Joaquín Otal Cruz

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Relatos de Primera Mano
EL ANILLO

 

 

La Exposición universal de Barcelona de 1929 congregó a importantes personalidades de todo el planeta,  y por supuesto,  a las más altas del país. Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia viajaron  esos días a la Capital catalana, además de para presidir la ceremonia de  inauguración, para disfrutar de unos días de asueto alejados de la Corte y de los asuntos de Estado.  Ese es el origen de este misterio que hoy nos toca resolver: la desaparición del anillo real. El Rey, además de cumplir con sus obligaciones protocolarias, conoció a una mujer, afamada actriz del teatro nocturno barcelonés, de la que se enamoró perdidamente hasta el punto de regalarle, suponemos que tras una explosión de estúpida lascivia, el anillo que tantos quebraderos de cabeza está dando a este equipo de investigación y que pertenecía de ahí lo de la estupidez, a un conjunto de tres piezas disgregadas definitivamente por la inconvenencia de la acción real, compuesto por dos pendientes y un anillo que formaban parte del tesoro de la Casa Real desde que un reyezuelo árabe se lo regalara a la reina Isabel II,  abuela de Alfonso, en medio de unas arduas negociaciones sobre los derechos de pesca de langostinos en el Mediterráneo; extraño motivo, teniendo en cuenta que Isabel jamás tomó decisiones ni políticas ni comerciales de ningún tipo, o al menos no se le conocen. Es muy posible que la actitud de Isabel tuviera más que ver con las curiosas aficiones del Rey Consorte, Francisco de Asís, incapaz de satisfacer la fogosidad carnal de su esposa y al que el pueblo le dedicó, sirva como argumento irrefutable, la conocida coplilla que dice: “Paco Natillas/ es de pasta y flora/ y mea en cuclillas/ como una señora”.

 

 

El pobre hombre, impuesto a Isabel como esposo por razones de Estado, gustaba de utilizar como propia la vestimenta de su esposa o de sus doncellas y  dedicaba el tiempo libre a canturrear canciones picantes mientras bailoteaba volteando las faldas. Este buen humor iba ligado a un interés especial por el género masculino, del que disfrutaba sin medida  y que facilitaba el que la vida conyugal del matrimonio fuese una balsa de aceite. Esto, sumado al reconocido atractivo y “savoir faire” del tunecino, invita a pensar en un encuentro amoroso o en un “revolcón”, según se mire, más que en una negociación diplomática.  Lo cierto es  que el rey Alfonso debió de creer que nadie repararía en la falta y razones tenía, pues a este conjunto de joyas se le tenía en poca consideración, ya que, tras las comprobaciones pertinentes, se certificó por los joyeros de la corte su escaso valor material; por los consejeros de la Casa Real su más que dudoso valor sentimental y por los gobiernos de turno, la inoportunidad de su existencia, considerada la difícil situación política que, en los inicios del siglo XX, España lidiaba, a duras penas, en el Norte de África. Por estos motivos  permaneció arrinconada durante decenios entre viejos relicarios olvidados,  aunque sí catalogados. Y así hubiese continuado si las vicisitudes políticas y la estupidez humana no hubiesen enviado al exilio (una vez más en la historia de este histriónico país), a los monarcas y al régimen político que sostenían. Durante los preparativos para el traslado del Rey y su familia, en el momento de inventariar todo aquello que les acompañaría en el exilio a Francia, un asistente de palacio advirtió la ausencia de esta pequeña pieza. A nadie importó; todo el mundo sabía que el tunecino había sido tan rácano y filibustero en el detalle, como espléndido en ardores amatorios, y que en aquella jaima del desierto almeriense, en la que “ardió el hacha”, parece ser, que fueron tal para cual. Resumiendo, se hubiesen cerrado las bocas y aquí paz y después gloria. Pero alguien interesado, se dice que una rama poderosa de la sociedad catalana, contrariada por el apoyo que la realeza había prestado a la dictadura de Primo de Rivera, pensó en apuntillar, con la publicidad del hecho, a la ya de por sí desprestigiada y yacente monarquía. Fuese de quien fuese el chivatazo, porque haberlo lo hubo, también destapó la relación del anillo con la aventura extramatrimonial que el rey Borbón disfrutó durante su visita a la Exposición de Barcelona, circunstancia que alimentó la sospecha de que fue la burguesía catalanista, conocedora de los hechos, la que liberó la confidencia. La cuestión es que se desencadenó en Ena, apelativo con el que su círculo de confianza se dirigía a la reina consorte Victoria Eugenia, un afán que llegó a convertirse en obsesión por recuperar ese anillo. Incluso años después, no podía soportar que el entonces marido, al que amaba ciegamente, hubiese gratificado con una joya real, a cambio de favores carnales, a otra mujer que no fuese ella. Le mortificaba también la idea de que esa mujer hubiera significado algo más que una simple aventura, pues al fin y al cabo,  el regalo no dejaba de ser un símbolo oficial, y como tal, de notable importancia “per sé”. Pues bien, el deseo de Ena no ha disminuido. De hecho se ha acrecentado con el tiempo. A pesar de que el divorcio de los monarcas se había consumado poco tiempo después del comienzo del exilio francés, a pesar también de su avanzada edad actual, de su delicada salud y de su escaso interés por las cuestiones mundanas, su ego continúa herido.  Poco después de que la cizaña sembrase la duda en el tierno corazón de Ena, y se instalara en ella la desazón más alienante, se comenzaron, ya desde Francia donde residía, las pesquisas necesarias para averiguar su localización. Muchas personas han dedicado tiempo y mucho dinero a tratar de localizar el anillo, en su nombre y con su patrocinio. Hoy, la facilidad con que se llega a acuerdos en Cataluña en materia económica nos ha permitido encontrarlo. Lo tiene un tal Jordi, Jordi Pujol. Y no quiere devolverlo.

 
HÁBLAME DE TI

Permitan  que me presente: me llamo Eisseman y, como habrán sospechado  por la fonética del nombre,  soy judío.  Espero que la perspicacia en el acierto de mi origen étnico no relaje su intelecto y les induzca a pensar que he sido capaz, como judío que soy, de poner en práctica, inventar o siquiera imaginar alguna circunstancia transformadora del mundo como sí hicieron otros. No, ni he formulado  teoría alguna sobre la relatividad, ni soy un neurótico director de cine de fama mundial y,  por supuesto, tampoco he adquirido la capacidad de lanzar bombas sobre un territorio vecino e invadirlo después. Ninguna de estas hazañas, todas buenas, he sido capaz de hacer. Por el contrario, soy un judio inmerso en un devenir vital histriónico, dirigido y constantemente estimulado por la procacidad y el narcisismo, que ha desembocado en el completo abandono de cualquier heteronomía  social y a imbuirme en una suerte de egolatría indolente como irrevocable  estrategia  defensiva  ante las verdades de la vida. Podría decirse que soy un cerdo en el sentido menos bíblico de la palabra, un puerco desvergonzado, cuya única mejora evolutiva  de los últimos meses ha sido el cambio de mis actitudes  postmasturbatorias en lo referente a la higiene y a la relación de ésta con mi holgazanería. Esas rutinas  han pasado del emponzoñamiento de la sábana, costumbre que he mantenido durante años  hasta que,  debido a lo indeseable de su aspecto ante los ojos de una mujer semidesnuda, acabó con la posibilidad de consumar el único conato de experiencia sexual de toda mi vida.  Abrumado por el fracaso, después de la sábana pasé  a la utilización, como receptáculo de los residuos, del depósito de un exprimidor de limones en desuso que ocultaba bajo el camastro del cuarto inmundo que habito y que vaciaba en el retrete al día siguiente, pero como la estrategia requería de más concentración de la que estaba dispuesto a entregar a este mundo putrefacto que debiera tener suficiente  con disfrutar del privilegio de albergarme, decidí tirar por “el camino de en medio” y finalizar en lo sucesivo mis alegorías orgiásticas al crecimiento humano con  el vertido libre sobre el suelo,  cuyos restos adecentaba, o no,  con un limpiador universal que adquirí en el economato  tras algunas reflexiones sobre su utilidad. “Nunca falta un calcetín con que restregar”, me dije para convencerme de lo innecesario de invertir en bayetas o trapos.  Con el fin de que me conozcan bien, les comento que tengo cuarenta y dos años y como en cada ocasión que me miro en el espejo veo el rostro de un hombre  joven y vitalista, he concluido que tengo veintiuno por la mañana y veintiuno por la tarde.  También soy de esos tipos que engullen constantemente repostería industrial –lo que les proporcionará una idea aproximada de mi fisonomía rayana en la perfección a pesar de que en alguna ocasión, como consecuencia de algún ultraje, haya recibido el falso calificativo de “ seboso maricón” -,  que mira a la gente, niños incluidos, con desprecio;  sin motivo, por el regusto que da el “joder por joder”;  hace unos días, por ejemplo, me encontraba de paseo buscando algo que romper – me gustan los retrovisores de los coches que cuelgan inertes tras una buena patada, aunque solo puedo hacerlo en las  noches de insomnio, cuando el reflujo crónico que padezco me impide dormir-  cuando una joven malhumorada solicitó que le prestara un brazo para apoyarse,  pues el tacón de uno de sus zapatos se había encallado en la rejilla de un desagüe. En circunstancias normales hubiera rechazado la oferta contestando “que te den”.  Pero intuí, acertadamente, que podría obtener algún rédito en el asunto, por lo que lo extendí y ella se apoyó hasta sacar el tacón del agujero. El tacón se había partido por lo que se vio obligada a levantar el pie para intentar adherirlo de nuevo y, ahí, vi la luz; en el momento preciso me aparté súbitamente, ella perdió el equilibrio y fue al suelo en una caótica trompada que paró con la cabeza. Mientras aceleraba el paso, en la huida, tuve tiempo de regodearme;  pude observar la sangre que brotaba de su ceja izquierda, escuchar, dirigido a quien  suscribe,  el vocablo “hijo”,  acompañado por los siguientes “de la gran puta” y sentir la placentera sensación del deber cumplido. Todas, cosas buenas.

 

No tengo alternativa: trabajo. Me gustaría no hacerlo pero, como ya saben, nada es perfecto. Lo hago en un hospital privado, todos los días, de ocho de la tarde a once de la noche. Consiste mi labor en conducir una camilla desde cualquier planta del hospital, hasta el tanatorio, con un paciente encima que haya fallecido en mi horario laboral. No les gusta, a mis jefes, que los muertos pasen la noche en la habitación que les vio diñarla, por no favorecer en el resto de enfermos la sensación de que ellos pueden ser los siguientes, como seguramente así será. Se preguntarán cómo un tipo como yo es que pudo conseguir este trabajo o cualquier otro. Fue fácil: nunca me quedo en casa, además de porque me provoca asco el cuartucho en que vivo, todo lleno de podredumbre y calcetines pringosos, también porque creo que en la calle está todo; la diversión, el sustento, las comedias y las tragedias. Todo está en la calle. Una mañana estaba yo apoyado en una señal de tráfico de una avenida céntrica (en el centro es donde está la gente guapa, con los mejores relojes, pendientes, bolsos de marca…) cuando mi natural perspicacia se encontró con un tipo que, sentado en la terraza de una afamada cafetería, dedicaba carantoñas y arrumacos de dudosa intención fraternal a una joven que podría ser su hija. Durante un rato  les observé con la intención de recabar información con que alimentar, en la noche, mi costumbre pajera, pero, mis propósitos  cambiaron al ver cómo, minutos después de que la muchacha abandonase el lugar  con una sonrisa ecuestre en la cara, apareció una mujer que por la forma de comportarse con el caballero en cuestión – la vida me ha convertido en un sociólogo excelso -, era su esposa (se besaron en los labios sin mirarse a los ojos y sin apenas rozarse). Ahí volví a ver la luz.  Cuando dejaron el bar les seguí hasta que el caballero en cuestión puso a su señora en un taxi y volvió a entrar en otro bar. Allí entré y me senté en una mesa contigua a la del tipo. Antes de que el camarero descubriera que no estaba consumiendo y me pusiera en la calle -que es lo que sucede de manera habitual,  miré al techo como quien disfruta relajadamente del rumboso bamboleo de una mosca, y comencé a canturrear,  con breves interludios en los que movía la cabeza fingiendo ausencia:

 

“Alguien ha estado besando a alguien…”  

 

“Alguien ha estado besando a alguien que no es su mujer…”

 

“Alguien tiene un problema…”

 

“Alguien tiene un problema que solo yo puedo solucionar…”

 

Me miró como si estuviera frente a un mico rabioso, se levantó y salió del bar. Le seguí los pasos mientras le decía enfatizando las palabras y ya en tono administrativo: “El taxi que traslada a su esposa es de mi primo. Solo le diré que la salud de su matrimonio depende de mí y de la jovencita a la que sobaba alevosamente hace unos minutos, pero en el caso que nos atañe, solo a mí me corresponde destrozar su matrimonio o no. Y créame que soy un tipo razonable y de gustos sencillos. Estoy seguro de que llegaremos a un acuerdo en menos de lo que dura el abrazo de un oso”. Se quedó quieto, se giró y me miró con firmeza.

 

De vez en cuando  se pasa por mi planta y me saluda con familiaridad,  tal y como yo le había exigido en una de las cláusulas de nuestro contrato, con el fin de que mis compañeros tuvieran constancia inequívoca de que si el jefe se acercaba a saludarme era porque yo era un tipo con el que era mejor no entablar disputas. De esta forma vivo tranquilo, se me respeta y nadie da parte a las autoridades del material hospitalario que sustraigo y que revendo a precio de chino.

 

Así soy yo. Pero no crean que sea un cínico vulgar, no. Soy un cínico convencido, que no esconde, y asume como propia,  la iniquidad intrínseca de su carácter. Y eso tiene un valor, tiene el valor que siempre tiene la verdad. No soy como esos que esconden sus imposturas tras un halo afable y, seguidamente,  asestan sibilinas puñaladas a sus víctimas sin la más mínima benevolencia ni remordimiento. Yo voy de cara, y si un día enveneno al pequeño perrito de mi vecino que no deja de ladrar a la hora de mi siesta, pues lo hago y después me escondo e introduzco mensajes por debajo de su puerta en los que le animo, anónimamente, a buscarse otro perrito que no ladre entre las tres y las seis de la tarde. Él no sabe quién soy, pero sabe que soy. Siempre de frente. No hablo mucho, por no gastar energía superfluamente y  porque soy consciente de que cuando hablamos brota nuestra espontaneidad y, consecuentemente, lo que decimos es algo de lo que íntegramente no nos podemos hacer responsables. Por esa razón les escribo, porque si les hablara la conversación estaría plagada de los vacíos y de las urgencias  del momento, inherentes al lenguaje hablado que siempre nos aleja de la verdad esencial.  Si en algún momento siento la necesidad de entablar comunicación oral con otro ser humano, algo que suele ocurrir después de tres o cuatro días sin hablar con nadie, me dirijo a cualquier desconocido y le pregunto, por ejemplo, si quiere jugar al tote y cuando responde preguntando: “¿a queee?”, le contesto “tú te agachas y te yo meto el cipote”. Así, al agregar periódicamente  estas dosis de comunicación hablada a mi cotidianidad,  consigo defender mi estupenda soledad  y reírme unos minutos del desubicado extraño.

 

Yo, antes, no era así. Y no crean que el cambio fue la consecuencia de un proceso reflexivo que desembocó en lo que  soy, no, fue algo mucho más prosaico, más cotidiano: un antepasado, de esos de los que nadie en la familia quiere hablar,  se me apareció en sueños y me contó la historia que cambió mi vida. Yo, entonces, no me drogaba, por lo que no puede achacarse a las consecuencias del consumo de estupefacientes y otras delicias de efectos similares, la visión que tuve esa noche traumática. Mi bisabuelo, vestido con una túnica de gasa semitransparente, con barba de seis meses, sentado en una butaca ergonómica, de esas que cuestan mucho dinero, y acompañado por una docena de mujeres entrañables y desnudas que, cada poco, ponían en su boca pequeños trozos de fresas maduras  embadurnados de lo que me pareció chocolate caliente, me contó, o mejor dicho, me previno sobre los riesgos de equivocar la dirección que, como todos, debía tomar en la vida. Con voz segura, como quien habita el paraíso que merece,  relató la historia de Pierre Leduché, bufón de la Corte del Rey Sol, coetáneo de mi pariente, y que fue guillotinado en la mañana del día siguiente a representar frente a lo más granado de la corte de Luis, en modo de argumentación,  la existencia de Dios  y a la vez su no existencia. Es decir,  probó inequívocamente las dos teorías en una misma y brillante escenificación.  El rey Sol, sin atender a los méritos de Leduché, no supo entender la moraleja y creyó que  menospreciaba su inteligencia.  Pues nadie, sea Sol o no, puede creer que una verdad sea un monstruo de dos o más cabezas sino que ha de tener una sola y bien visible, aunque el monstruo sea un farsante y la cabeza un moñigo putrefacto. El mismo rey firmó y presenció el ajusticiamiento del bufón convencido del provecho de su decisión. “Con esto quiero decirte, hijo mío, que olvides estupideces tales como la generosidad o la abnegación y que dediques todo tu tiempo a satisfacerte, sea cual fuere la forma de hacerlo y sin atender a los posibles daños colaterales de tus actos. Esos, en vez de martirizarte, que sirvan de acicate para continuar,  pues como demostró Leduché, la verdad es solo la que tú quieres creer”.   Tal como vino, desapareció el bisabuelo de mi sueño, pero impregnó en mi voluntad  las directrices que marcarían mi vida en lo sucesivo.

 

Y a ello me dedico con entrega filibustera.  Sin ir más lejos, mientras les escribo, espero el fallecimiento de un anciano que lleva tres días  “que si me muero que si me espero”. Le vi entrar en su camilla lloriqueando como una nena con lombrices y supe que ése no saldría vivo de mi hospital. Esperando estoy a que lo haga, morirse digo. Y, junto a un escarpelo y un martillo que he sisado del quirófano de traumatología,  listo para adueñarme subrepticiamente de su dentadura postiza  pues me he enamorado de sus áureos colmillos.

 

 

Ya les contaré.

 
VOLVER, VOLVER.

Adelita reposa la mejilla sobre la almohada templada de su cama y observa las estrellas, con detenido interés, a través del destartalado balcón abierto; trata de numerarlas durante unos segundos pero, como en cada alborada, renuncia al juego cuando lo imposible se convierte en certeza. Poco a poco empieza a despabilarse, ha terminado con su  íntima rutina matutina: tres “Ave María”, al acostarse, el rigor es de otros tantos “Padre nuestro” con sus correspondientes “santiguadas”, ya que le resulta imposible conciliar el sueño si no acata el ritual. Adelita no puede contar las estrellas, pero lo que sí puede es adivinar sus intenciones con sólo observar sus devaneos con las nubes; cuando ante sus ojos solo aparece oscuridad, sabe que las nubes cubren el cielo, son densas y precipitarán antes o después: en ese caso se calzará los zuecos antes de salir a la calle para no embarrarse las alpargatas;  si hay luceritos en el cielo y son  intermitentes, significa que el día será ventoso, que las nubes, rabiones y frenéticas, provocan  el parpadeo con sus desplazamientos; ese día llevará el pañuelo en la cabeza y el cuello bien abrigado debido a que, como todo el mundo sabe, más de uno ha dejado este mundo porque un día  “le dio un aire”. Hoy, la mansedumbre  de las estrellas y la sorna del estiaje que entra por la balconada le dicen que  lucirá un buen sol y que el día será caluroso, perfecto para una fecha tan especial: es el Día de la Virgen, el advenimiento de la  Virgen de agosto. Hoy  no importa que el cielo no traiga lluvia,  a pesar de que los campos de cereal están abrasados por la escasez de agua, nadie recuerda en el pueblo cuando fue la última vez que llovió ni un año tan seco como este del 43, y las cosechas, en todas las “Casas”, están siendo ridículas. Se lo había contado Ignacio: “El Amo me lo dijo bien claro, Adelita: este invierno va a ser duro otra vez, ni la mitad que el año pasado, que ya fue malismo, sacaremos de esta cosecha;  “Tol pueblo  a comer altramuces o almortas pos no habrá otra cosa que echarse a la boca, y si no, zaborros”. Adelita e Ignacio son jornaleros de “Casa Cholo”. Como Ignacio es hombre y tiene cumplidos los dieciocho gana ocho pesetas por la jornada completa en las labores del campo, desde que sale el sol hasta que prácticamente se pone,  sobre todo lo hace en el escarde de las sementeras; tarea de gran trascendencia ante la contumaz carencia de abonos e insecticidas. Con el tiempo, Ignacio querría ser aparcero de algunas tierras que le arrendara el Amo, y para conseguirlo no hay quien, entre la cuadrilla, se entregue, en el trabajo, con mayor denuedo. La consideración y la confianza que le tiene el Amo le hace concebir esperanzas de que así pudiera ser. Adelita ejerce  como mandadera o ayudando a su madre en la cocina, según las necesidades que una hacienda con treinta jornaleros pudiera tener. También está, entre sus obligaciones, satisfacer  los caprichos del ama que no son ni pocos ni relajados, pues anda deprimida desde que el pasado noviembre cumpliera cincuenta años. Adelita recibe cinco pesetas por una jornada ligeramente inferior a la de Ignacio. Tienen echadas sus cuentas y con los dos sueldos les salen los números; se casarán en cinco años, cuando Adelita sea mayor de edad y las veinte pesetas que  consigue reunir cada mes de las dos soldadas  sirvan para hacer un montonico con el que defenderse. Pero eso es algo que nadie más sabe; para el resto, sus planes de futuro no existen puesto que Adelita, con terquedad aragonesa, se empeñó siempre en guardar en secreto  sus afectos. La razón esencial del disimulo es la precaución: precaución ante las habladurías por la juventud de Adelita, que pasaría por una “fresca” si tan joven tuviera novio, por muy formal que fuese el idilio y, precaución, porque los padres de Ignacio habían huido a Francia pocas semanas después del alzamiento, cuando en el pueblo los partidarios de los nacionales tomaron el poder por la fuerza, pasando por las armas tanto al alcalde como a los concejales y se corrió la voz de que los siguientes serían aquellos que habían colaborado con la República. El padre de Ignacio estaba entre ellos. A él, con trece años, le dejaron a cargo de su tía Umbelina, antigua maestra del pueblo, hecho que se aceptó con normalidad debido a que la mujer era respetada por su intensidad religiosa y pública beligerancia ante los pecados comunistas, y siendo ya mayor la mujer, con el zagal en casa, no le faltaría una ayuda, como así fue. Desde que Doña Umbelina muriera, Ignacio habita su casa. La vivienda en la que nació y pasó su infancia permanece cerrada desde la misma noche que sus padres la abandonaron. Nadie ha vuelto a entrar desde entonces ni a saber de ellos. Pareciera que la imagen del edificio se hubiera borrado de los ojos de los habitantes del pueblo por generación espontánea. En los planes de Adelita pasa, una vez casados,  por que un día puedan vivir en ella; la vivienda es espaciosa y tiene una gran terraza con mucho sol. Y porque la gente olvida rápido. Además de tener fama de buen trabajador, organizado y serio con sus compromisos, es un gran jugador de fútbol, admirado por los aficionados del pueblo, también por Adelita que espera con ansia disimulada los esporádicos enfrentamientos que se organizan con otros pueblos de la comarca, para poder deleitarse en secreto con la estampa de Ignacio ejercitándose en calzoncillos. Y cuando es él el protagonista del juego y la afición le aplaude, a ella se le inflaman las mejillas de satisfacción y orgullo. Sin que nadie lo advierta, siempre en silencio. Tienen muy cuidada la estrategia: en la finca, en la casa del Amo, se ven todos los días, de madrugada, en las caballerizas, mientras los hombres preparan los pencos,  organizan los aperos en los carros y llenan las alforjas con el companaje para salir a los campos, Adelita colabora en los preparativos y con la excusa, comparten cercanía y alguna complicidad durante algunos minutos. Por la noche, cuando Ignacio regresa a su casa, pasa, sin necesidad, bajo la balcón de la casa de Adelita que lo espera como si no le esperara y le saluda como si de un vecino corriente se tratara. Cuando Ignacio llega hasta la era cercana y se sienta en el eje de un trillo, Adelita sopla la vela de su habitación y baja atravesando la oscuridad hasta donde la espera Ignacio. Y, durante el tiempo imprescindible para que ni el yayo ni su madre noten la ausencia,  arrullan sus manos en el regazo de Adelita y se abrazan entre piropos, zalamerías y acendradas caricias, y  planifican un futuro en común, y se dicen que siempre estarán juntos a pesar de que saben que serán extraños al día siguiente.  

 

Si fuese un día como todos, Adelita ya se hubiera levantado y con los primeros rayos de sol, con el suministro eléctrico suspendido por la autoridad, como cada día, habría adelantado las tareas más imperativas, entre ellas la de llegarse hasta la Plaza Mayor con un ánfora en la cadera y devolverla al hogar rebosada de agua de la fuente, a la que desde que hay memoria se la denomina coloquialmente “La generosa”. Después, habría desayunado con su madre y su abuelo Joaquín  las mismas farinetas de agua que, como cada día, el yayo  habría cocinado en la lumbre de la chimenea antes de que nadie en la casa hubiera abierto un solo ojo.

 

 

Adelita era la segunda en aparecer por la cocina, saludaba con un beso en la frente al abuelo Joaquín, sentado en el atávico banco de madera carcomida junto a la chimenea. Este la recibía con un “buen día nos dé el sol, zagalica guapa”,  mientras repartía en tres cuencos de latón gastado  el escuálido guiso, aunque en días especiales como el de hoy  no faltasen, en las farinetas, unos tacos de tocino, que su madre habría sisado, poco a poco, de la muy fiscalizada despensa del ama y un cuartillo de leche, que el yayo compraba al estraperlista, para sustituir el agua del condumio.

 

 

Don Joaquín, aunque nacido en el pueblo, vivió en el extranjero durante más de tres décadas; se alistó en el ejército  a pesar de superar con holgura la treintena y fue destinado a  ultramar, de donde volvió, muchos años después, ilusionado por los nuevos tiempos de apertura que llegaban desde la patria, tras finalizar la última de las guerras que España sostuvo en aquellos lares. Al partir, lo había dejado todo, inesperadamente, de la noche a la mañana, abrumado por las circunstancias que se desataron y una sensación de cobardía que nunca terminó de superar; la que era su novia de toda la vida, y después esposa y madre de su hijo, vivió un desliz amoroso con uno de los amigos del entonces joven don Joaquín. Cuando se descubrió la afrenta y se corrió la voz, decidió poner tierra de por medio huyendo así del escándalo y las trifulcas que se desataron entre parientes, amigos y hasta vecinos de unos y otros, junto a las fuerzas vivas, encabezadas por  el párroco que, con gran estruendo, condujo en procesión penitente a la adúltera arrastrándola por los pelos hasta la Plaza Mayor. Y allí mismo, a la vista de todos, frente a la puerta de la iglesia, la increpó, la rapó de malas maneras  y la golpeó con tal saña que el suelo se tiñó de sangre.  Le salvó la vida que era madre y que los  lloros del niño,  presente en el lugar, ablandaron la mano del cura.  Don Joaquín se instaló en la vieja casa que fue suya, habitada ahora por su nuera y por su nieta. A su hijo no volvió a verlo pues perdió la vida  en la segunda oleada de jóvenes que el gobierno movilizó para defender sus posesiones en África. Por Adelita, don Joaquín siente un amor profundo pues ve en ella el alma del hijo que no pudo ver crecer. Ocupó, junto a su maleta, un pequeño cuarto con una cama y armario roído por la carcoma y a la que nunca permitió a nadie la entrada. De la que fue su esposa, nunca supo nada, ni quiso saber. La vida era otra. Se licenció de la vida militar con buena salud física y una pequeña pensión vitalicia, que dejó de percibir en el momento que estalló la guerra y que recuperó en el 41,  y con algunas particularidades en el carácter y las costumbres que lo convirtieron en poco tiempo en una figura muy popular en el pueblo; regresó vistiendo un uniforme  de oficial del Ejército, perfectamente planchado y almidonado; ni Adelita ni nadie en el pueblo le vieron vestir públicamente, durante los siguientes treinta años, a pesar de estar licenciado, con otra indumentaria que no fuera su uniforme siempre inmaculado y del que trajo dos réplicas en su maleta.

Aunque algunos hicieran mofa,  la mayoría aceptó la estrafalaria presencia de don Joaquín con simpatía y respeto, algo paradójico para aquellas gentes de arraigada mentalidad decimonónica,  que identificaban cualquier uniforme con una mezcla intrínseca de rechazo y temor. Su paso, siempre impreso de ágil y jovial  marcialidad, la sonrisa fácil y amable, el tono melódico de sus palabras, adquirido en su larga estancia en Sudamérica y  su entusiasmo en dedicar el tiempo libre, que era mucho, a socializar con sus conciudadanos haciendo gala de una gran capacidad conversadora, como si necesitara recuperar el tiempo perdido, le terminaron por convertir en una institución. Su mayor afición son los paseos por las calles o las riberas del riachuelo que bordea el pueblo, por el que espera que un día arribe un transatlántico cargado de cacahuetes, que apalabró con un comerciante cubano durante su estancia en la isla, de “capazo en capazo”, con cualquiera que se cruzara en su camino, fuera niño o adulto; a los pequeños les narraba peligrosas  aventuras  en remotas selvas tropicales y a los más mayores, sugerentes relatos sobre incuantificables riquezas y  hermosas mujeres al alcance de cualquiera.  Cierto es que su afición por contar historias de dudosa veracidad sobre sus vivencias en las Américas  o sobre cualquier otro asunto que se le ocurriera,  le confirieron  fama de fantasioso, pero con el tiempo, los que lo trataban, aprendieron a comprender la doblez de su personalidad y terminó por convertirse en amigo de todos y enemigo de nadie. Además, al fin y al cabo, su figura era lo único que dotaba al pueblo de cierto aire cosmopolita, el único militar con galones que tenía la villa y ese uniforme, con sus brillantes botones, sus cuatro medallitas de colores y esas lustradas estrellas en las hombreras, era infinitamente más espectacular que el insulso traje de los “civiles”.

En el resto de sus costumbres, don Joaquín se instaló en la sana medianía, sin deseos ardientes que le permitían no sufrir y llevar una vida relajada, y en cierto modo, paralela.

 

 

Los tres vivían bien porque no pasaban hambre, aunque la carne fuese un fruto prohibido. La cartilla de racionamiento les permitía adquirir algo de pan negro, achicoria, patatas, una especie de chocolate terroso de sabor espantoso y algunas hortalizas de temporada en la tienda de Morlans “el estraperlero”, además, esporádicamente le llegaban sardinas de cubo y abadejo que don Joaquín llevaba a casa gracias a la estrecha amistad que mantenía con el comerciante.

 

De igual forma pasaba una tarde estival paliqueando amigablemente con un jornalero, que con el cura, que alternando en el casino con los  terratenientes más influyentes del pueblo. Excepto con  Cholo, el amo de su nuera y Adelita, frente al que se comportaba con mesura y con el que mantenía una prudencial y educada distancia que había justificado, ante la interpelación de Adelita, como una actitud estratégica con que evitar interferencias y cualquier tipo de consecuencia en el trabajo de su nieta o en el de su madre. “Hay casos en los que lo mejor es aplicar eso de que cada uno en su casa y Dios en la de todos”  le había dicho tajante por finiquitar el asunto indefinidamente.

 

Pero hoy es un día distinto, hoy Adelita podrá ponerse su vestido de “fiesta” y los zapatos de medio tacón que le regaló el Ama porque tenían las hebillas rotas, y que el yayo recompuso en diez minutos; se los dejó tan relucientes como los de su uniforme, mil veces recauchutados. Ignacio podrá mirarla, discretamente, en todo su esplendor. “También él estará guapo, muy guapo, seguro”, se dice mientras sonríe y pellizca sus mejillas para darles color. Emocionada, se dirige, del brazo de su madre, a la primera procesión del día. Habrá dos; en la primera se ha programado la “salida” del Santo por las calles para rogar por el fin de la sequía; es extraordinaria, madrugadora y obligatoria para todos los habitantes, ya que se pretende que sea multitudinaria, y así, inducir favorablemente en la generosidad del Santo, “quien no acuda deberá enfrentarse a graves consecuencias”, había gritado el alguacil en cada esquina del pueblo. La segunda, posterior a la misa de once, es menos concurrida que la primera, debido a que la mayor parte de los hombres celebran la festividad en el casino, entre vasos de vino, conversaciones aplazadas  y partidas de mus. En la procesión Adelita comparte guiños y sonrisas escondidas con Ignacio y cuando el tumulto en torno a la peana de la Virgen es mucho, se funden con él,  mezclan sus ojos brillantes como caballos de porcelana y las yemas de sus dedos se cosquillean con caricias de trinchera. Y así, mientras pueden.

 

A las doce de la mañana don Joaquín hace su aparición por el casino. No lo hace con relajo porque sabe que la mayoría, allí, estará, ya,  bajo la influencia del vino. Conoce bien la iniquidad de los que se entregan al morapio; los contados disgustos que ha tenido con la vecindad desde su regreso y antes en Sudamérica, han sido con las consecuencias etílicas, que convierten a numerosas personas, que en situación normal son amigables y sensatas, en desechos intelectuales que necesitan imponer el conflicto para disfrutar de la fiesta. Don Joaquín nunca sale de casa cuando la juventud del pueblo anda borracha; por no tentar a la suerte. Pero ha quedado con Morlans en verse un rato para charrar: le había dicho que le iba a conseguir un saco de trigo a un precio simbólico y también que podría ser que tuviera noticias sobre un aparato de radio por el que don Joaquín se había interesado. “Si te la consigo, serás, después de mí, el único que tenga radio en el pueblo” le había dicho su amigo.

Del centenar de personas allí reunidas, le llamó la atención la presencia de tres muchachos, desconocidos para él, que charlaban entretenidos con el Cholo en una mesa apartada. “y esos zagales quiénes son”, le preguntó a Morlans en medio de la charla. “Unos zagales de algún pueblo vecino que tendrán tratos con él, o los estará buscando  para alguna faena, no sé…lo que sí que paice es que les está gustando la fiesta, ya van contenticos…Volviendo al trigo, te conseguiré ese saco y tendrás pan blanco hasta Navidad… ya ves lo que es tener amigos, Joaquín”. “Gracias, José, nos vendrá bien, siempre me tratas cojonudamente, “conchudo”, te lo agradezco, ya sabes que tienes en mí un amigo. Oye… y más contento que me pongo, porque con la cosecha que habrá este año “berraco”, bueno será para los del pueblo que hayas recibido una buena cantidad de trigo; no lo pongas muy caro ladrón” le increpó en tono afable. “No, no habrá ni miaja para nadie, lo he vendido a una mano, dicho así, entre nosotros…” Le contestó sorbiendo el último trago del chato. “Pero hombre de Dios” le recriminó don Joaquín, “si tienes ochenta o noventa sacos, bien repartidos, sacas del hambre a medio pueblo en este invierno…” “Quiá noventa, ciento cincuenta tengo, recién llegados de la meseta, que allí sí que ha llovido, pero no, no me ha quedao más remedio que vendérselos al Cholo… es sí u sí, no es perro a quien llevarle la contraria, eso sí, tenemos que hacerlo sin que nadie se entere, no vaya a ser que llegue a oídos de la Guardia Civil y nos endiñen un pleito… no tengo otra salida. Te lo cuento porque no quería dejarte sin nada y porque te tengo confianza y sé que no andarás contando chismorreadas… u qué…”, inquirió Morlans de reojo. Don Joaquín asintió con la cabeza y sorbió un trago suave.

 

 

Algunos empezaban a cantar jotas, otros seguían con sus partidas y sus charradas, pero todos tenían los ojos vidriosos, de ese color agrio que solo ven los abstemios y que pronostican la comisión fácil de cualquier iniquidad. Mientras, desde la calle, podían oírse los salmos que cantaban las mujeres en la procesión de la Virgen.

 

 

     

       “Dicen que al buen pastor que a su ganao cuidando va

        Observa con dolor que alguna res enferma está,

        Hacia Luna se va porque en Monlora encontrará

        El agua que al beber, al animal lo curará”

 

 

- Oye, José, que viene la procesión, me junto con ellos que voy a cantar una miaja con esta voz prodigiosa que Dios ma dao, y a falta de cumbia...

 

 

- Mira que ta gustao siempre cantar, Joaquín… con Dios zagal, tira millas. Le contestó Morlans tras una carcajada.

 

 

Y así se va echando la tarde encima; las mujeres “de bien” y algunos hombres, como el farmacéutico y otros menos mostrencos que los que han pasado el día en el casino, han comido algunos refollaos y un moscatel que se han servido en la casa consistorial, han bailado algunos pasodobles al ritmo del gramófono parroquial, y después de rezar un rosario, cada uno se va retirando a su casa.

 

 

Adelita camina feliz, de un brazo lleva a su madre y del otro al yayo. Cada poco vuelve la cara y observa, a unos metros, a Ignacio que se encamina hacia la suya en compañía de un amigo; hablan de fútbol, ansiosos porque llegue el próximo enfrentamiento ante uno de los pueblos vecinos. Parece que será de aquí a un mes, el día de las fiestas patronales. Los curas de ambas parroquias, que ejercen de árbitros,  ya se han puesto de acuerdo en el día, el lugar y en el resultado final del encuentro, que siempre termina por ser empate aunque haya que inventarse dos penaltis en el último minuto de la contienda, los dos, a favor del equipo que lo necesite para empatar. Ellos no lo quieren saber y continúan soñando con la victoria. Adelita girará a la izquierda para tomar la calle que les llevará hasta su casa que se encuentra en las afueras e Ignacio continuará en línea recta. Necesitan una última mirada para dormir acunados por la felicidad. No se dará, porque en ese instante la voz de Cholo suena como un trueno inesperado desde la puerta del casino. “Inacio, ven un momentico…” Adelita vuelve a ufanarse con distinta efervescencia a cuando se deleita con su estampa de deportista, pero con igual intensidad “¿cuando el Amo necesita a alguien, a quién llama…? a mi Ignacio…”

 

Ignacio terminará el día de manera inesperada; el Amo le ha conminado a realizar una faena de cierta urgencia, sin otra explicación que la necesidad que tiene de hacerse: tendrá que acompañar a sus tres amigos, los forasteros, y a él mismo, hasta el almacén que el estraperlero tiene en una era de la entrada del pueblo, cargar unos sacos con cereal y llevarlos hasta el granero alto de la hacienda de Cholo. Serían dos viajes con el carro, pero como los visitantes han venido en un camión pequeño, uno será suficiente. “Si los dejamos en el granero de la calle, se hace en un ratico, pero si hay que subirlos al de arriba, costará más rato, Amo…” “no pue ser zagal, tiene que ser en el de arriba, es pa guardar”, “pa eso estamos, eso no es ná, lo único la ropa de domingo que llevo…” Nadie contestó.

 

 

Terminaron a las cinco de la madrugada, pues si cargarlos fue fácil y rápido, subir las tres alturas de escaleras, saco a saco, costó a Ignacio un esfuerzo tal que le obligaba a parar y sentarse, en varias ocasiones, por la falta de aliento. En las últimas cargas, Cholo, que sentado en un sillete iba contando los sacos que subía el jornalero, al notar que se acercaba el día, despertó a uno de los tres visitantes que dormía la borrachera debajo del camión -los otros dos lo hacían en la cabina- para que echara una mano a Ignacio.

 

 

“Ya ve usted, Amo, la faena está hecha, gracias por la ayuda”,  dijo ya en la calle dirigiéndose al mozo que le había ayudado con los últimos sacos, con la respiración todavía alterada pero con una complacida sonrisa en la boca. Junto al camión ya vacío, Cholo y dos de sus acompañantes le esperaban, ambos con sendos fusiles anclados al hombro, el tercero ya en la cabina frente al volante. “Ahora te vas a ir con estos, que ya saben ellos donde dejarte”, le dijo secamente “Yo,  Amo, me voy a casa, a lavarme una miaja, que en un rato enganchamos, no me tienen que invitar ni a almorzar ni a nada, lo que he hecho, se ha hecho encantao, que pa eso estamos”. Tras unos segundos de silencio los dos jovenzuelos que habían vuelto a tomar de los restos de la botella de vino para desperezarse de la dormilona, le agarraron por los brazos y lo alzaron entre insultos y golpes de culata hasta el tablado del camión, ellos subieron después. Mientras se alejaban y el vehículo se dirigía hacia el  camino que conducía, únicamente, o al campo de fútbol o al cementerio, Cholo observaba, abúlico, la estupefacción en la cara de Ignacio,  que trataba  de saltar del camión sin éxito pues los hombres se lo impedían con violencia. Cada vez más alejada, oía la imploración desesperada de su jornalero con aspiraciones de aparcero: “¡¡que se me llevan Amo, que se me llevan!!, dígales que no, Amo, dígales que soy bueno Amo, dígales que soy bueno… Amo…”

 

Cuando desaparecieron de su vista, Cholo, susurró mientras abandonaba el lugar: “Tranquilo, zagal, que al menos la vas a espichar con la ropa de domingo”.

 

 

La noticia corrió como un reguero de pólvora y  don Joaquín fue de los primeros en recibirla, ya que llegó temprano al “mentidero”, lugar en el que se reunían habitualmente los ociosos, casi todos ancianos, para contar y escuchar los cotilleos del vecindario, a sabiendas de que el día posterior al de la Virgen es de los más propicios para el comadreo. “Inacio, ese zagal que parecía una balsa de aceite, ha resultado ser  otro maldito traidor como su padre; ha huido esta noche pa las montañas y después a Francia casi seguro, o al monte con los maquis. Lo han visto machar unos que han trasnochado más de la cuenta. Ha resultado ser un rojo asqueroso, a saber lo que estaría tramando el muy cabrón. Con lo buen zagal que parecía…”

 

Don Joaquín, en medio de una inquietud que creía olvidada, abandona discretamente el grupo y se dirige hacia su casa, mientras por su cabeza fluyen apocalípticas ideas desordenadas y su corazón parece un barreno a punto de estallar. Porque él sí sabe, él lo sabe todo.

Cuando llega, la encuentra vacía. Madre e hija han ido a trabajar, como cada día. Se sienta en el banco junto a la chimenea en la que solo queda el rescoldo que ha cocinado las farinetas. A esperar.

La oye subir las escaleras y poco después puede ver lo que jamás pensó que pudiera llegar a ver: el rictus agrio de su querida nieta ajado por un desaliento definitivo. Es el rostro del que sufre una calamidad extrema que durará siempre. Y siente, en silencio, inmóvil, que todo se le rompe por dentro y que le falta el aire. Ella, sin cruzar la mirada, le dice, con palabras distantes, que ha dejado la hacienda porque no se encuentra bien y que se va a su cuarto. Poco después oye los primeros sollozos, después los gritos que no quiere oír. Las piernas le tiemblan y las mira con cara de derrota: “Sos un viejito que no sirve, solo sos un viejito que ya no vale…”

 

En su mano solo lleva la maleta que le trajo. Se dirige por el camino que sale del pueblo hacia la capital. Se detiene en el puente que cruza el río; el rio es como una momia, una broma insípida. Ahora ya sabe que nunca llegará por ese secarral de piedras y hierbas moribundas, mercante alguno con el cargamento de maní que compró en Cuba. Ahora ya sabe que jamás lo compró. También sabe ahora que su presencia en ese pueblo habitado por esclavos que adoran la existencia de quien, perversamente, les fustiga, ha sido una pantomima. Que inventar, hasta creerse, una realidad  artificial para luchar contra el desaliento, termina por conducir al fracaso. Ahora sabe que la vida es una mentira y que ha llegado el momento de deshacer un camino que no debió recorrer.

 

 

Ya en la lejanía observa la silueta del pueblo. Lo hace con rapidez, sin experimentar sensación alguna, hasta tomar un camino que le llevará hasta una cuadrilla de jornaleros que siegan, a base de hoz y sudor, uno de los últimos campos que quedan por cosechar. A unos metros de distancia saluda y toma asiento en una gran piedra que hace de lindero. Allí pasa varias horas hasta que se acerca un coche, el único que hay en el pueblo. Cuando Cholo se apea, don Joaquín ya está frente a él y sin previo aviso le dispara con un pistolón que ha sacado de la cartuchera que llevaba alojada en la maleta más de treinta años. Cholo cae sentado sobre el peldaño del vehículo, sin dejar de mirar la mancha roja que gotea de su camisa blanca.

 

- Nunca me has perdonado Joaquinito, ni aunque hubieran pasado mil años, me hubieras perdonado… por una mujer -balbucea entre tosidos, risas rajadas y gorgojos de sangre que salen de su boca.

 

Cuando la cabeza de Cholo cae y se funde, inerte, sobre el pecho, el yayo carga el arma de nuevo y mientras la dirige a su propia sien, a sabiendas de que habla a un muerto, dice:

 

- Te perdoné el mismo día que me fui, Cholo. Ahora querría no haberte perdonado, te habría matado entonces y hoy no...

 

Y aprieta el gatillo.