Joaquín Otal Cruz

joaquinotalcruz@gmail.com

Relatos de Primera Mano
EISSEMAN

Permitan  que me presente: me llamo Eisseman y, como habrán descubierto en la fonética del nombre,  soy judío.  Espero y deseo, por no perderles el respeto tan pronto, que la perspicacia en el acierto de mi origen étnico no relaje su intelecto y les induzca a pensar que he sido capaz, como judío que soy, de poner en práctica, inventar o siquiera imaginar alguna circunstancia transformadora del mundo como sí hicieron otros. No, ni he formulado  teoría alguna sobre la relatividad, ni soy un neurótico director de cine de fama mundial y,  por supuesto, tampoco he adquirido la capacidad de lanzar bombas sobre un territorio vecino e invadirlo después. Ninguna de estas hazañas, todas buenas, he sido capaz de hacer. Por el contrario, soy un judío inmerso en un devenir vital histriónico, dirigido y constantemente estimulado por la procacidad y el narcisismo, que ha desembocado en un completo abandono de cualquier heteronomía  social y a imbuirme en una suerte de egolatría indolente como irrevocable  estrategia  defensiva  ante las verdades de la vida. Podría decirse que soy un cerdo en el sentido menos bíblico de la palabra, un puerco desvergonzado, cuya única mejora evolutiva  de los últimos meses ha sido el cambio de mis actitudes  postmasturbatorias en lo referente a la higiene y a la relación de ésta con mi holgazanería. Esas rutinas  han pasado del emponzoñamiento de la sábana, costumbre que he mantenido durante años,  hasta que,  debido a lo vomitivo de su aspecto ante los ojos de una mujer anhelante y semidesnuda, acabó, de raíz, con la posibilidad de consumar el único conato de experiencia sexual de toda mi vida, en una cama.  Abrumado por el fracaso y los insultos, después de la sábana pasé al empleo, como receptáculo de los residuos nocturnos, de un depósito de exprimidor de limones en desuso que ocultaba bajo el camastro del cuarto inmundo que habito y que vaciaba en el retrete al día siguiente, para volver a dejarlo, inmaculado, debajo de la cama, pero como la estrategia requería de más concentración de la que estaba dispuesto a entregar a este mundo putrefacto que debiera tener suficiente  con disfrutar del privilegio de albergarme, decidí tirar por “el camino de en medio” y finalizar en lo sucesivo mis alegorías orgiásticas al crecimiento humano con  el vertido libre sobre el suelo,  cuyos restos adecentaba cada ocho días con un limpiador universal que adquirí en el economato  tras algunas reflexiones sobre lo conveniente o no de su utilidad. “Nunca falta un calcetín con que restregar”, me dije para convencerme de lo innecesario de invertir, además, en bayetas o trapos.

Con el fin de que me conozcan bien, les comento que tengo cuarenta y dos años y como en cada ocasión que me miro en el espejo veo el rostro de un hombre  joven y vitalista, he concluido que tengo veintiuno por la mañana y veintiuno por la tarde.  También soy de esos tipos que engullen constantemente repostería industrial –lo que les proporcionará una idea aproximada de mi fisonomía rayana en la perfección a pesar de que en alguna ocasión, como consecuencia de algún ultraje, haya recibido el falso calificativo de “seboso maricón” -,  que mira a la gente, niños incluidos, con desprecio;  sin motivo, por el regusto que da el “joder por joder”.

 Les pongo como ejemplo de mi devenir cotidiano el trivial suceso más reciente que recuerdo:  me encontraba de paseo a la búsqueda de algo que romper – me gustan los retrovisores de los coches que cuelgan inertes tras una buena patada, aunque solo puedo hacerlo en las  noches de insomnio, cuando el reflujo crónico que padezco me impide dormir-  cuando una joven malhumorada solicitó que le prestara un brazo para apoyarse,  pues el tacón de uno de sus zapatos se había encallado en la rejilla de un desagüe. En circunstancias normales hubiera rechazado la oferta contestando “que te den”.  Pero intuí, acertadamente, que podría obtener algún rédito en el asunto, por lo que lo extendí y ella se apoyó hasta sacar el tacón del agujero. El tacón se había partido por lo que se vio obligada a levantar el pie, y con ello la pierna, para intentar adherirlo de nuevo y, ahí, vi la luz; en el momento preciso me aparté súbitamente, ella perdió el contacto con el brazo y se fue al suelo en una caótica trompada que paró con la cabeza. Tuve tiempo de disfrutar del espectáculo mientras aceleraba el paso;  pude observar la sangre que brotaba de su ceja izquierda; escuchar de su boca, dirigido a quien  suscribe,  el vocablo “hijo”,  acompañado por los siguientes “de la gran puta” y sentir la placentera sensación del deber cumplido. Todas, cosas buenas.

 

No tengo alternativa: trabajo. Me gustaría no hacerlo pero, como ya saben, nada es perfecto. Lo hago en un hospital privado, todos los días, de ocho de la tarde a once de la noche. Consiste mi labor en conducir una camilla desde mi planta hasta el tanatorio, en ella viaja un paciente que ha dejado de serlo para convertirse en un “fiambre”. No les gusta, a mis jefes, que los muertos pasen la noche en la habitación que les vio diñarla, por no favorecer en el resto de enfermos la sensación de que ellos pueden ser los siguientes, como seguramente así será. Se preguntarán cómo un tipo como yo es que pudo conseguir este trabajo o cualquier otro. Fue fácil: nunca me quedo en casa, además de porque me provoca asco el cuartucho en que vivo, todo él lleno de podredumbre y calcetines pringosos acumulados, también porque creo que en la calle está todo; la diversión, el sustento, las comedias y las tragedias. Todo está en la calle. Una mañana estaba yo apoyado en una señal de tráfico de una avenida céntrica (en el centro es donde está la gente guapa, con los mejores relojes, pendientes, bolsos de marca…) cuando mi natural curiosidad se detuvo  con un tipo que, sentado en la terraza de una afamada cafetería, dedicaba carantoñas y arrumacos de dudosa intención fraternal a una joven que podría ser su hija. Durante un rato  les observé con la intención de recabar información con que alimentar, en la noche, mi costumbre pajera, pero, mis propósitos  cambiaron al observar cómo, minutos después de que la muchacha abandonase el lugar  con una sonrisa ecuestre en la cara, apareció una mujer que por la forma de comportarse con el caballero en cuestión – la vida me ha convertido en un sociólogo excelso -, era su esposa (se besaron en la boca como si lo hubieran hecho en infinidad de ocasiones, sin mirarse a los ojos y sin apenas rozarse). Ahí volví a ver la luz.  Cuando dejaron el bar les seguí hasta que el caballero en cuestión puso a su señora en un taxi y volvió al bar. Allí entré y me senté en una mesa contigua a la del tipo que ya había pedido una bebida del color del pis. Antes de que el camarero descubriera que no estaba consumiendo y me pusiera en la calle -que es lo que sucede de manera habitual,  miré al techo como quien disfruta relajadamente del rumboso bamboleo de una mosca, y comencé a canturrear,  con breves interludios silenciosos en los que movía la cabeza fingiendo enajenación:

 “Alguien ha estado besando a alguien…” 

 “Alguien ha estado besando a alguien que no es su mujer…”

“Alguien puede tener un problema doméstico…”

 “Alguien puede tener un problema doméstico que solo yo puedo solucionar”

 

Quedó hierático y me miró con agresividad, con esos ojos de malvado de telenovela mejicana dispuesto a cometer un homicidio sin pestañear. Se levantó sin dirigirme la palabra y salió del bar. Le seguí los pasos mientras le decía enfatizando las palabras y ya en tono administrativo: “El taxi que traslada a su esposa es de mi primo. Solo le diré que huir no le servirá para solucionar su problema, la salud de su matrimonio depende de mí y de la jovencita a la que sobaba alevosamente hace unos minutos;  en el caso que nos atañe, solo a mí me corresponde destrozar su matrimonio o las disposiciones legales de su divorcio, si es que piensa cambiar a la vieja por el “yogurín” que le he visto relamer hace unos momentos. Y créame que soy un tipo razonable, de gustos sencillos… Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo en menos de lo que dura el abrazo de un oso”. Se quedó quieto, se giró y me miró con la escuálida firmeza del malvado que, en una telenovela mejicana, acaba de descubrir, en el segundo anterior al disparo, que ya no quedan balas en su pistola.  

 

De vez en cuando  se pasa por mi planta y me saluda con familiaridad,  tal y como yo le había exigido en una de las cláusulas de nuestro contrato, con el fin de que mis compañeros tuvieran constancia inequívoca de que si el jefe se acercaba a saludarme era porque yo era un tipo con el que era mejor no entablar disputas. De esta forma vivo tranquilo, se me respeta y nadie da parte a las autoridades del material hospitalario que sustraigo y que revendo a precio de chino.

 

Así soy yo. Pero no crean que sea un cínico vulgar, no. Soy un cínico convencido, que no esconde, y asume como propia,  la iniquidad intrínseca de su carácter. Y eso tiene un valor, tiene el valor que siempre tiene la verdad. No soy como esos que esconden sus imposturas tras un halo afable y, seguidamente,  asestan sibilinas puñaladas a sus víctimas sin la más mínima benevolencia ni remordimiento. Yo voy de cara, y si un día enveneno al pequeño perrito de mi vecino que no deja de ladrar a la hora de mi siesta, pues lo hago y después me escondo e introduzco mensajes por debajo de su puerta en los que le animo, anónimamente, a buscarse otro perrito que no ladre entre las tres y las seis de la tarde. Él no sabe quién soy, pero sabe que soy. Siempre de frente. No hablo mucho, por no gastar energía superfluamente y  porque soy consciente de que cuando hablamos brota nuestra espontaneidad y, consecuentemente, lo que decimos es algo de lo que íntegramente no nos podemos hacer responsables. Por esa razón les escribo, porque si les hablara la conversación estaría plagada de los vacíos y de las urgencias  del momento, inherentes al lenguaje hablado que siempre nos aleja de la verdad esencial.  Si en algún momento siento la necesidad de entablar comunicación oral con otro ser humano, algo que suele ocurrir después de tres o cuatro días sin hablar con nadie, me dirijo a cualquier desconocido y le pregunto, por ejemplo, si quiere jugar al tote y cuando responde preguntando: “¿a queee?”, le contesto “tú te agachas y te yo meto el cipote”. Así, al agregar periódicamente  estas dosis de comunicación hablada a mi cotidianidad,  consigo defender mi estupenda soledad  y reírme unos minutos del desubicado extraño.

 

Yo, antes, no era así. Y no crean que el cambio fue la consecuencia de un proceso reflexivo que desembocó en lo que  soy, no, fue algo mucho más prosaico, más cotidiano: un antepasado, de esos de los que nadie en la familia quiere hablar,  se me apareció en sueños y me contó la historia que cambió mi vida. Yo, entonces, no me drogaba, por lo que no puede achacarse a las consecuencias del consumo de estupefacientes y otras delicias de efectos similares, la visión que tuve esa noche traumática. Mi bisabuelo, vestido con una túnica de gasa semitransparente, con barba de seis meses, sentado en una butaca ergonómica, de esas que cuestan mucho dinero, y acompañado por una docena de mujeres entrañables y desnudas que, cada poco, ponían en su boca pequeños trozos de fresas maduras  embadurnados de lo que me pareció chocolate caliente, me contó, o mejor dicho, me previno sobre los riesgos de equivocar la dirección que, como todos, debía tomar en la vida. Con voz segura, como quien habita el paraíso que merece,  relató la historia de Pierre Leduché, bufón de la Corte del Rey Sol, coetáneo de mi pariente, y que fue guillotinado en la mañana del día siguiente a representar frente a lo más granado de la corte de Luis, en modo de argumentación,  la existencia de Dios  y a la vez su no existencia. Es decir,  probó inequívocamente las dos teorías en una misma y brillante escenificación.  El rey Sol, sin atender a los méritos de Leduché, no supo entender la moraleja y creyó que  menospreciaba su inteligencia.  Pues nadie, sea Sol o no, puede creer que una verdad sea un monstruo de dos o más cabezas sino que ha de tener una sola y bien visible, aunque el monstruo sea un farsante y la cabeza un moñigo putrefacto. El mismo rey firmó y presenció el ajusticiamiento del bufón convencido del provecho de su decisión. “Con esto quiero decirte, hijo mío, que olvides estupideces tales como la generosidad o la abnegación y que dediques todo tu tiempo a satisfacerte, sea cual fuere la forma de hacerlo y sin atender a los posibles daños colaterales de tus actos. Esos, en lugar de martirizarte, que sirvan de acicate para continuar,  pues como demostró Leduché, la verdad es solo la que tú quieres creer”.   Tal como vino, desapareció el bisabuelo de mi sueño, pero impregnó en mi voluntad  las directrices que marcarían mi vida en lo sucesivo.

 

Y a ello me dedico con entrega filibustera.  Sin ir más lejos, mientras les escribo, espero el fallecimiento de un anciano que lleva tres días  “que si me muero que si me espero”. Le vi entrar en su camilla lloriqueando como una nena con lombrices y supe que ése no saldría vivo de mi hospital. Esperando estoy a que lo haga, morirse digo. Y, junto a un escarpelo y un martillo que he sisado del quirófano de traumatología,  listo para adueñarme subrepticiamente de su dentadura postiza  pues me he enamorado de sus áureos colmillos.

 

La soledad no me asusta, me es casi olímpica.

 

Pienso que, generalmente, la sensación de estar solo en el mundo aparece mezclada a un orgulloso sentimiento de superioridad, intrínsecamente unida a un profundo desprecio por el otro, al que se ve sucio, feo, incapaz, ávido, grosero, mezquino.  El mundo, a los solitarios, nos parece despreciable aunque comprendemos que también formamos parte de él; en esos momentos nos invade una furia de aniquilación y nos dejamos acariciar por la tentación del suicidio, excitamos nuestra vanidad en la creación artística, nos emborrachamos o buscamos a las prostitutas, anhelando la satisfacción en probar de nuestra propia bajeza y en verificar que no somos mejores que los sucios monstruos que nos rodean.

 

La vida aparece, a la luz de este razonamiento, como una larga pesadilla de la que, sin embargo, uno puede liberarse a través de una decidida venganza sobre lo cotidiano, que sería, así, una suerte de despertar en la aceptación de que la vida solo consiste en construir futuros recuerdos sin dotar de importancia significativa, mucho menos de transcendencia,  a los modos o formas en las que se culminen los sí determinantes sucesos que  alimentarán el imaginario del mañana.

 

Es reconfortante y  liberador transformarse en bestia cuando se vive en la certeza de que nada está en armonía, de que la generalidad de los humanos solo abrazan a ciegas lo que se les pone delante, con el requisito único de que sirva para anestesiar el amargo trasiego hacia la muerte. La amplitud de gama en la oferta facilita el acomodo de los diferentes tipos de minusvalías en el talento, a una u otra opción: comunismo, comida natural, surfing, hipnotismo, paseos en bicicleta, orgías, la India, vegetarianismo, conducir, yoga, copular, beber, andar por ahí, Buda, Beethoven, apostar, Cristo, viajes en jet, hierbas, Nueva York, zumo de zanahorias… o, como es mi caso, el regusto que da “el joder por joder”

 

Cuando, planchado en el catre, me invaden estas fantasmagorías sicológicas y la lectura no sirve como remedio, indago en mi interior y  recuerdo que, profundamente, no me parece bien estar solo, en pocas ocasiones me siento mal o alienado, pero nunca me parece bien. Entonces interpelo a mi cerebro y me digo sin decir: eres Eisseman, eres grande, eres una bestia parda. Y me tiro a la calle, donde soy, porque así lo siento, un rey con millones de siervos a su servicio. 

 

 De compras en una panadería ecológica, la dependienta charla con una  clienta habitual, una octogenaria con un futuro similar al del anciano de la 223, que espero desdentar subrepticiamente en el momento que deje de respirar.  El Mercado Ecológico, que los sábados se celebra con éxito creciente en la plaza, muy cerca de la panadería que visito, puede cambiar su ubicación a otro barrio de la ciudad, muy alejado. Los motivos son el aumento de hortelanos y artesanos ecológicos que se ofrecen para participar y que  buscan un lugar donde comercializar sus productos. Allí ya no caben. La otra razón son las reclamaciones de una empresa de hostelería que quiere ocupar la plaza con sillas y mesas para vender a la intemperie miles de montaditos y dados de cerveza. La cliente de la panadería se lamentaba con amargura de la imposibilidad de comprar, si el traslado termina por producirse, alimentos  cultivados en las mejores condiciones y con los ingredientes más naturales, cerca de su casa; la distancia entre la nueva localización y su barrio suponían un perjuicio que ella consideraba fatal, a juzgar por el rictus avinagrado de su cara y los reiterados bastonazos en el suelo que acompañaban sus quejas.

 

Si dijera que esta mujer despertó en mí algún tipo de sentimiento  o de sensación favorable, mentiría. Su sufrimiento, como el del resto de los mortales, me interesa de la misma forma que me interesa el nombre de quien inventó la horchata; nada. Y aún más me conviene un grado mayor en la desgracia de los otros, cuanto mayor beneficio pueda yo obtener. Que nadie se sorprenda; soy Eisseman.

 

Mientras intento leer la composición -la letra es diminuta, o pronto necesitaré gafas o dejar de leer - de una mermelada de arándanos endulzada con zumo de uva, en vez de con azúcar, y que tengo intención de utilizar como relleno de una barra de pan francés, se ilumina en mi cabeza la solución a la encrucijada planteada (obviando la reclamación de la empresa de hostelería que, entiendo, no se sostiene): si el mercadillo actual da servicio a miles de ciudadanos de la zona norte y existe un número creciente de hortelanos que querrían ofrecer sus productos, y existe otro lugar donde poder instalarse, parece lógico que haya mercadillo ecológico en los dos emplazamientos; mayor cantidad de gente será beneficiada y mayor número de comerciantes podrá ganarse la vida; para que haya muchos mercados ecológicos en la ciudad ha de haber primero uno, después dos, luego tres...Satisfecho y congratulado, una vez más, de mi agilidad intelectual y con el reciente desarrollo argumental de ésta, pago el pan, la mermelada y una docena de huevos ecológicos, aconsejo a la abuela que, si cae enferma y debe de ser ingresada en el hospital, no olvide llevarse sus joyas pues, tal y como está el mundo de inseguro, cuando mejore y regrese a su casa puede que no las encuentre, tal y como está el mundo de inseguro, le insisto.  Me dirijo al Ayuntamiento,  cuyos responsables serán quienes deben de tomar la decisión final y transmitirles el fruto de mi sagacidad,  para que, de inmediato, pusieran los medios necesarios para duplicar el mercadillo en vez de trasladarlo. No me sorprendo de mi generosidad pues es falsa y es, también, parte de la forma de entender la vida en movimiento y de esperar que de la energía producida pueda yo obtener algún tipo de rendimiento, presente o futuro.  El Ayuntamiento estaba cerrado, como  bien sabía, pues allí no se trabaja por las tardes. Me agacho frente a la puerta consistorial, abro la bolsa y comienzo a lanzar huevos a la lustrosa fachada. El placer es indescriptible, no puedo evitar el recuerdo de mi bisabuelo comiendo fresas con chocolate… Hasta ocho pude enviarles antes de que un guardia gordito, porra en mano, se lance a perseguirme mientras me insulta y amenaza con cortarme los huevos…  Cuando le despisto-nadie sabe mejor que yo deshacerse de los policías mediocres- me dirijo a la frutería de un joven paquistaní que abre hasta tarde. Allí están dos mujeres vestidas de carnaval; grandes y negras, africanas, desocupadas, cada una con su carrito de  bebé, charlando de sus cosas ante el frutero que las escucha sin inmutarse.

 

- Mira niña, lo digo yo, si tu dar al marido de esto en la comida -dice una de ellas mientras levanta triunfante, frente a su amiga, el hermoso boniato que ha cogido del mostrador-, tu marido, el viernes...! Muy muy fuerte!...; sábado... ! Muy muy fuerte!; domingo... ! Muy muy fuerte!... lunes .... ! A trabajar!

 

Nos reímos todos,  excepto el paquistaní. Por una cuestión religiosa, creo.

 

Duermo gozoso en la seguridad de que mis actos son los que son, sin que puedan ser otros.

 
COMIDA DE DOMINGO.
Mamá llora; cuando me acercaba hasta la nevera para sacar el agua y el vino y llevarlos a la mesa del salón de mi abuela, su madre,  la he visto secar sus ojos con el ribete de un paño de  cocina con el que  secaba la bandeja elegida para presentar el asado. Los dos hemos disimulado y hemos desviado las miradas. He aparcado la vacua  conversación que venía dispuesto a entablar con ella.  Es la primera vez que veo lágrimas en su cara, aunque en las últimas semanas  sus episodios de abatimiento han sido frecuentes, lo sé, porque un hijo, aunque viva en la edad del pavo, conoce bien, aún sin comprenderlos intrínsecamente, los estados de ánimo de su madre. Puede ser que yo sea el responsable de su decaimiento;  soy distante con ella, y cuando no, rebelde. También lo soy con mi padre.  No hemos sido cariñosos en esta familia. Además, tengo demasiadas cosas en las que pensar; mi cotidianidad es complicada como todo el mundo sabe, es una edad difícil; el verano está al caer, necesito un coche, necesito arreglarme el pelo si quiero mantenerme atractivo;  necesito tiempo para preparar los exámenes finales; necesito algo de dinero para la discoteca y las cervezas; necesito tiempo para terminar y presentar el trabajo sobre Descartes en el instituto; necesito saber qué es el sexo, necesito…nunca tendré hijos, lo juro. Descarto la idea porque ella también me conoce y sabe que, como todos los jóvenes, vivo en la certeza de que el planeta no fluye en la órbita del sol sino que lo hace en torno a mí, exclusivamente.  Ella me hubiera hecho saber de alguna forma, que soy yo el culpable de su lánguida existencia de un tiempo a esta parte. Una pregunta, una regañina... No, no soy yo. Ya lo sabría.  
No recuerdo el primer domingo  que vinimos a comer a casa de la abuela, diría que es algo que he hecho toda la vida, que forma parte de nuestras costumbres familiares más arraigadas, como  el enésimo partido de futbol que después de la comida compartiré, prácticamente en silencio, con mi padre frente a la televisión mientras las mujeres hablan de sus cosas mientras adecentan la cocina,  o, últimamente, quemar las noches de los sábados mientras el cuerpo aguanta y termina por ser extremadamente dificultoso encajar la llave de casa en la cerradura. Antes, el abuelo también se sentaba en la mesa, hasta que se fue para siempre y todo comenzó a ser distinto y mucho peor. 
 
 
- Si vas a sacar la bebida a la mesa, solo queda que se dore el pollo para sentarnos a comer  -ha dicho mi madre en tono abatido mientras esconde el gesto-. Y dile a tu abuela que el pollo está delicioso.
Me he acercado hasta el horno y he mirado el asado con fingido interés.
 
- Tiene una pinta estupenda, como siempre. – Grito para que me escuche la abuela que ya está sentada a la mesa junto a mi padre- ¡La abuela y su famoso pollo a la manzana, lo mejor del domingo después del  fútbol! ¾ Bromeo.
 
- Avisa a tu padre y deja de decir tonterías,  todo el mundo sentado que enseguida lo sirvo, id picando de la ensalada.
 
- Ya está sentado mamá, digo como un fracasado que hace un favor repetido al contestar.
 
Comemos en silencio, nos lanzamos miradas inocuas con una sonrisa beata incorporada. Lo hacemos para conservar la buena costumbre de reunirnos los domingos, por sostener los afectos. Antes, no hace tanto, era distinto; había risas y alegría durante toda la velada, y cualquier excusa servía para disfrutar de variadas conversaciones que yo escuchaba con avidez discipular. Ahora, la abuela está ausente, parece preocupada, como si no dejara de pensar. También lleva tiempo así. Me pregunto si le pasa lo mismo que me ocurre a mí, que no sabe cuál es la razón, o sí la sabe pues ellas hablan a diario y está al corriente de la crisis, por la que mi madre, su hija, está especialmente triste desde hace unas semanas. Ella trata de animar las veladas con algún chisme de vecindario o sobre nimiedades que ha oído en la radio o en la televisión, cualquier cosa para hacer de esos momentos un oasis de armonía, pero mis padres responden con gestos artificiales y muecas que se notan acostumbradas, es como si en el centro de la mesa hubiera un glaciar que hubiera congelado la ternura y que solo el calor de la costumbre nos retuviera en las sillas frente a ese  asado humeante. Entonces me pregunta sobre mis desvelos, y yo le cuento. Y de la comida. Hablamos mucho sobre comida. De mi padre no sé cómo se siente, nunca lo sé, siempre está rígido y pocas veces le he visto reír, su rostro refleja la idea de que lo importante llegará cuando decida comunicarse con el resto de la humanidad, y es muy directo cuando lo hace; y yo escucho con atención y le obedezco. Es una persona triste que vive escondida, y aunque no se le ve infeliz, puede que mi madre se haya aburrido de su escapismo.  
 
- Qué bueno está tu pollo a la manzana, yaya, me lo comería siempre, todos los días –le digo, con entusiasmo mientras engullo.
 
- No digas “siempre”, chiquillo –me increpa cariñosamente a la par que atusa mi pelambrera-, el siempre no existe, recuerda el dicho:” Todo lo que empieza, acaba”
 
- O como decía el yayo: “No hay mal que cien años dure”
 
- Eso, chiquillo, que en la vida, todo tiene un principio y un fin, hasta lo malo, y cuando las cosas ya no funcionan, es mejor, como diría tu abuelo…
 
Tomar el toro por los cuernos… dijimos, ella y yo, en un compás heroico.
 
Tras las risas compartidas, ella desvía la mirada hacia mis padres. Lo que vi en sus ojos en ese instante tan fatal como útil, me sirvió para situarme frente a la calamidad que está azotando a mi familia: ¡mis padres se van a divorciar! O separar. O como sea que sean esas cosas. Es lo que mi abuela quiere decirme sin decir. Se acabó. Me está preparando con palabras suaves para que así la trompada sea soportable. Me asusto. Me asusto mucho. “Dónde está ahora el valiente” me digo sin decir, “siempre dispuesto a probar nuevas experiencias hasta el instante en que me encuentro en disposición de vivirlas y me convierto en un cobarde; dónde está ahora el valiente”.
 
Algunos de mis amigos tienen dos casas, la de papá y la de mamá que se han divorciado. Son gente normal, no debería suponerme un trauma, soy un joven moderno,  estas cosas ocurren en las mejores familias, como diría el yayo. En cualquier caso, ahora, todos mis planes y anhelos anteriores pasan a otra dimensión, más lejana y menos transcendente; el coche, mi pelo, el último curso del instituto, las chicas… todo se convierte en algo pequeño y perfectamente procrastinable, frente a la desconocida sucesión de extáticas emociones que me invaden al comprender que la vida ya no será igual a partir de este momento, y que me mantienen con la boca estúpidamente entreabierta y la mirada oscilante entre mi abuela y  mis padres, a la espera de que desde alguna de sus bocas emane algún vocablo que me libere de este completo desamparo. Miedo y frío.
Sin embargo, la abuela esbozó una sonrisa tranquilizadora e hizo mención de levantarse de la mesa para buscar la fruta y algún dulce que, como cada domingo, culminaría la comida. Mi madre se lo impidió con un “Voy yo” y ella se volvió hacia mí y dijo: “Como echo de menos a tu abuelo, ¿y tú?” Yo asiento con una afirmación que más parece  una huida.
Ella no sabe, o lo ha olvidado, que a mi edad no existen los recuerdos importantes, los hechos cotidianos del presente y del futuro inmediato lo cubren todo o, al menos, lo confinan en algún desconocido habitáculo del cerebro desde donde se recuperan cuando la vida es otra y sirven de sostén a la soledad.
Es notable como una noticia puede llegar a transformar completamente nuestra visión de las cosas: sentado junto a mí padre, miro el futbol en la pantalla de la televisión, mientras la abuela se ha retirado a su habitación para recostarse  y mi madre recoge la cocina, sin embargo, mis ojos, como bombillas encendidas, nada ven, deslumbrados por el fulgor del desastre que siento avecinarse.
 
Poco después de que el cucú del viejo reloj señala las cinco de la tarde, suena el timbre de la puerta.  A estas horas y en domingo solo puede ser un vecino que necesita algo, pienso. Mi padre se levanta de su cómodo orejero y recibe a un desconocido que no es un vecino que yo conociera, sino un individuo cariacontecido, bien vestido y  aspecto apocado  con quien mi padre cruza unas palabras de saludo de un grado tal de hierática complicidad que reactiva  automáticamente mis temores; “A este hombre lo estaban esperando, parece un sicólogo o un abogado modesto que defiende a pobres y desesperados… ya sé, es un consejero matrimonial o un amigo que ejercerá como tal”.  Ni me lo presentan, es normal, a falta de un hermano menor, soy el niño de la casa, el que carece de opinión en cuestiones importantes. Me es indiferente, cuando alguien quiera decirme algo, ya lo hará; yo estoy petrificado porque mi realidad está a un paso de desmoronarse y solo soy capaz de pensar en un acto útil que, milagrosamente, me ayude a enfrentar el futuro con desinterés. Como antes.
Todos han desaparecido del salón, todos están en la habitación de la abuela, seguro que tratan de reconducir actitudes o quizás negocian una repartición justa de haberes y afectos, imprescindibles en cualquier ruptura educada. Miro, sin ver, los brillos que emana la pantalla de la televisión y siento el sonido de mi respiración como si un tambor de nazareno se hubiese instalado en mi pecho. No sé, no quiero saber. 
 

Tras unos minutos aparece mi padre que acompaña al visitante, que ni me mira al pasar, hasta la puerta. Se va. Mientras, oigo crecer los sollozos amargos de mi madre que continúa junto a mi abuela en su habitación. ¡Qué alguien me diga algo por favor!

 

- Hijo –ahora me lo va a decir; no respiro–, hace dos años le detectaron un tumor incurable, le dieron dos años de vida; tu abuela prefirió no pasar por el calvario de tubos y venenos en el hospital, no quiso seguir los mismos pasos de tu abuelo y eligió que sería ella quien decidiría  sobre el cómo y el cuándo de su muerte. La persona que acaba de irse la ha ayudado. La abuela ya no está.

 

Salió del salón.

 

- …Entonces -grité- … ¿No os separáis?

 

 
EL ANILLO

 

 

La Exposición universal de Barcelona de 1929 congregó a importantes personalidades de todo el planeta,  y por supuesto,  a las más altas del país. Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia viajaron  esos días a la Capital catalana, además de para presidir la ceremonia de  inauguración, para disfrutar de unos días de asueto alejados de la Corte y de los asuntos de Estado.  Ese es el origen de este misterio que hoy nos toca resolver: la desaparición del anillo real. El Rey, además de cumplir con sus obligaciones protocolarias, conoció a una mujer, afamada actriz del teatro nocturno barcelonés, de la que se enamoró perdidamente hasta el punto de regalarle, suponemos que tras una explosión de estúpida lascivia, el anillo que tantos quebraderos de cabeza está dando a este equipo de investigación y que pertenecía de ahí lo de la estupidez, a un conjunto de tres piezas disgregadas definitivamente por la inconvenencia de la acción real, compuesto por dos pendientes y un anillo que formaban parte del tesoro de la Casa Real desde que un reyezuelo árabe se lo regalara a la reina Isabel II,  abuela de Alfonso, en medio de unas arduas negociaciones sobre los derechos de pesca de langostinos en el Mediterráneo; extraño motivo, teniendo en cuenta que Isabel jamás tomó decisiones ni políticas ni comerciales de ningún tipo, o al menos no se le conocen. Es muy posible que la actitud de Isabel tuviera más que ver con las curiosas aficiones del Rey Consorte, Francisco de Asís, incapaz de satisfacer la fogosidad carnal de su esposa y al que el pueblo le dedicó, sirva como argumento irrefutable, la conocida coplilla que dice: “Paco Natillas/ es de pasta y flora/ y mea en cuclillas/ como una señora”.

 

 

El pobre hombre, impuesto a Isabel como esposo por razones de Estado, gustaba de utilizar como propia la vestimenta de su esposa o de sus doncellas y  dedicaba el tiempo libre a canturrear canciones picantes mientras bailoteaba volteando las faldas. Este buen humor iba ligado a un interés especial por el género masculino, del que disfrutaba sin medida  y que facilitaba el que la vida conyugal del matrimonio fuese una balsa de aceite. Esto, sumado al reconocido atractivo y “savoir faire” del tunecino, invita a pensar en un encuentro amoroso o en un “revolcón”, según se mire, más que en una negociación diplomática.  Lo cierto es  que el rey Alfonso debió de creer que nadie repararía en la falta y razones tenía, pues a este conjunto de joyas se le tenía en poca consideración, ya que, tras las comprobaciones pertinentes, se certificó por los joyeros de la corte su escaso valor material; por los consejeros de la Casa Real su más que dudoso valor sentimental y por los gobiernos de turno, la inoportunidad de su existencia, considerada la difícil situación política que, en los inicios del siglo XX, España lidiaba, a duras penas, en el Norte de África. Por estos motivos  permaneció arrinconada durante decenios entre viejos relicarios olvidados,  aunque sí catalogados. Y así hubiese continuado si las vicisitudes políticas y la estupidez humana no hubiesen enviado al exilio (una vez más en la historia de este histriónico país), a los monarcas y al régimen político que sostenían. Durante los preparativos para el traslado del Rey y su familia, en el momento de inventariar todo aquello que les acompañaría en el exilio a Francia, un asistente de palacio advirtió la ausencia de esta pequeña pieza. A nadie importó; todo el mundo sabía que el tunecino había sido tan rácano y filibustero en el detalle, como espléndido en ardores amatorios, y que en aquella jaima del desierto almeriense, en la que “ardió el hacha”, parece ser, que fueron tal para cual. Resumiendo, se hubiesen cerrado las bocas y aquí paz y después gloria. Pero alguien interesado, se dice que una rama poderosa de la sociedad catalana, contrariada por el apoyo que la realeza había prestado a la dictadura de Primo de Rivera, pensó en apuntillar, con la publicidad del hecho, a la ya de por sí desprestigiada y yacente monarquía. Fuese de quien fuese el chivatazo, porque haberlo lo hubo, también destapó la relación del anillo con la aventura extramatrimonial que el rey Borbón disfrutó durante su visita a la Exposición de Barcelona, circunstancia que alimentó la sospecha de que fue la burguesía catalanista, conocedora de los hechos, la que liberó la confidencia. La cuestión es que se desencadenó en Ena, apelativo con el que su círculo de confianza se dirigía a la reina consorte Victoria Eugenia, un afán que llegó a convertirse en obsesión por recuperar ese anillo. Incluso años después, no podía soportar que el entonces marido, al que amaba ciegamente, hubiese gratificado con una joya real, a cambio de favores carnales, a otra mujer que no fuese ella. Le mortificaba también la idea de que esa mujer hubiera significado algo más que una simple aventura, pues al fin y al cabo,  el regalo no dejaba de ser un símbolo oficial, y como tal, de notable importancia “per sé”. Pues bien, el deseo de Ena no ha disminuido. De hecho se ha acrecentado con el tiempo. A pesar de que el divorcio de los monarcas se había consumado poco tiempo después del comienzo del exilio francés, a pesar también de su avanzada edad actual, de su delicada salud y de su escaso interés por las cuestiones mundanas, su ego continúa herido.  Poco después de que la cizaña sembrase la duda en el tierno corazón de Ena, y se instalara en ella la desazón más alienante, se comenzaron, ya desde Francia donde residía, las pesquisas necesarias para averiguar su localización. Muchas personas han dedicado tiempo y mucho dinero a tratar de localizar el anillo, en su nombre y con su patrocinio. Hoy, la facilidad con que se llega a acuerdos en Cataluña en materia económica nos ha permitido encontrarlo. Lo tiene un tal Jordi, Jordi Pujol. Y no quiere devolverlo.