos; ya no arden  los  dedos y el chamusque se disimula con facilidad.  Además es más barato y de similar efectividad  - prácticamente nula- a la del desfibrilador, por lo que podría estudiarse la posibilidad de sustituir un método por otro por simples razones económicas,  por supuesto a favor de la del mechero… Ahí lo dejo…  Cubierta la vacante  me dispongo a investigar. No he recibido contestación de la empresa funeraria y tampoco responden a mis llamadas, por lo que mañana me desplazaré hasta su sede social para solicitar las explicaciones  necesarias,  junto a la correspondiente documentación que las acredite. La mantendré  informada de mis progresos si los hubiera.

Atentamente

 

 

Señor  Director del hospital:

 

No es imprescindible que nos informe sobre hechos o cuestiones superfluas o ajenas  al caso que nos ocupa. Basta con que localice el cadáver de Roberto Tallón –después de veinte días no quiero pensar el estado en el que se encontrará- o en su caso, pruebas documentales  sobre su situación. En una semana vence el plazo legal. Estamos retrasando todo lo posible la participación de órganos superiores en la investigación, pero pasado ese tiempo, la policía judicial tomará el mando de las indagaciones. Eso, para usted, supone el banquillo de los acusados. Para alguno de nosotros  puede significar un expediente disciplinario que podría terminar en un despido. Necesitamos la verdad, pero, sobre todo, necesitamos saber dónde “narices” están  los restos del  doctor  Roberto Tallón: un certificado de enterramiento, o de incineración, o, de ambos. Le recomiendo que no se entretenga.

 

Atentamente.

 

 

Admirada enfermera Jefe Adjunta a la Dirección General.

 

A pesar de que la hora en que le escribo no es la más apropiada y me temo que no leerá este informe hasta mañana, pues seguramente duerme como un angelito o mira algún programa de televisión con que desengrasar sus neuronas tras un duro día de trabajo, he decidido hacerlo ahora porque el futuro se me antoja incierto. No quería dejar pasar ni un minuto para informarle de los resultados que ha deparado  la  investigación de campo que vengo de realizar porque no puedo asegurar que más tarde pueda hacerlo: le informo de que en este mismo momento, en el que redacto estas palabras, acabo de regresar de  la sede social de la empresa Pompas Fúnebres “Te esperamos”. Ni siquiera me he duchado (ruego tomen nota, desde la Dirección General, de este detalle a la hora de evaluar mi entrega y compromiso con la causa). Tengo suerte de que el invierno se esté retrasando,  porque ahora mismo estoy sentado a la mesa con  un calzoncillo sueco como único atavío. Se preguntará, dada la inteligencia que se desprenden  de sus comentarios, la razón por la que no me pongo el habitual albornoz  o algún otro atuendo acorde con la situación, y permanezco prácticamente  desnudo  frente  al teclado y con las canillas avisando de un tirite inminente. Entenderá los motivos enseguida:

 

La funeraria está situada en una de las naves de un polígono industrial en las afueras de la ciudad.  Una vez en el desangelado lugar,  me dirigí a la puerta principal  pero estaba cerrada. Hubiera tocado el timbre,  pero como no lo había, bordeé el edificio y  me encaminé hacia el  portalón adyacente por el que, supuse,  entraban y salían los vehículos que transportaban los cadáveres desde el hospital,  para ser “gestionados” antes de abandonar este mundo de manera definitiva; también estaba cerrada. Ya me volvía cuando vi que de la  primera puerta  salía un hombre que,  por su aspecto,  me pareció un oficinista que terminaba su jornada y se iba a comer o a dormir.   Abandonaba el lugar destemplado mientras terminaba de colocarse la americana.  A vuela pluma le pregunté por el gerente de la empresa pero no me hizo ni caso; diríase que andaba malhumorado y con ganas de alejarse de allí sin perder el tiempo en tonterías. Al percatarme de que la puerta no se había terminado de cerrar, aproveché para entrar.  Era una sala de espera; bastante amplia, con tres sillas y algunas lámparas que dirigían su luz hacia dos ataúdes abiertos pero, afortunadamente, vacíos; una a cada lado de la habitación;  con un cartelito  en el que aparecía inscrito el precio y las características del producto.   Reconozco que al principio me asusté,  pues a pesar de que sabía que me encontraba en una funeraria,  enfrentarse  a dos cajas de muerto, de repente, así, solo,  sin avisar, acongoja  a cualquiera - solicito de usted su más alta dosis de comprensión-.   Superada la primera impresión, decidí esperar a que me atendieran mientras ojeaba  la etiqueta  de uno de los ataúdes, el más caro por cierto.  En él incluso se ofrecía la posibilidad  de incorporar  en el interior de la caja, junto al finado,  por un sustancioso incremento en el precio, un refrigerio compuesto por un bocadillo de calamares en salsa americana, un sifón multivitamínico y una manzana.  Supongo   que será  por si al finado le diera por resucitar con hambre  a mitad de trayecto, o si por casualidad, llegado  al otro mundo, tuviera con que reconstituirse antes de carearse con San Pedro, que como bien sabe, es el responsable encargado de recibir y hacer la primera criba de  aspirantes a la vida eterna y feliz en Suecia. Lo cierto es que, al observar con detenimiento lo mullido del acolchado de los ataúdes  y los extraordinarios  complementos que les incorporan, por un instante, me entraron ganas de morirme una temporada.  Se preguntará el motivo de la ubicación de Suecia en el primer lugar de la lista de mis preferencias tras pasar “a mejor vida”. Le explico: son los suecos, sin duda, el pico más alto de la cadena evolutiva, a pesar del exceso de pecas en la cara y en el resto de su cuerpo, su manía de añadirle coles y nabos a cualquier guiso o sus rocambolescas  aficiones musicales…  Son nimiedades. Le diré, desde el aprecio que empiezo a sentir por usted,  que siempre he creído que el lugar en el que los hombres buenos pasarán la eternidad será un sitio igual o parecido a este país; vienen a darme la razón los altos estándares  en su calidad de vida actual, su elevado índice de felicidad y el extraordinario tamaño de sus habitantes. Es el lugar, además, en el que, quien suscribe, pasó varios años de su juventud creciendo física e intelectualmente, años transcendentales en la consecución de mi personalidad… Intentaré no andarme por las ramas con cuestiones que no vienen al caso,  con asuntos que pertenecen a la intimidad de las personas. Quizás en otro momento.  Dije  un “hola”  susurrante, modesto, familiar, por no ser recibido como un intruso.  Esperé respuesta pero no la hubo. Me dirigí a la puerta acristalada que debía dar entrada a la zona administrativa de la empresa: estaba abierta. Recorrí  un  prolongado pasillo jalonado por ventanas y puertas; todas cerradas.  La única que cedió fue la última. Mientras canturreaba “holas” periódicamente, ya en un tono dulce, casi romántico,  accedí a la zona en la que debía gestarse el día a día de la actividad empresarial propiamente dicha;  una deshabitada, espaciosa y poco iluminada nave de uso industrial.  El flambear  de una gran y ardiente caldera que, elucubré, servía para incinerar  los cadáveres  que  les íbamos enviando desde el tanatorio del hospital, era lo único que rompía la quietud del lugar.  Una vez frente al horno crematorio y  tras extasiarme brevemente, fascinado por el siempre mágico resplandor de las llamas,  despertó mi curiosidad  una  gran bañera  pegada a uno de sus laterales; era como  un jacuzzi para tres o cuatro usuarios,  colmado de una áurea masa luminosa y espesa que parecía  orina con altos niveles de leucocitos a juzgar por su brillo. Ni le vi utilidad, ni le di mayor importancia-quizá debí hacerlo- pues sudaba como un obrero de la construcción en agosto y sin vacaciones;  el ardor que desprendía el “asador” comenzaba  a ser  insoportable -entenderá que no estoy acostumbrado, los únicos sudores que me toca vivir son los que me provocan los partidos de kubb en los que participo con la gente de la embajada sueca.  Además, solo soy un científico- le digo esto para que no crea que soy un cobarde -.

 

Cuando  la diaforesis  empezaba a provocarme  los primeros síntomas de la migraña del trigémino que periódicamente me visita, y los mareos sintomáticos de una  caída vertiginosa  en mi tensión arterial,  un estruendo metálico me la  subió hasta las  nubes y me liberó del dolor nervioso en un segundo radical;  era el portalón que se abría  y  un furgón negro  que entraba en la nave.  Accedió de culo - le pido disculpas, estimada enfermera Jefe, por el uso del vocablo “culo” para referirme a la parte trasera de la furgoneta,  pero no he encontrado un sustitutivo más amable  que explicara la maniobra; no me lo tenga en cuenta, soy un hombre educado que no tiene nada contra los eufemismos-.

 

Aún ahora no alcanzo a entender la razón por la que en ese momento  me dominó  el pánico, me asusté; quizá  fue lo maléfico del entorno, el estrépito de la puerta, el calor infernal o el miedo a ser descubierto y detenido por allanamiento de morada, pero lo cierto es que, al tratar de esconderme,  tuve un espasmo y perdí el equilibrio;  mis pies trastabillaron y fui a caer dentro del extraño jacuzzi en una pirueta tan involuntaria como inexplicable en una persona con tan buena forma física como yo. Durante esos pocos segundos en los que planeé por el aire antes de zozobrar en el caldo  tuve un ataque nigromántico “Quizá hierva o sea corrosivo ¡Adiós mundo cruel!”, me dije entre angustiado y expectante ante las consecuencias del chapuzón. De verdad le digo que todos los acontecimientos de mi vida, hasta los más intrascendentes, se pasearon  por mi cabeza en esos minutísimos instantes y llegué a creer que allí,  terminaba definitivamente  mi existencia terrenal y mi comenzaba mi último y definitivo viaje a Suecia.

Pero no, no ha sido así. Estoy vivo y coleando, y de qué manera. No lo va a creer estimada enfermera Jefe, de la misma forma que yo no podía creer lo que comencé a sentir;  aquel cabalístico mejunje que me embadurnó de pies a cabeza es el elixir más fantástico, la pócima más seductora, la borrachera más embriagadora  que mi cuerpo ha podido experimentar jamás. La mezcla de sensaciones iba desde un hormigueo celestial en cada poro de mi piel, hasta  el éxtasis  en cada parte de mi cuerpo, en cada lugar; en las manos, en la cabeza, en el pubis; en la espalda; en la cara; en el ano…  Y todo simultáneamente, enfermera Jefe, todo a la vez.  Solo puedo asegurarle que no es posible que nada en la tierra pueda ser tan placentero; ni siquiera mi estancia en Suecia, en la que pude satisfacer todas mis curiosidades erógenas entre aquellas extensas señoras rubias que se pirraban por el estudiante canijo y moreno que era yo entonces, se acerca, ni de lejos, a la voluptuosidad que he sentido en esa ablución azafranada que le cuento.  A la par que lo disfrutaba, me preguntaba que sería aquel fluido mágico que me cubría; lo que es seguro es que era una golosina solo para dioses, pero imposible de relacionar con algo conocido, acertar a decir si era tibio, caliente o frío, sólido o espeso, tal vez gaseoso…

 

Quería permanecer completamente sumergido  en aquella piscina hasta el final de mis días, costara lo que costara, disfrutando de ese placer increíble que me deleitaba desde las entrañas,  pero debía llevar a cabo la misión encomendada por usted, así que  asomé la cabeza ligeramente para ver, a unos metros de distancia, a dos hombres: uno era el tipo maleducado y rabión con el que me había cruzado al llegar;  el otro, un operario  grandote, feo como un demonio y con cara de pocas luces, pero de un aspecto más que saludable;  de hecho masticaba con soltura  los últimos bocados de un piscolabis  mientras trajinaba . Habían aparcado el furgón a escasos metros de la boca del horno. En una camilla reposaba lo que a todas luces parecía un cadáver. Estaba claro: iban a incinerarlo. Hasta ese momento todo parecía explicable. Lo sorprendente fue observar como, mientras el que parecía el jefe supervisaba la operación, el subalterno dirigía la jeringa más grande que he visto en toda mi vida  hacia el pecho del fiambre y le inyectaba, poco a poco, al menos tres litros de un líquido grumoso de color verde,  desconocido para mí. Puede imaginar mi perplejidad ante lo que estaba viendo; si el muerto estaba bien muerto e iba a ser incinerado ¿qué sentido tenía medicarle? Coincidiremos, estimada enfermera Jefe, que ninguno. Y menos con un utensilio de un tamaño más indicado para inseminar hembras de elefante que para tratar a seres humanos. No quedó ahí el asunto: cuando el “morlaco” terminó la inoculación embocó el cadáver, que por segundos se iba hinchando, y poco antes de que reventara, lo introdujo en el crematorio, que chispeó alegremente al recibir la metralla. Al poco, mientras los hombres recogían la camilla y la metían de nuevo en la furgoneta, noté sobre mi cabeza un chorreo que se derramaba de un tubo - del que no me había percatado hasta ese momento- de la misma maravillosa sustancia que me bañaba;  provenía del horno y había comenzado instantes después de la calcinación del cadáver inyectado.

 

Muy a mi pesar, decidí salir y tratar de aclarar el asunto. Alguna explicación habría al extraño comportamiento de estas personas y a sus consecuencias, pero, sobre todo, creí que había llegado el momento de reclamar el certificado legal del proceso de incineración del cuerpo del doctor Roberto Tallón;  razón esencial por la que me encontraba allí. Me puse en pie y dije modestamente “hola, soy el Director, he venido a recoger un certificado”. Se quedaron petrificados  por la estupefacción  que les provocó mi repentina aparición;  les debí parecer un espectro o un alienígena  pues sus reacciones fueron dramáticas;  el más grandote se llevó la mano al pecho, lo estrujó, se le puso cara de estreñimiento y calló redondo;  tras un par de pataleos y algunos gargarismos, murió; infartado o atragantado, tanto monta... Los médicos no siempre acertamos: parecía rebosar salud. El otro, seguramente con mejores parámetros hemolíticos y sin nada en la tráquea que le ahogara, me miró con ojos derrotados, desvió la vista hacia el cadáver del bracero, contrajo el gesto como si no entendiera lo que estaba pasando, aflojó el nudo de su corbata, se tapó la cara con sus manos, echó las rodillas al suelo  y empezó a llorar… ver para creer, estimada enfermera Jefe… ver para creer.

 

Mi reacción ante las circunstancias a las que me enfrentaba debiera haber sido cualquiera, excepto la que fue. Lo sé. Lo achaco a los efectos colaterales de la sustancia que embadurnaba todo mi ser y que trastornaron mi voluntad, pero lo cierto es que salí del arca, me dirigí hacia el sufrido caballero y le abracé. Sí, le abracé. Increíble. Los efectos secundarios del brebaje habían despertado en mí un estado de empatía emocional involuntaria e incontrolable que me obligaban a besarle. Y lo hice repetidamente, sí; en la mejilla, en la frente, en la cabeza, en las orejas... Cuando me disponía a hacerlo en la boca se apartó de mí y me dijo “está bien, está bien, le entregaré el certificado que usted quiera y le contaré todo, se lo juro”.  Abrumado por mis empujes cariñosos me llevó a su despacho,  pues resultó ser el gerente de la empresa, me entregó el certificado del proceso de cremación de Roberto Tallón- que adjunto en este informe- mientras yo trataba de seducirle, lamiéndole, uno a uno los dedos de una de sus manos. Que quede claro, quiero ser tajante en eso, que yo de homosexual no tengo nada, de ello pueden dar fe decenas de mujeres suecas a las que en su momento hice el amor con resultados más que razonables.  El gerente, aburrido, se dejaba chupar pacientemente mientras me contaba pesaroso que, casualmente, tras una incineración rutinaria, habían observado en el horno, restos de la misma sustancia extraña con la que yo había tenido contacto; comprobaron los efectos extraordinarios que provocaba en las personas con tan solo rozarla y se pusieron a investigar la causa. Parece ser que el último cadáver que pasó por el crematorio y que les proporcionó la primera y casual producción, fue el de una mujer que había fallecido por un excesivo consumo de artemisa. Resultó que esta señora vivía obsesionada con las bondades salutíferas de esta planta y la ingería constantemente; en desayuno, almuerzo y cena. Hasta que le pasó factura y murió por el exceso. El gerente y su secuaz decidieron inocular en los siguientes cadáveres que llegaban a su empresa una buena dosis del extracto de la artemisa que adquirieron en distintas asociaciones de plantas medicinales. Tras varios errores de ajuste, que se tradujeron en algunos “reventones” (errores propios de cualquier estudio científico),  acondicionaron la maquinaría para almacenar el residuo, listo para ser envasado. Había podido ver algunos bidones a rebosar  cerca de la bañera.  Uno de esos cadáveres, estimada enfermera jefe, era el del Doctor Roberto Tallón. Así de duro. Quiero pensar que no fue uno de los que explotó en los entrenamientos.

 

Parece que la intención del funerario es convertirla en el ingrediente principal de una nueva marca de cosmética y limpieza- no me extraña- y ponerla en el mercado para hacer dinero. Imagínese si este “lo que sea” lo incorporan a los detergentes, geles, lubricantes…: el mundo se transformaría en un lugar en el que la gente sería feliz y dejaría de hacerse daño a sí mismos y a los demás,  para entregarse a la gratificante labor de mimetizar indiscriminadamente con sus congéneres  y regalarse carantoñas y arrumacos como buenos hermanos, amantes libertinos o lo que sea. En fin, da el asunto para pensar,  estimada enfermera jefe.  

 

Lo fundamental es que hemos solucionado  el  asunto del certificado de la incineración del cuerpo del Doctor Tallón que era lo importante,  ahora estoy preocupado, por dos razones no menos relevantes-le cuento, tenga paciencia-: la primera es que, en el desvarío solidario del que era preso, antes de irme, ayudé al gerente a calcinar al exánime operario no sin antes inyectarle una buena dosis de extracto de artemisa-algo ilegal, creo-, y la segunda es que, en este momento, frente al teclado y mientras le escribo, soy víctima de un ataque de priapismo  que no soy incapaz de controlar por muchos intentos que hago; he probado con agua caliente, estrangulamiento con hilo dental, paños fríos  y,  por último, asestando golpes violentos en el prepucio con una cuchara de madera que encontré en la cocina de mi casa y que ha terminado por quebrarse sin cumplir su cometido. De momento,  no hay forma humana de disminuir esta desconocida protuberancia que emerge de mi entrepierna. Lo que en otro momento hubiera sido motivo de satisfacción y orgullo, en éste, se ha convertido en un suplicio insoportable para el que no encuentro solución. Esta es la razón por la que no puedo vestirme; cualquier roce en la parte afectada, por nimio que sea, hace que vea las estrellas por el dolor.  Presentarme en el servicio de urgencias de esta forma, lo reconozco, me  avergüenza, ya que sería el hazmerreír del personal sanitario y víctima de burlas y cuchufletas que, como Director, no me puedo permitir.  Solo la típica abertura delantera de los calzones suecos me permite algo de tranquilidad siempre que sea precavido con los golpes en las esquinas, salientes o  la puerta de la nevera, con la que ya he tenido una experiencia muy, pero que muy  amarga,  que no detallaré porque solo recordarla hace que me salten lágrimas de angustia. Tampoco puedo ponerme una camiseta pues, aunque menos intensa, sufro una hipersensibilidad parecida en los pezones, sobre todo en el izquierdo, que además de tomar un color amoratado que da miedo, han adquirido el tamaño de una morcilla burgalesa.

 

No puedo seguir escribiendo, para colmo,   empiezo a sufrir otro inesperado efecto secundario que parece venir con retraso: orgasmos intermitentes e involuntarios que, además de dejarme vacío, me van a volver loco. Me miro en el espejo y veo la cara de Míster Bean, e instantes después de la emisión seminal,  la de Forrest Gump. Y así cada treinta segundos. Es insoportable.  A ver como salgo de esta. Espero sus sugerencias, si las hubiera.  

 

Atentamente.

 

 

Señor Director del hospital

 

No se preocupe por la hora;  el asunto merece dedicación completa y con cinco o seis horas de sueño estoy servida.  Hay que ver en qué compromisos me pone usted,  Director.  No es fácil describir la situación emocional en la que me encuentro: de una parte recibo con satisfacción el certificado que nos faltaba para dar carpetazo al asunto.  De otra, las circunstancias que me cuenta me han sepultado en un mar de incertidumbre y de extrañas sensaciones que no sé identificar con claridad. Vamos, que no tengo claro si, tras leerle, estoy preocupada por su salud,  deslumbrada por ese extraordinario descubrimiento relacionado con la artemisa, inquieta por las consecuencias legales que para la Dirección General se pudieran derivar de su actitud en la funeraria  o caliente como una perra en celo al imaginar ese trasto desmesurado que reluce como un pincel en su entrepierna. No sé qué es lo que debo hacer, qué dirección tomar; llamar a la policía para denunciar los actos delictivos que se están cometiendo en esa funeraria; ponerme en contacto con el Director Provincial para que tome cartas en el asunto; llamar a una ambulancia para que le atiendan enseguida o desplazarme hasta su domicilio y clavarme ese mástil hasta que me salga por la garganta.

 

No le voy a engañar, estoy un poco alterada.

 

Atentamente

 

 

Estimada enfermera Jefe

 

Escribo a trompicones en el breve espacio de tiempo que me dejan una eyaculación y la siguiente,  por lo que, el vocablo “alterada” sería un adjetivo de semántica endeble  para definir mi situación tanto emocional,  como física de este momento. A nadie le deseo lo que yo estoy pasando. Haré lo que buenamente pueda, estimada enfermera jefe.

 

Como ya le comentaba anteriormente, no me seduce la idea de presentarme en Urgencias con esta facha, no es serio, además mi prestigio caería por tierra hasta el punto que sería prácticamente imposible  recuperarlo. Hay muchas envidias en un hospital, usted lo sabe, personas que aplaudirían rabiosamente  mi destitución que, por una simple razón de estética llevaría a cabo la Dirección Provincial  si llegara a sus oídos. ¿Se imagina? “ayer el Director ingresó en Urgencias con el rabo entre las piernas” o chascarrillos del tipo “Tallón, a qué no sabes a quien han puesto mote…a la punta de tu cipote”  ¿Quién respeta  a un jefe que se presenta en el trabajo desnudo, con los pezones  de un orangután y  un pene erecto que mide más de cincuenta centímetros? Que la gente es muy mala;  sé de algunos que están deseando mi puesto y que aprovecharían esta lamentable circunstancia para medrar. No iré al hospital estimada enfermera Jefe.

 

Tampoco me parece que acudir a la policía para denunciar al gerente de la funeraria sea una solución, por el contrario creo que es escasamente conveniente; he  sido cooperador involuntario  de la actividad de esta gente – ningún juez me creería si le dijera que lo que hice,  lo hice bajo la influencia de un extraño compuesto del que nadie tiene conocimiento- y quién sabe si no soy  cómplice de homicidio, sin premeditación, cierto, pero homicidio al fin y al cabo,  en la persona del trabajador de la funeraria que falleció del susto al verme.  Esta hipótesis también me llevaría al despido y podría ser que a la cárcel. Por otra parte, estos señores, realmente, no hacen daño a nadie; los cadáveres que utilizan son de gente muerta, muy muerta, y si atendemos al daño que el mejunje pudiera provocar en quien entrara en contacto con él, no debiera ser tan dramático como en mi caso,  pues los efectos secundarios que sufro se corresponden más con las altas dosis de potingue que embadurnaron  enteramente  mi cuerpo durante varios minutos,  que a la idiosincrasia del mismo. Soy un científico, mi deber es tener amplitud de mente, y esto es un gran invento, se lo aseguro.

 

Entre las alternativas que propone como solución a este extraño caso, con la que más me identifico es  aquella a la que usted se refiere de la siguiente manera: “clavarme ese mástil hasta que me salga por la garganta”.  Es usted mi superiora y me falta valor e insensatez para faltar al escalafón, por lo que  responderé  utilizando una máxima que la afamada escuela conductista sueca proclamó, en los ochenta, para explicar una corriente de pensamiento muy extendida en el país  que definía al amor libre como la alternativa vital que mayores  cotas de felicidad proporciona  a los seres humanos educados: “solo lo inmediato merece nuestro entusiasmo” decían los pensadores suecos. Dejo a su contrastada capacidad intelectual la interpretación de estas palabras y la relación que puedan  tener con las suyas. Aunque, sobre todo, ahora mismo estoy preocupado estimada enfermera jefe: como seguramente sabrá   -dado que por algo es usted quien es en la Dirección Provincial- en los momentos de crisis, uno nunca lucha contra un enemigo externo sino contra su propio cuerpo. Pues bien, ahora,  la posibilidad de que esta exagerada protuberancia pueda explotar en cualquier momento, su asombrosa rigidez  y firmeza,  y su persistencia en ser fuente intermitente –que en mi opinión ya solo es agua lo que expulsa- me tienen en un estado de agitación, inquietud y zozobra de ánimo para el que no encuentro salida.   Lo único que se me ocurre es acostarme sobre un cubo con hielo y meter este exceso de la naturaleza dentro. Y a esperar. Tengo algunos cubos en casa, de esos que regalan en algunos bares al comprar seis cervezas de una tacada.

 

Espero sus noticias.

 

Atentamente.

 

 

Señor Director del hospital

 

Encargaré a los servicios de mantenimiento dar un repaso a la climatización de este edificio,  porque  me parece que el termostato de la máquina  se ha vuelto loco y no deja de producir calor, en tan gran cantidad que  no veo la hora  que me encuentre frente a ese hermoso “candelabro” que usted tiene entre las piernas para introducirlo en alguno de los orificios que mi cuerpo de “pornostar” tiene  reservados para él. Soy una loba, imaginar su Príapo  me ha convertido en  una Bacante que solo desea ser destrozada por él, mi Sátiro… Me pierdo… No.

 

Discúlpeme, discúlpeme,  ya le digo que estoy un poco alterada.  Será este calor insoportable. Vayamos al grano.

 

Tengo en mi mesa el certificado que nos faltaba para completar el informe. En el momento que esté terminado lo remitiré a los órganos. ¿He dicho órganos? ..., discúlpeme,  quería decir  al departamento correspondiente… Otro lapsus.  Decía que, con mi firma,  terminaremos  este asunto y no quedarán impedimentos que puedan hacer más dura… ¿He dicho “dura”?... difícil, quería decir difícil;  su situación actual, más difícil.  

 

Espero que, con el hielo, encuentre alivio a su dolencia. Si esto no funcionara, debería de plantearse la búsqueda de un antídoto; por muy satisfactorios que hayan sido los efectos primarios, desconocemos los secundarios. Lo digo por su bien, que si por el mío fuera, le ataría en mi cama para poder bañarme en su leche, como Cleopatra.

 

Que difícil está siendo esto: creo que mi cabeza ha entrado en estado entrópico y no reconoce con claridad la rectitud en sus conexiones; lamento mi descaro al compararle  con una burra.

 

No digo más, o me pierdo. Téngame ensartada… perdón, perdón…informada.

 

 

Atentamente

 

 

 

 

Estimada enfermera jefe.

 

Ayer, al terminar de escribir la última  comunicación me sentí solo  -bueno, ya sabe que mI única compañía es lo que usted bien sabe,  eso que no nombraré para no sembrar cizaña en la repentina, y fugaz,  sin duda,   fragilidad emocional  que se desprenden de sus palabras-.  Desvalido e inerme frente a una dolencia desconocida. Curarme espontáneamente, aunque posible, lo contemplé como una posibilidad en la que no debía depositar mis esperanzas,  pues también podría empeorar espontáneamente. No era el momento de pensar. Soy un hombre intrépido, no podía quedarme parado, esperando no ser atropellado por un futuro inequívocamente inhóspito;  decidí seguir su consejo y buscar un antídoto.

 

 Cuando, seminalmente hablando,  mi cuerpo se vació, desaparecieron las crisis de placer extremo, afortunadamente. Pero, por el contrario, la hinchazón inguinal- a la que podemos llamar Carlos por evitar a su subconsciente un desdoblamiento imaginativo innecesario, - adquirió un tono de madurez, de potencialidad intrínseca, que me provocó miedo, miedo a  que aquello se convirtiera en crónico o, todavía peor, que aumentara su tamaño.  Tenía que hacer algo. Estaba amaneciendo, era el momento de volver al único sitio en el que podría encontrar el remedio, si lo hubiera. Me dirigí  a la  funeraria.

 

 

Para mi sorpresa,  la puerta principal se abrió con solo empujar. Me preguntaba qué habría sido del gerente, lo cierto es que, en la anterior visita al lugar, una vez conseguida la documentación, lo abandoné muy rápido, deseoso como estaba de repartir amor indiscriminadamente.

 

Había poca luz en la antesala, los dos ataúdes continuaban allí. En uno de ellos, en el de alta gama, por cierto, resollaba  a pierna suelta el gerente. “Un hombre con pocos prejuicios, seguramente de ascendencia sueca” me dije sin contumacia, pues pronto deseché la comparativa  al observar su modesto tamaño;  ni el traje de chaqueta ni la corbata dignificaban su  recogido aspecto de español común.  No le quería despertar, el hombre respiraba paz, parecía un niño.   No fue necesario, los primeros rayos de sol que entraban por una ventana se clavaron en su cara y le fueron despertando poco a poco.  Se frotó los ojos; abrió la boca hasta casi partirse las mejillas; se estiró  y,  al percatarse de mi sorpresiva presencia,  dio un alarido nervioso -más bien un gritito afeminado-  y, de un salto, se plantó frente a mí. “Déjeme en paz, ayer le conté todo lo que sabía y le di el certificado, déjeme tranquilo, y por favor no intente chuparme nada esta vez”,  dijo. Con movimientos eléctricos  intentó esquivarme para alcanzar la puerta más cercana y huir.  Yo se lo impedía  haciendo redil y aspavientos con brazos y piernas, con tan poca fortuna que la gabardina  que tapaba mis vergüenzas –única prenda que encontré  que se adaptara a la situación, pues era tres tallas por encima de la mía- se abrió completamente  y el cinturón con el que había adherido a Carlos a mi abdomen  también.  Carlos fue a caer en una de las manos del gerente, que,  impresionado por lo extraordinario de lo que estaba viviendo y asombrado por el tamaño, la densidad y firmeza  de Carlos,  lo soltó como si le ardiera. Me tapé como pude mientras explicaba al gerente –que me miraba como quien mira a una babosa por primera vez- que lo que me ocurría era un efecto secundario del baño que sufrí en el líquido proverbial que fabricaban en su funeraria, que había venido en busca de ayuda, de un antídoto.  El director se quedó rígido y relajó el semblante. De repente estaba tranquilo, alternaba la dirección de sus miradas  entre mi cara y Carlos, como si tratara de procesar el significante  de las imágenes que entraban por sus ojos. “Perfecto”,  pensé, se ha tranquilizado, lo entenderá y podremos  hablar y llegar a una entente. Pero no, lo que me pareció un retorno a la normalidad,  era una triquiñuela para despistarme y desaparecer. Fue “visto y no visto”. Traspasó la primera puerta y corrió a través del pasillo hacia la segunda; la que daba entrada al crematorio. Le seguí a trompicones mientras terminaba de encajar la hebilla del cinturón  y con él, a Carlos en mi barriga. Al verle correr hacia el horno candente me asusté; creí que iba a suicidarse atribulado de remordimientos por sus fechorías, pero  lo que hizo fue lanzarse “en plancha” a la bañera rebosante del  magistral elixir. En pocos segundos pude observar su semblante  henchido de satisfacción, como si “fuese hasta las cejas” de paroxítona,   y que,  supuse, sería semejante al que yo debía tener en aquellos irrepetibles momentos que también pude disfrutar unas horas antes.  Le envidié.   Solazándose  en el caldo milagroso,  alternaba chapoteos cuasi infantiles con estentóreas  soflamas al viento que decían: “quiero una igual, quiero una igual…”.

 

Yo ya sabía -lo había vivido- de la magnitud de las sensaciones que vivía el gerente en ese momento. Y créame que escapan a la cuántica. Me sentí como su hermano de leche, al fin y al cabo éramos las dos únicas personas del universo que habíamos pasado por esa  experiencia. Pero por idéntica razón, también sabía qué es lo que ocurriría cuando dejara de retozar en el caldo y saliera de la bañera: una necesidad extrema de compartir el amor. Miré a mí alrededor, no vi a nadie, estábamos solos, él y yo, y Carlos. Creo que la idea de la posibilidad me mareó.

 

Traté de huir, pero tomé demasiado tarde la decisión de hacerlo. Se lanzó sobre mí como un sabueso hambriento ante un jugoso lomo de ternera deshuesado. Caímos al suelo y empezamos un forcejeo; yo para protegerme de su empeño por lamerme la cara y él, por tener éxito en el intento. Si no tomaba medidas urgentes,  terminaría por deshonrarme –unas horas antes,  yo lo hubiera hecho con él si no hubiera encontrado tanto gusto en su dedo índice- . Lo caótico de nuestros meneos por el piso, dejó, de nuevo, a Carlos, rígido y fuerte como un rail de tren, en libertad  -Si la situación continuaba así, debería de ir pensando en cambiar de táctica: el cinturón ya no resultaba eficaz; a la menor oportunidad cedía la hebilla y Carlos se escurría como un niño desobediente-.  Pero el instinto de conservación, sobre todo el relativo a mi pureza nefanda, me gratificó –por interés propio- con una  revelación estratégica –basada en el teorema acción-reacción-  de la que Carlos sería protagonista y que pasé a poner en práctica sin pensar: lo agarré  con fuerza desde la base y lo bateé sobre la cabeza del gerente de la funeraria. Por esas cosas del destino y la fortuna  acerté de lleno, quedando, el pobre hombre, inconsciente junto a mí. Al mirarle de cerca decidí que pagaría cualquier cifra a mi alcance por saber cuáles eran sus pensamientos en ese momento, pues su semblante quedó  idéntico al de un chimpancé haciendo siesta tras un atracón de bananas.  Sí, querida enfermera jefe, así de extraordinarios son los efectos de este elixir. Pero, apoyándome en todo lo vivido,  concluí que lo mejor para todos era inmovilizarlo. Tras comprobar que su corazón latía a buen ritmo, le até las muñecas a la espalda y uní sus pies, por los tobillos, con unas cuerdas que encontré y que también sirvieron para garantizar definitivamente la reclusión de Carlos junto a mi ombligo, después  le amordacé.

 

Ahora le escribo desde la oficina de la funeraria. No me he ido, estimada enfermera jefe; si he de encontrar una solución a esto, será aquí, o no será: buscaré en el edificio alguna pista que me ayude a descubrir el antídoto. El gerente de la funeraria está aquí, en la oficina, junto a mí,  por el piso, bien atado.  Trata de intimar con un perchero de pie que ha conseguido tirar al suelo, como premio de consolación ante mi negativa, en forma de repetidos puntapiés, a sus intentos por frotar su cuerpo al mío.  Sí que le indico, para mi satisfacción, que el tamaño de Carlos ha disminuido unos diez centímetros. Lo acabo de medir.  Se mantiene sólido y brillante como un diamante   –entendiendo “diamante” no en el concepto de “piedra preciosa”, sino en el de “carbono cristalizado”;  puntualizo por no provocar a sus hormonas, porque  yo, a estas alturas, estoy curado de vanidades-.  Podría ser el inicio de una regresión del proceso infeccioso  o una consecuencia pasajera de los arrebatos que acabo de sufrir en el forcejeo...

 

La mantendré informada.

 

 

Señor Director del hospital

 

Me he hecho una idea bastante aproximada de su situación. Y muy detallada. Gracias, pero déjese de bobadas: no existe tal remedio. Si lo hubiera, lo sabría el gerente de la funeraria. Él no tenía la menor idea de los efectos secundarios que esa pócima provoca en quien la consume en altas  cantidades.  ¿No recuerda su estupefacción  cuando le mostró por primera vez ese milagroso mástil de oro  que tiene entre sus piernas?  Ha sido el primer sorprendido. No puede existir un antídoto para un veneno del que nada se sabe.

 

Creo que debería  volver a casa, puede que vayamos justos de tiempo. Sobre todo, después de saber que la longitud de ese cuerno, ese que terminará por conseguir que me explote la vulva, ha disminuido. Regrese a su casa, la silla sobre la que estoy sentada está mojada…muy mojada. No me contradiga o le empaqueto una desgracia tras otra durante los próximos cinco años de su vida. Soy su superiora. Puedo hacerlo si se empeña en contradecirme.  Yo no tardaré más de veinte minutos en llegar al portal de su domicilio: lo que voy a hacer con Carlos quedará impreso en la memoria histórica de la humanidad como un hito insuperable. Y no se preocupe, llevaré formol y vaselina por si me da por experimentar.

 

Se lo aseguro: estoy desbocada.

 

Atentamente.

 

 

Estimada enfermera jefe

 

Tengo muchas novedades que contarle: como le dije, me he quedado para investigar. No me andaré por las ramas en lo relativo a la sucesión de hechos y  aparcaré  los “delicados” comentarios que su explosión romántica ha verbalizado con tanta vehemencia  hasta poder dedicarles el tiempo que merecen.  Lo primero ha sido husmear en el archivador que hay en la oficina, con la esperanza de encontrar algún tipo de documento que me proporcionara indicios sobre la composición de la pócima, o algún estudio epidemiológico;  algo. Pero nada, ninguna información de corte científico, solo albaranes, facturas y cientos de certificados de defunción. Como la contabilidad de la funeraria  no me interesaba, nada encontré que me ayudara.  

 

Cuando desistí de buscar  y pensaba en volver a casa, unos sonidos extraños,  que parecían venir del exterior, llamaron mí atención. Miré la cabeza de Carlos a través del escote de la gabardina: rebosaba salubridad y estaba bien sujeto; no escaparía fácilmente. De hecho, dediqué un instante a observarle. Le había cogido cariño a su forma de sonreir, tan risueña... Salí de la oficina hacia el crematorio, no sin antes asegurarme de que el gerente de la funeraria permanecía bien amarrado al perchero;  de esta forma, además de incentivar esa incipiente amistad- derivada en efervescente pasión a juzgar por los arrumacos que se prodigaban-, conseguía mantenerlo entretenido, alejado y, por lo tanto, con mis zapatos fuera del alcance de su lengua. A nadie vi en la nave, el fuego ardía- que es lo que suelen hacer todos los fuegos-, todo seguía igual. Quizás el ruido había sido producto de mi imaginación, consecuencia de un nuevo efecto secundario del elixir. Quise salir al exterior del edificio por asegurarme de que no estaba sufriendo alucinaciones acústicas,  y,  al hacerlo, me encontré de bruces con un camión, conducido por un hombretón de pelo en pecho que se me presentó, tras embocar la caja del vehículo a la puerta de la nave, como un trabajador de una empresa de reparto que venía a traer una mercancía y a llevarse otra. Como siempre, dijo.    

 

Me quedé frio durante un momento, que él aprovechó para preguntarme si era yo quien le atendería o debía esperar a la persona que solía hacerlo. Le dije que yo  lo haría. Sin dudar. Quiero decirle estimada enfermera jefe, que en aquel momento tuve una revelación: estaba a un tris de descubrir qué era lo que realmente tramaban en aquella funeraria.

 

Y así fue: el repartidor traía unas cajas, más de veinte, repletas de productos de higiene personal, desde jabones de baño a cremas corporales, o espumas de afeitar, sales…Unas cuantas cajas de cada producto que fue colocando ordenadamente en el interior de la nave. Cuando terminó cargó todos los bidones, unos doce,  que había a unos metros del crematorio, junto a la bañera: puede usted imaginar lo que contenían, sin embargo,  en la etiqueta aparecía la inscripción “Aceite de oliva virgen chamuscado destinado a cosmética y otros usos externos”.

 

Me dejó dos albaranes, uno con la entrada y otro con la salida de mercancías. Pero lo primero que hice,  fue leer la etiqueta de los productos que había traído. Como ya imaginaba, en todos ellos aparecía el mismo ingrediente, además de otros: “Aceite de oliva virgen chamuscado destinado a cosmética y otros usos externos”. El gerente de la funeraria lo tenía perfectamente organizado, pensará usted. Pues no, porque descubrí que tanto  en la etiqueta de los cosméticos y jabones como en los albaranes,  aparecía inscrita la denominación de la empresa que los fabricaba y los comercializaba.  ¡Siéntese!. Era la misma: “Indústrias Robertiño Tallín” con sede en Porto Alegre, Brasil. No lo podía creer, como tampoco usted podrá. Volví tan rápido como pude a la oficina,  pues en la etiqueta venía un extenso número de teléfono al que, decidido, pensaba llamar  sin atender al cambio horario ni a cualquier otro contratiempo. Ni siquiera lo hubiera impedido, aunque nadie de los tres participantes puso la menor atención en mí,  el encuentro amoroso que, frente a la mesa, ejecutaban con entusiasmo el perchero, el gerente de la funeraria  y algo parecido a… digamos, un hermano gemelo de Carlos, llamémosle Miguel. El gerente de la funeraria se encontraba, por decirlo de alguna forma, en la fase dos. Pronto se convertiría en una central lechera. Digamos.

 

A la tercera descolgaron, contestó una voz femenina, en portugués, a la que pregunté por el señor Tallín,  de parte de la funeraria “Te esperamos”, desde España. Sonó su voz. Era él.  Estimada enfermera jefe, Roberto Tallón ¡está vivo!

 

Grité, al auricular, su nombre,  jovial como una sevillana en primavera, radiante de felicidad por su resurrección, deseoso de abrazar al amigo recuperado, aunque solo fuera a través de las ondas telefónicas. Y cuando me disponía a preguntarle un millón de cosas dijo: “Los cinco sobres que hay en la caja fuerte de tu despacho no están llenos de billetes de curso legal, son fotocopias. Los verdaderos los necesitaba para empezar. Considéralos el pago por esclavizarme durante diez años en ese agujero inmundo.  Que te den, chau…” y colgó.

 

Estimada enfermera jefe: no utilizaré palabras gruesas, solo le diré que ha fingido su propia muerte, ha inventado un veneno y está dispuesto a distribuirlo indiscriminadamente para enriquecerse;  ha profanado cientos de cadáveres; ha falsificado su propia autopsia  y se ha llevado todo nuestro dinero. Y yo que le creía un amigo. Hay que llamar a la policía.

¿Lo hace usted o lo hago yo?

 

Atentamente

 

 

Señor Director del hospital.

 

Le seré franca. Ha enunciado todos los delitos y faltas que Roberto Tallón ha cometido. Nada pongo en duda,  porque quiero que seamos amigos mientras sea usted poseedor de semejante joya. Pero atendiendo a culpabilidades, usted, señor Director del hospital, tiene un currículo difícilmente superable, ni por Tallón ni por nadie que yo conozca. Hasta el vocablo asesinato aparece en él, que, no lo olvide, se paga con largos años de cárcel. Por no hablar de los acontecimientos en el quirófano, que, de saberse, le condenarían al ostracismo laboral de por vida. O, y me obliga usted a decirlo, de las copias de las solicitudes de traslado que durante los últimos siete años Roberto Tallón le fue  enviando y a las que usted ha hecho caso omiso, y que yo guardo escondidas. Debió destruirlas. Una última puntualización: los cubos no los regalan, hay que devolverlos con las botellas vacías.  Con esto quiero decirle que no es momento de ortodoxias huecas e inútiles, a efectos legales  Roberto Tallón ha fallecido; muerto; “caput”.  He cursado la documentación que así lo acredita a mis superiores. Es irrevocable.  Es el momento de ser heterodoxos por un rato, pero,  sobre todo, es el momento de ser “heteros”… muy “heteroxxx” –no sé si me explico-. No bromee con estas cosas y siga atentamente mis instrucciones: deje todo como estaba y vuelva a casa inmediatamente. No piense,  ni se cuestione la orden que le doy y ni se le ocurra hablar de esto con nadie, nunca. Cuando le pregunten, puede cortar la historia en el tanatorio, omitiendo la parte final  y culminar el relato diciendo:  “Así murió el doctor Roberto Tallón”.  

 

Asunto concluido.

 

 He calculado la distancia y si salimos en este momento,  llegaremos a la par.

 

Le espero en pelotas,  ¡Ah! y tráigase al gerente de la funeraria, dígale que quiero ser su amiguita.

 

Atentamente.

 

Pd: No espero respuesta.

 

 

                                                                        

 

                                                                                     Fin.